Carta Pastoral a la Diócesis de Valencia (I)

antoniocañizares1

Por Mons. Antonio Cañizares Lloreva. Cardenal-Arzobispo de Valencia

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Llevo cuatro meses entre vosotros y al servicio vuestro como pastor de esta Iglesia diocesana de Valencia. Han sido cuatro meses intensos de encuentros, de observación, de escucha, de oración. No os extrañéis de que no me haya hecho una visión totalmente formada y precisa, con perfiles y matices de la totalidad: todo llegará.

Y por eso pienso que no sería prudente, por mi parte, dar un juicio concreto, y menos definitivo, sobre la situación. Con todo, sí que os puedo decir que tengo una visión general de la situación: Dios me ha concedido mirar esta gran diócesis con mirada de fe, con su mirada, y tener una visión abarcadora del conjunto, escuchar la voz o las voces que de él me llegan, dibujar el cuadro de situación con grandes pinceladas y compartir con vosotros algo de mis apreciaciones y preocupaciones. Ello podría ayudar a situar los eventuales o posibles caminos para seguir en nuestra actuación pastoral diocesana, que concretaremos todavía más entre todos al finalizar los trabajos en los grupos formados para el Itinerario Diocesano para una nueva Evangelización (cuyo final habremos de aligerar un poco), recogiendo y articulando las sugerencias operativas aportadas en estos grupos. Sólo me referiré a alguno de esos caminos para no pararnos y seguir avanzando en el camino, sin olvidar que el único camino es Jesucristo, presente en todo cuanto somos y hagamos. Por eso, como he repetido tantas veces, de manera especial con los sacerdotes en nuestros encuentros iniciales, nuestra mirada ha de ponerse enteramente en la persona de Jesucristo, y recorrer el camino, sin retirarnos, con la mirada puesta en Él, “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12).

Es evidente que nos encontramos en una nueva etapa del mundo, de España, de toda la Iglesia, que, por cierto, no está resultando nada fácil. No somos ajenos en Valencia a esa realidad. ¿Qué hacer en esta etapa, en este nuevo periodo de la historia? ¿Qué “dice el Espíritu a nuestra querida Iglesia” (Ap 2, 7), en esta situación, social, cultural y religiosa que estamos viviendo, tan distinta a la de hace pocos lustros, cada vez más variada y comprometida? ¿Hacia dónde y por dónde encaminar nuestros pasos? El camino nos lo traza el mismo Cristo, presente en la Iglesia, actuante en la historia: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestro caminar, que no puede ser más que un caminar en fe, en esperanza. Jesucristo es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en el presente! está Jesucristo.

No busquemos, pues, otra respuesta a los grandes retos y desafíos que sin duda se abren ante nosotros. Seamos humildes, por tanto verdaderos y realistas: por mayor empeño que pongamos en dar ingenuamente con “fórmulas mágicas”, con grandes planes, con proyectos fabulosos y novedosos, con programas “populistas” –en palabra de moda ahora–, que serían nuestros y nada más que nuestros, obra de nuestras propias manos en las que se confía, no hallaremos otro camino verdadero que Jesucristo para los grandes o pequeños retos y desafíos de nuestro tiempo.

San Juan Pablo II nos lo recordó con unas palabras bellísimas y lapidarias en su Carta “Al comenzar un nuevo milenio”, tan extraordinaria como alentadora: “No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!” (NMI, 29). Por eso se trata ahora, por encima de otras cosas y acciones, de buscarle de todo corazón y seguirle con todas las consecuencias y como Él demanda, de escucharlo y contemplarlo, adorarlo, vivirlo, darlo a conocer con obras y palabras. Cultivar y avivar el encuentro con Él es la clave para una apasionante renovación de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra Iglesia, y de un renacimiento pastoral en nuestras comunidades, en la Iglesia universal y en la diocesana. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo, de “estar con Él”, podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia y de nuestra diócesis. A partir de este encuentro y de esta experiencia renovada de Jesucristo, presente en la Iglesia, no dejaremos de comunicar y testificar “lo que hemos visto y oído” cerca de Él. Ninguno de los que hayamos recibido la gracia de la fe en Él podemos eximirnos de dar testimonio del “Evangelio de la alegría”, de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, de su vida, de su pasión, muerte, y resurrección, de su permanencia para siempre entre nosotros, del Evangelio de la redención, de la esperanza, que descansa en la victoria sobre el pecado y la muerte por su resurrección. En Cristo, las expectativas más hondas y nobles de la humanidad entera hallan su fundamento más real y firme: la esperanza de todo ser humano se colma por su Victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la paz sobre la violencia, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad y de la caridad sobre todo egoísmo y exclusión.

Nadie, ningún cristiano, en consecuencia, debería eximirse del sagrado deber de comunicar este anuncio salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A esta tarea, por la misma caridad que nos urge y configura en la gracia bautismal, estamos llamados y obligados todos (porque todos hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte, participamos de la libertad gozosa de los hijos de Dios, expresión de la verdad, que nos hace libres y se expresa en la caridad). Se abre un gran tiempo para la misión –en él estamos ya inmersos–, como en los primeros momentos del cristianismo, y no hay tiempo que perder.

Ningún cardenal, arzobispo, obispo, sacerdote, persona consagrada, fiel cristiano laico, hombre o mujer, niño, joven, adulto, o anciano, ni los enfermos ni los sanos…, ninguno de los cristianos en la Iglesia, concretamente en esta Iglesia que peregrina en Valencia, en nuestra diócesis, estamos eximidos de la urgencia apremiante de evangelizar. A eso, además, nos compromete y embarca de forma muy concreta el “Itinerario de nueva evangelización” que hemos emprendido en nuestra diócesis el domingo del Bautismo del Señor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *