Batalla naval en el Mar Báltico en el siglo XVI

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Reportajes ONDA3 | Redacción.- A las 23.45 horas. Cerca de la medianoche del 26 de mayo de 2011 estalló el júbilo a bordo del Princess Alice. El pequeño buque de investigación cabeceaba en aguas del Báltico a 15 millas marítimas al norte de la isla sueca de Öland.

El mar estaba sereno. La noche de primavera, clara. Christofer Modig, el operador del sonar, estaba sentado frente a la pantalla, la postura tensa, la mirada fija en las señales que emitía un localiza­dor desde el fondo del mar.

El dispositivo llevaba horas detectando sin lugar a dudas la presencia de abundantes montones de pequeños escombros desperdigados en una amplia zona. A las 23.45 horas Christofer identificó una silueta de mayores dimensiones. «¡Chicos! –exclamó–. ¡Mirad esto!» Cinco hombres se inclinaron sobre la pantalla. Allí, a 75 metros de profundidad, se distinguía vagamente lo que un profano en la materia identificaría como un puñado de cerillas arrojadas de cualquier manera. Pero los expertos lo reconocieron al instante: era el casco quebrado de un buque imponente, rodeado de innume­rables fragmentos. «Lo tenemos», dijo Richard Lundgren.

¿Pero era realmente el Mars? El único modo de confirmar si lo que yacía en el lecho marino era el legendario buque de guerra sueco que buscaban desde hacía dos décadas pasaba por enfundarse los equipos de buceo. El Mars, también conocido como «el Intachable», se había hundido 447 años antes –el 31 de mayo de 1564– en una batalla naval de dos días de duración, arrastrando consigo a unos 700 marineros y mi­­litares suecos y alemanes (algunas fuentes hablan de más de 800).

Eran muchos los submarinistas y arqueólogos (amén de saqueadores) que en las últimas décadas habían ido en busca del pecio. Porque el Mars no era una embarcación corriente, sino «el buque por antonomasia», tal y como explica el profesor de Estocolmo Johan Rönnby, profesor de arqueología subacuática: «A mediados del siglo XVI era el buque de guerra más mo­­derno del mundo». El velero de mayor eslora, de mayor puntal, de mejores pertrechos. Y por lo visto, el de carga más valiosa: según la leyenda, transportaba las arcas de guerra suecas.

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En la guerra nórdica de los Siete Años (conocida también como de las Tres Coronas), librada entre 1563 y 1570, el Mars fue el orgullo de la Flota sueca. Suecia luchaba contra Dinamarca y Lübeck para arrebatar a la coalición el dominio sobre las rutas comerciales, aunque, en teoría, el casus belli fue la disputa que dio nombre a la conflagración: el rey Federico II de Dinamarca seguía llevando en su escudo de armas las tres coronas suecas, aunque Suecia era un reino independiente desde la coronación de Gustavo I Vasa en 1523.

Al hijo de Gustavo, Erik XIV, le faltó tiempo para usar la provocación como pretexto y declarar la guerra. Su rival danés también buscaba la confrontación, pues el verdadero problema no era la presencia de tres coronas en un escudo de armas, sino la hegemonía sobre el Báltico. En aquel momento el lucrativo comercio marítimo seguía dominado por Dinamarca y, en menor me­­dida, por Lübeck. La ciudad hanseática siempre había tenido buenas relaciones con Estocolmo, pero temía que los suecos pasasen a controlar también el comercio con Rusia. Las demás ciudades hanseáticas abandonaron Lübeck a su suerte. Nada quedaba ya de las glorias pretéritas de la Liga Hanseática; la que fuera una poderosísima alianza de ciudades alemanas se desintegraba en discordias ruines.

Cuando en mayo de 2011 Richard Lundgren, su hermano Ingemar y su amigo Fredrik Skogh hicieron la primera inmersión para investigar los restos del naufragio, la visibilidad apenas superaba los dos metros. A la luz de las lámparas led distinguieron tablones de roble carbonizados. La proa estaba destrozada, en el costado de babor asomaban por las troneras los cañones, que se habían puesto al rojo vivo durante la batalla y habían reventado al hundirse. Un cañón de bronce de cinco metros de largo reposaba hundi­do en la arena. Cuando los tres buzos descubrieron el escudo de armas de Erik XIV no quedó asomo de duda. Lo que yacía sobre ese afloramiento de roca era el acorazado de guerra más rico y potente de su época. No en vano había sido bautizado con el nombre de Mars, Marte, el temible dios de la guerra romano. Nadie lo oyó, pero Richard gritó con euforia dentro de la careta de submarinista: «¡Hemos aterrizado en Marte!».

El descubrimiento causó gran sensación. Los arqueólogos están más que acostumbrados a que el Báltico les depare hallazgos emocionantes (se calcula que en los fondos someros de aquel mar interior al que coloquialmente llaman «la bañera» yacen unos 100.000 pecios), pero no todos los días se localiza un buque tan antiguo y significativo como el Mars, y mucho menos en tan excelente estado de conservación.
En prácticamente ninguna otra masa de agua del planeta se dan unas condiciones tan excelentes para la conservación de objetos de madera. En las aguas salobres del Báltico un buque de madera de roble podría resistir relativamente indemne hasta mil años. Tres son los factores decisivos para que eso suceda: aguas poco oxigenadas, baja salinidad y, sobre todo, la ausencia de Teredo navalis. Este molusco vermiforme, un voraz xilógafo que puede llegar a medir 60 centímetros de largo y dos de ancho, solo sobrevive en las aguas saladas del Atlántico o del Pacífico, donde se dedica a devorar la madera hasta literalmente pulverizarla. Desde el punto de vista ecológico puede ser una bendición, pero para los arqueólogos el molusco broma es una plaga pavorosa que casi siempre se sale con la suya.

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La peor lacra del Báltico son los buzos que con sus acciones indiscriminadas han saqueado y destrozado incontables pecios. Para proteger el yacimiento del Mars, el Estado sueco –que es el propietario del pecio– ha implantado medidas drásticas. Las coordenadas 57º 8′ 25,48″ N, 17º 20′ 56,43″ E son área restringida, los pesqueros no pueden largar sus redes en la zona y está prohibido fondear y utilizar el sonar. Para garantizar el cumplimiento de tales medidas, el ejército vigila vía satélite, una base de submarinos cercana controla la zona por radar, y la guardia costera patrulla en barco. «Los buzos tienen mala fama –dice Carl Douglas entre risas–. Y por algo será. Por desgracia hay muchos que no tienen la más mínima consi­deración.» Este conde sueco de rancio abolengo es un enamorado del submarinismo. En los últimos 20 años ha localizado –y documentado en libros y filmes– innumerables pecios, contando para ello con el apoyo de una de sus empresas, Marin Mätteknik (MMT). Con una plantilla de 300 empleados y una flota de seis buques ultraespecializados, MMT analiza el lecho marino y emite informes especializados para gigantes internacionales de los sectores petrolero, gasero y eléctrico. MMT también ha sondeado el trazado de Nord Stream, el gasoducto ruso-alemán.

Pero la verdadera pasión de este acaudalado empresario es la arqueología subacuática. Desde hace tres años cede completamente gratis el uso de sus buques equipados con sonar al equipo de investigación del profesor Rönnby. Douglas participa siempre que puede; de hecho, tiene en su haber 26 inmersiones al Mars. «Distinguir el em­­blema de la casa de Vasa en uno de los cañones fue para mí un momento muy emotivo.» No es de extrañar: Douglas proviene por vía materna de la dinastía Vasa, pues desciende de Margareta Eriksdotter, la hermana del propio Gustavo I Vasa. El legendario padre de la patria sueca obsequió a su hermana con una propiedad en Estocolmo en la que hoy, 22 generaciones más tarde, reside el conde Douglas, quien no acaba de explicárselo: «Algo inaudito. Gustavo I no era de los que renuncian a nada voluntariamente».

Son las siete de la mañana en Böda Hamn, un pequeño puerto del extremo más septentrional de Öland. Estamos a finales de julio de 2014, y aquí se congrega la flotilla que, cuando el tiempo acompaña, zarpa rumbo al pecio. Veinte hombres en camiseta y chanclas están sentados ante unas mesitas plegables en el muelle, comentando de buen humor el plan de trabajo del día mientras desayunan. Carl Douglas parece un vikingo moderno: físico poderoso, barba rubia algo ca­­nosa, ojos azules, voz firme. Organiza a los buzos en parejas. Sobre una pizarra diseña el cronogra­ma con rotuladores de colores: el buceo técnico exige un trabajo logístico perfecto. Al cabo de 20 minutos concluye la reunión matutina.

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Entre los integrantes de este equipo especial de investigación dirigido por Johann Rönnby y el Instituto MARIS (Instituto de Investigación Arqueológica Marítima, de la Universidad Sö­dertorn), del que es responsable, reina el ambiente distendido de una excursión escolar. Cinco embarcaciones, una cuarentena larga de submarinistas, arqueólogos, informáticos y voluntarios procedentes de todo el mundo probablemente te dedicarán varios años a reconstruir el Mars. Nadie recibirá remuneración alguna, nadie obtendrá ningún beneficio, muchos sacrifican sus vacaciones de verano e invierten un buen dinero. Todos se enorgullecen de tomar parte en un experimento arqueológico sin parangón. «Nuestro modelo de negocio es único –dice Richard Lundgren, quien dirige la empresa Ocean Discovery junto con su hermano Ingemar–: ¡rentabilizar al máximo el gasto!»

Los dos hermanos son profesionales del buceo desde los 16 años. Richard estuvo presente en la exploración del HMHS Britannic, el buque hermano del Titanic. Ingemar es el experto en informática: ensambla los fragmentos del Mars en un modelo tridimensional. Proceden de este modo porque el pecio no se reflotará –a diferencia del Vasa de Estocolmo o el Mary Rose de Southampton–, sino que se reproducirá en tierra firme con ayuda de una impresora 3D a partir de mediciones digitales generadas in situ. El proyecto no lo organiza ni financia el Estado, sino única y exclusivamente personas físicas y empresas, con aportaciones de la Fundación Waitt.

Rescatar el Mars, hecho añicos por una explosión, sería una tarea titánica. Los buzos deportivos no pueden descender a más de 40 metros de profundidad; son cotas reservadas a los buzos técnicos, que cargan con costosos equipos de más de 60 kilos de peso a la espalda. Un CCR (recirculador de circuito cerrado) permite al buzo técnico trabajar a 75 metros de profundidad. El descenso al pecio es rápido, se realiza en tan solo cinco minutos, pero el ascenso se hace eterno: dura dos horas, para que la compensación de presión sea paulatina. Dado que en el fondo la temperatura del agua suele rondar los cuatro grados incluso en pleno verano, los buzos no pueden trabajar más de media hora seguida si no quieren que se les congelen los dedos, enfundados en sus aparatosas manoplas de neopreno.

El equipo lleva dos años fotografiando hasta el último milímetro del Mars desde distintos ángulos. Cada buceador toma unas 400 fotografías por inmersión. Lo más peligroso es cuando hay que acceder al interior de la nave. Es habitual encontrar redes de pesca enredadas en los restos de los naufragios, que para un submarinista pueden ser una trampa mortal. Por eso los buzos llevan en el cinturón un cuchillo para poder liberarse de ellas sin tardanza en caso de emergencia. «Cuando tienes delante un buque como el Mars, todo esfuerzo parece nada y te olvidas de las incomodidades. A veces se me ponía la piel de gallina, no por el frío, sino por la emoción de sentirme atrapado en una máquina del tiempo en la que hubiese retrocedido 500 años», relata Douglas con entusiasmo.

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Paralelamente a la labor de documentación fotográfica, se mide el pecio al milímetro con tecnologías acústicas. Tres operadores de sonar trabajan a bordo del Icebeam, un buque hidrográfico de la firma MMT. Desde 16 monitores no solamente supervisan a los buceadores y la regleta de luces que, suspendida a unos dos metros por encima del pecio, ilumina con nada más y nada menos que 400.000 lúmenes (una bombilla incandescente normal de 100 vatios emite unos 1.400 lúmenes) la superficie equivalente a un miniestadio deportivo, sino que además manejan a golpe de joystick los robots que recorren el fondo marino equipados con los dispositivos de sonar más avanzados del mundo. A diferencia del equipo humano, los robots pueden trabajar en el agua durante horas y recoger en una sola jornada millones y millones de datos.

Ingemar lundgren está sentado debajo de una carpa blanca en el aparcamiento del puerto. Frente a él, dispuestos sobre unas mesas de acampada, hay una batería de ordenadores y monitores. Cada atardecer descarga los datos de la jornada, los deja toda la noche procesándose en un soft­ware especial y al día siguiente ya puede consolidarlos en modelos tridimensionales de gran precisión. Tales modelos permiten a científicos como Niklas Eriksson, estudiante de doctorado del profesor Rönnby, analizar los miles y miles de vigas y tablones del pecio y ensamblarlos en el ordenador.

Eriksson hace rotar con el ratón uno de esos fragmentos. Lo que al profano en la materia se le antojan las vueltas azarosas de un salvapantallas multicolor, para el científico constituye una revelación: «Interesantísimo –dice–. Parece una viga del último sollado de estribor». Los sollados eran las cubiertas inferiores de los antiguos veleros de madera, donde se almacenaban las provisiones.
Hasta la fecha apenas se ha recuperado algún que otro fragmento del Mars para su análisis, entre ellos varias vigas, unas cuantas monedas y tres de los 120 cañones, uno de los cuales Ingemar Lundgren ya ha medido y reproducido –en yeso y a menor escala– con una impresora 3D.

Dado que la totalidad de los tesoros submarinos son propiedad del Estado sueco, los investigadores tuvieron que obtener autorización para sacar a la superficie tres táleros de plata: «Su es­­tado de conservación era excepcional y pudimos estudiarlos de inmediato, sin limpieza alguna», recuerda Richard Lundgren. Las monedas, de 30 milímetros de diámetro y 30 gramos de peso, se fotografiaron y georreferenciaron cuando to­davía yacían en el fondo del mar –como todos los objetos, por otra parte–, de modo que el lugar exacto del hallazgo quedó determinado con precisión milimétrica. En el anverso muestran al rey Erik XIV con corona, cetro y espada; en el reverso, el blasón del monarca rodeado de la divisa latina Deus dat cui vult, «Dios da a quien quiere»: el clan nunca destacó precisamente por su modestia.

Dios había dado a Erik a manos llenas o, mejor dicho, había permitido que los señores de la dinastía Vasa tomasen cuanto quisiesen. Así se explica que viesen en la Reforma sueca la ocasión perfecta para expropiar las propiedades de la Iglesia. ¿De las espadas forjar arados? Erik lo hizo a la inversa: confiscó las campanas de bronce de los templos católicos, mandó fundirlas para convertirlas en cañones y con ellos pertrechó sus buques. De aquella acción nace, dice la leyenda, la maldición del Mars: por tamaña impiedad la nave estuvo casi cinco siglos perdida.

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A mediados del siglo XVI Europa entera se vio sacudida hasta los cimientos. La transición de la Edad Media a la modernidad fue en ocasiones cruel y violenta. Muchas estructuras feudales medievales, vigentes desde hacía siglos, perdieron su sentido en un abrir y cerrar de ojos. Dios dejó de ocupar el centro de la existencia cuando el Renacimiento entronizó a un nuevo soberano: el hombre. La Iglesia católica perdió su posición central. La Reforma luterana terminó para siempre con el orden de las cosas que dejaba todo el poder en manos del papa y el emperador. El floreciente norte de Europa, sobre todo, abrazó la fe protestante. Los astrónomos Copérnico y Galileo subvirtieron la antigua cosmovisión ptolemaica: la Tierra dejaba de ser el centro del universo.

Todo ello se tradujo en el surgimiento de un nuevo factor de poder: el estado territorial. An­tiguas y poderosas ciudades-estado como Florencia o Lübeck dejaron escapar la ocasión de adaptarse a los tiempos y lo pagaron perdiendo influencia. Ducados y condados, y poderosas estructuras como la Hansa o la Orden Teutónica desaparecieron en el Báltico. No tenían tamaño suficiente para un mundo que de pronto adquiría dimensiones gigantescas. Magallanes circunnavegaba el globo, España y Portugal amasaban riquezas inconmensurables gracias a sus colonias americanas, el comercio marítimo con Asia se activaba por momentos. Para participar en la redistribución del mundo era imprescindible poseer un Estado fuerte, un ejército profesional y una flota de modernos buques de guerra armados con cañones.
Hubo también monarcas conscientes del signo de los tiempos. Fue el caso de los Vasa suecos. El rey Gustavo I Vasa (1496-1560) había liberado las paupérrimas tierras agrícolas del yugo danés. Limitó los privilegios de la nobleza, estableció el luteranismo como confesión del Estado, implantó un elaborado sistema tributario, estableció la leva obligatoria y fundó el primer ejército perma­nente. Con los fondos obtenidos al expropiar las propiedades de la Iglesia católica fue adquiriendo a Lübeck su primera flota naval, pequeños mercantes que reconvirtió en buques de guerra.

Gustavo convirtió Suecia, aquella atrasada colonia danesa, en un Estado moderno. Pero los sueños de su hijo eran más ambiciosos: quería que su país actuase en el escenario europeo en calidad de gran potencia. El propio nombre que adoptó –Erik XIV– lo dejaba claro. Poco le importaba que en realidad no hubiesen existido 13 reyes antes que él llamados Erik: el advenedizo inventó un linaje de caudillos vikingos del que afirmaba descender. Fue un hombre cultivado que cantaba, tocaba instrumentos y leía a los clásicos en latín. Permanentemente buscaba esposa en las cortes europeas; llegó incluso a proponer matrimonio –le dieron calabazas– a Isabel I de Inglaterra y María Estuardo. Pero sobre todo era imparable en sus ansias de poder. Había estudiado de arriba abajo El príncipe, el célebre tratado de su coetáneo Nicolás Maquiavelo. El cultísimo diplomático florentino, importante teórico de la política y no el canalla sin escrúpulos que presentan muchas caricaturas actuales, había analizado a fondo los tumultuosos tiempos que le tocó vivir y había presentado a los dirigentes de la fraccionada Eu­­ropa las bases teóricas de la supervivencia.

Frases como «Nada es tan débil e inestable co­­mo la aureola de poder que no se sustenta en la propia fuerza», una máxima del historiador latino Tácito y que Maquiavelo había recogido en su libro, espoleaban el ánimo de Erik XIV. Quien desease expulsar del trono a los poderes tradicionales para sentar nuevas estructuras necesitaba financiación para poder dotarse de un ejército. El joven sueco sabía dónde encontrarla. Las rutas comerciales que partían del Báltico reportaban ganancias exorbitantes. Si lograba controlarlas, Estocolmo pasaría a cobrar todos los aranceles e impuestos que hasta entonces hacían rebosar las arcas de Lübeck o de Copenhague. Y solo había una forma de conseguirlo: la Flota de Erik debía superar en tamaño y fuerza a la de Federico II de Dinamarca.

En 1561 Erik plantó la quilla de un buque sin precedentes en el mundo. Por entonces no existía ni proyecto de construcción ni cálculos de estáticas, tardarían dos siglos en llegar. «En los astilleros se trabajaba a ojo –explica el profe­sor Rönnby–. Cada constructor tenía sus secretillos, que protegía con celo.» Ni siquiera había un sistema métrico por el que guiarse. Un pie no medía siempre lo mismo, y a veces los barcos pesaban más por babor que por estribor, porque el material que suministraban los distintos ma­dereros difería en grosor o en longitud.

Hasta bien entrado el siglo XVI se guerreaba en el mar igual que en tierra: cuerpo a cuerpo. Las fortalezas flotantes buscaban la colisión; cuando la distancia era suficientemente corta, los soldados intentaban hundir el buque enemigo con bombas incendiarias que lanzaban hacia las velas de algodón. Cuando la carga era valiosa, los atacantes tiraban de arpeo para abordar el barco enemigo.
Erik comprendió antes que los demás que la artillería estaba a punto de transformar radicalmente las reglas del juego. Construyendo buques lo bastante sólidos como para soportar el peso de un gran número de cañones se evitaba la arriesgada lucha cuerpo a cuerpo y podía liquidarse al enemigo a una buena distancia.

Para construir el Mars se fabricó un armazón colosal, tan grueso en la parte inferior que resistía incluso las balas de cañón. El casco entero estaba construido con los mejores robles, cuyo crecimiento debía coincidir exactamente con la curvatura de la embarcación. «Era un sistema de construcción extremadamente caro –explica Eriksson–. Encontrar aquella madera resultó complicadísimo. En cuestión de un siglo ya no quedaban árboles adecuados.» Todos los reyes ordenaron entonces que se plantasen robles a tal efecto. «En vano –añade Eriksson–. Cuando alcanzaron la talla suficiente ya estábamos en la época del cañonero de hierro.»

El Mars tenía cinco pisos y dos cubiertas reservadas a la artillería. «Esa táctica constructiva solo fue posible porque el casco era tan fuerte que podían abrirse troneras en los costados –explica Rönnby–. Por eso es un buque tan interesante: una especie de bisagra entre la Edad Media y el mundo moderno.» Sobre el poderoso casco con sus nuevas cubiertas de cañonería se alzaban los castillos de proa y de popa tradicionales. Cual murallas de una fortaleza dificultaban al enemigo el abordaje de la nave; además, desde el alcázar resultaba más fácil repeler a los atacantes.

A finales de 1563 se botó el Mars. Con un peso de 1.800 toneladas, era el barco más grande de Europa. Ambos costados estaban erizados de cañones –Rönnby cree que debía de llevar 60 en cada lado–, entre ellos uno de unas 4,9 toneladas que hasta ese momento solo podía utilizarse en tierra. Aun desde las cofas podían dispararse cañones ligeros. El destinatario de aquel fuego de artillería se adivinaba fácilmente con tan solo oír el nombre que el pueblo daba al barco: Juteha­taren. Literalmente, «el que odia a los daneses».

La guerra nórdica de los siete años estalló en mayo de 1563. Suecia ganó las primeras batallas navales, pues Dinamarca había subestimado al país vecino. El almirante danés Herluf Trolle escribía indignado al monarca: es imposible cap­turar a los suecos, rehúsan el combate cuerpo a cuerpo. Aún no había comprendido que precisamente esa era la táctica de Suecia: mantener a distancia al enemigo a fuer de cañonazos.

A finales de mayo de 1564, al norte de Öland, el flamante Mars participó en su primera batalla naval. Una crónica redactada en Lübeck en el siglo XIX dice: «El 30 de mayo […] los suecos salieron con 40 magníficas naves y todo el favor de viento, sol y meteoros. Así y todo, los daneses y lubequeses les plantaron cara, y así fue que comenzó una batalla como jamás se había visto en el Báltico. Los suecos disponían en primerísimo lugar de un gran buque en el que habían trabajado el rey y su padre durante varios años: diez pies más largo que la iglesia de San Pedro de Lubeca, 700 almas a bordo, con 140 piezas de fundición […]. Como divisa llevaba una hermosísima imagen de Marte. Y el capitán era Jakob Bagge, archienemigo de los alemanes».

En la primera jornada los vientos fueron favorables a Bagge. El sueco logró mantener al adversario a distancia y hundir el Lange Bark de Lübeck. Pero el segundo día la coalición de Dinamarca y Lübeck consiguió dañar el timón del Mars e incendiarlo con bolas de fuego. Sin embargo, no hubo hundimiento, ya que el almirante lubequés Friedrich Knebel pretendía apropiarse de los tesoros que viajaban a bordo. Desde el Engel, el buque insignia de la ciudad hanseática, se inició el abordaje del Mars y se desencadenó entonces una verdadera carnicería. Según consignaría Knebel más tarde en su informe al senado de Lübeck, «500 muertos y 100 prisioneros».

Mientras en todas las cubiertas se desataba la cruenta vorágine del combate cuerpo a cuerpo, las llamas fueron avanzando hasta alcanzar la santabárbara del buque. El Mars explotó; la proa quedó reventada. Un cronista lubequés lo describe así: «Apenas habían comenzado a salvaguardarse los caudales y riquezas cuando el fuego se enseñoreó de la nave y el Mars saltó por los aires en atroz espectáculo». La documentación histórica indica que el buque insignia sueco llevaba a bordo en torno a 200.000 táleros de plata y unas 4.000 monedas de oro. «Un tesoro difícil de valorar desde la perspectiva actual, pero que podría equivaler a unos 13 millones de euros», explica Richard Lundgren.

El Mars debía de transportar tan exorbitante suma hasta las costas de Mecklemburgo para el reclutamiento de tropas. El rey sueco pretendía derrotar a los daneses con la táctica de la pinza: los lansquenetes (mercenarios) atacarían desde el sur y él, con su ejército y su flota, desde el norte. Si el tesoro seguía a bordo cuando se hundió el Mars o si los lubequeses llegaron a apoderarse de una parte de él en el momento del apresamiento es algo que han de descubrir los arqueólogos.

Tras sufrir varias derrotas navales, hundir nada menos que el buque más imponente de la Flota sueca fue un éxito clamoroso para la coalición. El almirante Knebel fue recibido en Lübeck con honores de héroe. Todavía hoy puede admirarse una pintura de aquella batalla en la Sala Roja del consistorio de Lübeck. El buque sueco había causado tal sensación que de inmediato se encargó la construcción de una nave aún mayor, el Adler von Lübeck (Águila de Lübeck). Este colosal velero de cuatro palos nunca llegó a participar en batalla alguna. Al parecer después de la guerra se reconvirtió en mercante y fue desguazado en 1581. Cuando en 1570 concluyó en tablas la guerra de las Tres Coronas, Lübeck fue la gran perdedora. Suecia dominaba la parte septentrional del Báltico; Dinamarca, la meridional. La ciudad hanseática había dejado de ser un rival a tener en cuenta.

Ha anochecido en böda hamn. Todos los investigadores vuelven a estar reunidos en el muelle, dando cuenta esta vez de una cena a base de bacalao con patatas. Johan Rönnby regresa de «correr un poquillo», como él dice, pero viene de hacer una carrera de 20 kilómetros sobre la arena. Su figura no es la de profesor de arqueología sino la de un triatleta. Por las mañanas de­­dica una hora a nadar en el Báltico. Durante el día hace entrenamientos ciclistas. Rönnby está satisfecho: por fin han podido reanudar las labores de buceo y medición tras una semana de mal tiempo y mar gruesa. Un triatleta sabe reconocer una carrera de fondo: «Jamás se había trabajado así, cogemos solo lo imprescindible, prácticamente no subimos nada a la superficie. Todo debe quedar en el fondo, tal y como lo dejó la explosión hace 447 años».

En el pasado se habrían reflotado partes de la nave para someterlas a onerosos procesos de conservación y almacenamiento. El yacimiento habría ido alterándose poco a poco, cuando no destruyéndose por completo. La burocracia mu­seística habría generado montañas de papeleo, con distintas instituciones enzarzadas en interminables disputas para decidir quién debería correr con los gastos de conservación. «Dejándolo todo donde le corresponde nos ahorramos esos sinsabores», dice Rönnby. En todo el mundo está ganando terreno la opción de dejar intactos los objetos de deseo arqueológico, limitando la intervención al dimensionado digital y la reproducción con tecnología 3D. Cuanto mejor trabajen las nuevas impresoras –y el progreso es vertiginoso–, más exactas serán esas réplicas.

Rönnby gusta de comparar el yacimiento con una famosa pintura de Pieter Brueghel el Viejo, contemporánea del Mars. El triunfo de la muerte, de 1562, es la cruda representación de una batalla del siglo XVI: una carnicería de proporciones apocalípticas. «Me gustaría lograr lo mismo que hizo Brueghel con su pintura –dice Rönnby–. Inspirar una reflexión sobre la guerra. Brueghel lo consiguió con su cuadro; nosotros usamos las tecnologías más punteras para hacer visible un campo de batalla submarino cuya imagen quedó, el mismo día de la debacle, el 31 de mayo de 1564, congelada en el tiempo.»

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