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El mantón de manila: la seda protagonista

Por Manuel J. Ibáñez Ferriol. Director de Contenidos Informativos del Grupo ONDA3.

El Mantón de Manila, es una prenda original de la China milenaria, en el Lejano Oriente, tomó sin embargo su nombre de la capital de Filipinas (Manila), antiguo territorio del Imperio Español y origen de las rutas comerciales marítimas durante la época imperial española.

Algunas fuentes fijan su origen durante la dinastía Ting China —año 600 aC—, hipótesis sustentada en el hecho de que fuesen los chinos los descubridores de la seda y los primeros en bordar con hilo de seda. La más antigua muestra de bordado chino se ha encontrado en una tumba de la dinastia Zhou —siglo VI aC—.

Para el investigador Joaquín Vázquez Parladé, el mantón de manila tiene un origen mexicano como pieza de vestir tardía en Nueva España, donde la seda y el bordado de estos textiles eran industrias importantes. Aporta como prueba el detalle de que a principio del siglo XVIII existían los denominados trajes de “china poblana” ricamente bordados con grandes flores y colorido y diseños chinos. Anota también que fue en Acapulco donde desembarcaban los galeones de Manila.

El mantón de Manila se realizaba en seda cosido con hilos también de seda. De forma cuadrada y gran tamaño, urdido en colores variados, siendo los más clásicos el negro y el marfil. Antes de trabajar la pieza, se realizaba el dibujo sobre un papel y se perforaba; luego se marcaban con tizas las plantillas perforadas, dejando la marca en la tela que pasaba al bastidor para proceder a bordarlo.

La técnica más habitual era el bordado a matiz o «acu pictae» (pintura de aguja), y dentro de ella la de bordado plano, con puntos de matiz chino, pasado plano y cordoncillo. La obra se cerraba con la colocación de los flecos o “flecado”, modo o elemento heredado de los árabes, realizado también con hilo de seda y técnica de macrame. El flecado —un dibujo a base de nudos, formados manualmente— constituye una de las labores textiles más complejas y vistosas.

Por lo general, el mantón de Manila, como ocurre con toquillas, manteos y chales, se lleva sobre los hombros, doblado en sentido diagonal formando un triángulo y sus dimensiones varían ligeramente pero siempre deberán cubrir la espalda, alcanzando los extremos la punta de los dedos de cada mano con los brazos abiertos perpendicularmente al tronco. También suele llevarse anudado a un lado, a la altura de las caderas.

Cuando en la primera mitad del siglo XIX, la poderosa industrial textil inglesa y las modas europeas impusieron sus tonos grises y opacos en el vestido femenino, el mantón de Manila, caído en desgracia entre la burguesía fue descendiendo estratos sociales hasta refugiarse en el casticismo de las manolas madrileñas y la mujer de las castas gitanas más de la mayoría de las capitales españolas. Su presencia en la ceremonia del baile flamenco es uno de los principales recursos de la gracia de la “bailaora”, además de un atributo femenino rico en simbolismo.

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