A vueltas con la crisis

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Por José Salvador Murgui Soriano. Cronista de Casinos. Académico de la RACV. 

El viernes día 27 de febrero, iba a clase a Gobernatia, el curso empezaba a las 16 horas, nos habían dicho que estuviéramos un poco antes por aquello de la puntualidad, y así me organicé la tarde. Después de comer el menú del día en el 16 (lugar frecuentado cuando estoy en el Cap i Casal) aparqué el coche en la Alameda y con Metro-Valencia me dirigí a la estación de Xátiva para llegar al edificio Capítol donde era el curso.

Como soy un despistado e iba sobrado de tiempo en la estación Alameda, me subí al primer metro que pasaba, y una vez arriba del vehículo me di cuenta que éste no tenia parada en Xátiva, sino que era otra línea y la parada la tenía en Bailen. Pensé “para aprender perder” y otro día estate más atento a las paradas. Volví andando desde Bailén hasta Renfe, me encontré con un par de amigos a los que saludé, y por fin salí de la estación con dirección al Capítol, menos mal que lo cogí con tiempo.

Al cruzar la puerta de la calle de la estación, la que hay junto a la Plaza de Toros, vi a un chico joven sentado en el suelo junto a la puerta abierta, pidiendo (en este momento, me duele el estómago de pensarlo). Llevaba un cartón sujetado con las dos manos que tal como iba andando comencé a leer “Hola vivo en la calle y estoy enfermo de epilepsia….” Seguí andando insensible y crucé la calle al estar el semáforo en verde. La inercia.

No pude seguir caminado, desande lo andando y me presenté delante del muchacho (por Dios que nadie piense que escribo esto pensando en mi, para hacer ver que soy una buena persona. No y suplico que nadie tenga este pensamiento. Escribo contando cómo puedo, la experiencia que he vivido; en este momento las lágrimas están cruzando mis mejillas).El joven sentado en el suelo: sus afilados dedos mugrientos, ennegrecidos, sin apenas uñas, pues quedaba claro que se las comía, sus piernas tapadas con un saco, una incipiente barba sin afeitar y sus ojos tristes casi cerrados me miraban con una vehemencia tan grande que me atreví a preguntarle.

¿De dónde eres? -De Rumanía, me dijo. ¿Vives solo? ¿no tienes casa? ¿no tienes a nadie? -No, me decía con la cabeza. -Solo tengo mantas, duermo en la calle, estoy solo. ¿Has comido? -No, seguía moviendo la cabeza. Ya no me atrevía ni a mirarle. La vergüenza en ese momento era mía, porqué el pobre era yo, el indolente era mi alma, no sé qué calificativo ponerme a mí mismo como parte de la sociedad que está pidiendo un cambio.

Le dije, ¿te puedo hacer una foto? Sonriendo y cariñoso me dijo que sí. Entonces le pregunté ¿quieres que te traiga comida? -Si… me decía con la cabeza. Volví a cruzar el semáforo, esta vez con los ojos mojados, y susurré dos palabras que todos hemos coreado y nos hemos reído esta semana desde el domingo pasado, pero añadiendo un exabrupto de mi cosecha para rematar la frase, y que no la expreso aquí por educación.

Esta tarde he visto la pobreza, la miseria humana, la soledad, el dolor, la angustia… por mi mente han pasado tantas películas que me he quedado desconcertado. He hecho lo que tenía que hacer y me he vuelto a encontrar con el muchacho, estaba muerto de hambre; cuando me ha visto volver a sonreído, le he dado la mano y le he preguntado cuantos años tenía, veintidós me ha respondido, tenía cara de niño, y he detectado que llevaba un poco de sangre en la nariz… Me he despedido de él con un profundo sentimiento de que aún nos quedan a los humanos muchos flecos por rematar.

En el momento de mi partida he pensado en un libro de Antonio Gala, “La Soledad sonora” que en uno de sus capítulos nos habla de las Navidades Negras y en una de sus frases dice ” […] Escribo hoy no para los que no tienen qué comer ni que beber, porque nadie es digno de escribir para ellos.”

Sin trabajo, sin futuro, enfermo y con hambre… ¿Qué hacemos YO y tú? ¿Dónde está la SOCIEDAD DEL BIENESTAR? ¿Dónde quedaron los Derechos Humanos?

Nadie es digno de escribir para ellos… pero ellos, los indignos, los solitarios, los enfermos, los marginados… los sin nada, ellos y solo de ellos somos sus deudores, porque ellos y solo ellos heredarán la tierra.

Pido perdón por compartir esta experiencia que ha taladrado mi corazón.

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