Ciencia para saber qué mató a Pablo Neruda

foto-neruda-lunes-3Vénganse rápido, porque estando durmiendo entró un doctor y me colocó una inyección”. Fueron unas de las últimas palabras que, supuestamente, pudo pronunciar el poeta chileno Pablo Neruda. Seis horas después moría en su cama de la clínica Santa María, en Santiago de Chile.

Eran las 22.30 del 23 de septiembre de 1973. Causa oficial de la muerte: caquexia provocada por un cáncer de próstata con metástasis. Neruda no pudo coger el avión enviado por el presidente de México que, la mañana siguiente, debía sacarle de una tierra, la suya, que acababa de caer en las sombras de la dictadura tras el golpe del general Augusto Pinochet el 11 de septiembre. Cuarenta años después, una de las investigaciones de la ciencia forense más ambiciosas de los últimos años quiere saber si existió aquella inyección y si lo que llevaba mató al autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Sobre esa frase se basa la denuncia que el chófer de Neruda, Manuel Araya, hizo en 2011 de que el premio Nobel había sido asesinado por agentes de la dictadura. A Neruda, Araya y la tercera mujer del poeta, Matilde Urrutia, el golpe les cogió en su casa de Isla Negra, a 100 kilómetros de Santiago, frente al mar. Allí, rodeado de sus libros, sobrellevaba su cáncer. Los varios registros que sufrió la casa por parte de los militares, arrasando con todo y quemando parte de su biblioteca les convencieron, siempre según Araya, de irse de Chile.

Tenían que llegar a Santiago y esperar el avión en la clínica Santa María.  El 22 de septiembre, confirmada la llegada del avión salvador, el chófer y la mujer regresaron a Isla Negra. El poeta quería llevarse consigo sus últimos escritos. Fue estando allá cuando se produjo la llamada telefónica. Araya dijo una vez en una entrevista que dejó a Neruda con buen aspecto y siguiendo su tratamiento. “Todo eran pastillas, no había inyecciones”, aseguró el chófer.

Araya no lo dijo antes porque, según asegura, la mujer de Neruda no quiso. Tenía miedo de que los militares fueran contra ella y la memoria del poeta. Pero tras sus declaraciones de 2011, el Partido Comunista Chileno, del que Neruda era afiliado, presentó una denuncia que, tras dos años de pesquisas, ha llevado al juez chileno Mario Carroza a ordenar la exhumación de los restos de Neruda, enterrado en su casa de Isla Negra, frente al mar. Un equipo de expertos entre los que hay antropólogos, médicos forenses, biólogos odontólogos, especialistas en toxicología, radiólogos, químicos farmacéuticos y hasta un urólogo tienen ahora la misión de descubrir si Neruda murió de cáncer o fue asesinado.

“Tuvimos menos dificultades de las esperadas. El poeta y su esposa estaban en nichos separados y el ataúd estaba en buenas condiciones”, dice en conversación telefónica el director del Servicio Médico Legal de Chile (SML) y jefe del equipo de investigadores, el doctor Patricio Bustos. La mujer de Neruda murió en 1985 y enterrada junto a su marido. Con Pinochet aún en el poder, los científicos no estaban seguros de que el entierro se hubiera realizado en fosas separadas y con el debido respeto. La exhumación se completó el pasado lunes.

Un problema de tiempo

Tras trasladar el féretro de Neruda a los laboratorios del SML, en Santiago, el equipo de científicos ha realizado las primeras pruebas. Primero escanearon y sometieron a rayos X el ataúd sin llegar a abrirlo. Después realizaron inventario y rotulación de los restos óseos, establecieron un perfil biológico y analizaron los huesos con lupa estereoscópica 3D hasta decidir qué muestras de los huesos tomar para realizar sobre ellas exámenes toxicológicos e histológicos, la clave para determinar si hay restos de algún agente externo o el grado de metástasis si es que la había. El jueves entregaron su primer informe al juez.

Igual que en otros casos, como el de Arafat, el gran problema es el tiempo. Casi han pasado 40 años y apenas quedarán tejidos con los que hacer el estudio histológico. “El cadáver está esqueletizado”, reconoce el doctor Bustos. Ya no habrá signos del “manchón rojo” que Araya dijo haber visto en la zona del estómago donde habrían pinchado a Neruda nada más volver de Isla Negra tras su angustiosa llamada. El chófer del poeta, que no quería separarse de Neruda, fue enviado por los médicos de la clínica a una farmacia alejada del centro de Santiago a por una medicina para Neruda. En el trayecto, dos vehículos de los militares lo interceptaron. Araya ya no volvió a verlo con vida. Como muchos otros, acabó en el estadio Nacional de Chile del que salió vivo gracias a la intervención de un cardenal, no sin antes ser torturado.

Análisis de los huesos

A pesar de la escasez de tejidos, del tiempo transcurrido y de la falta de una autopsia original, los investigadores confían en saber la verdad. “Tenemos la mejor tecnología, que no existía hace 40 años, y a los mejores expertos del mundo”, asegura Bustos. Además de cuatro especialistas del SML y otros tantos de la Universidad de Chile, en los trabajos también participan investigadores extranjeros. Tres son españoles y la cuarta es la experta forense Ruth Winecker,  Toxicóloga Jefe de la Oficina Médico Forense, de la Universidad de Carolina del Norte. Hasta allí llegarán parte de las muestras de los huesos de Neruda.

“En base a los huesos, se puede detectar la presencia de alguna sustancia extraña”, sostiene el director del SML. “Podríamos encontrar estricnina, pero también podría haber una medicina como la morfina administrada en una dosis inadecuada”, añade. ¿De forma accidental o intencionada?. “El juez nos pidió buscar la causa de la muerte del poeta y, tanto como eso, la intervención de terceros”, responde. El SML ya intervino en autopsias de grandes de la historia chilena que tuvieron la desdicha de cruzarse con Pinochet y sus militares. Es el caso del presidente contra el que fue el golpe, Salvador Allende, o el cantautor Víctor Jara. Pero ellos murieron bajo las balas, “un estudio de balística bastó para determinar su muerte”, recuerda Bustos. En el caso de Neruda todo se complica. “¿Cuánto pudo influir su cáncer de próstata y la metástasis?”, se pregunta el director de SML.

“No es momento de avanzar conclusiones en ese sentido ni de crear especulaciones. Conviene dejar trabajar a los expertos que van a necesitar su tiempo. Las prisas nunca son buenas y el avance de resultados sin su correspondiente interpretación suelen provocar mayor confusión. Una cosa es decir qué es esto y otra, qué significa esto”, advierte Francisco Etxeberría, profesor de Medicina Legal del Instituto Vasco de Criminología de la Universidad del País Vasco y miembro del equipo investigador. Etxeberría lleva siete años colaborando con el SML y participó en la investigación de Salvador Allende que determinó que el presidente democrático se quitó la vida antes de que se la quitaran los milicos. En España ha colaborado en varios casos de memoria histórica y también intervino en el caso Bretón, en el estudio de los restos de los niños cordobeses Ruth y José.

La ciencia ante la historia

Con una discreción exquisita, Etxeberría explica en un correo electrónico que alcanzar la verdad completa siempre es un asunto complicado. ”No se pueden garantizar los resultados a priori ya que depende de numerosos aspectos que por el momento no se deben desvelar en tanto no ha finalizado la investigación”, cuenta. Aún no saben cuánto tardarán los trabajos y lo que les llevará realizar su informe. Pero se sabe cómo lo harán. Cada uno de los especialistas realizará el suyo propio antes de cotejarlos y redactar uno común. Si hubiera discrepancias, serán incluidas en un informe pericial integrado que entregarán al juez. “En ese punto se alcanza una verdad pericial que es científica, pero la significación o trascendencia judicial no nos corresponde a nosotros”, añade.

Hay una parte del relato de la historia difícil de encajar. ¿Por qué tardó tando el chófer de Araya en denunciar que a Neruda lo mataron? ¿Por qué su mujer, ni siquiera en sus memorias, dejó escrito si tenía dudas de que su marido muriera por la enfermedad? A lo más que llegó fue a asegurar que, aunque había mejorado del cáncer, el impacto que le provocó el golpe militar acabó con sus pocas fuerzas. En cuanto al relato de Araya, hay un hecho que sirve tanto a los detractores de su tesis como a los que la defienden.

Nueve años después de que Neruda muriera en la habitación 402 de la clínica Santa María, el ex presidente chileno que antecedió a Allende en el cargo, el democristiano Eduardo Frei, moría en la misma clínica de una septicemia. Frei, rival político de Allende pero opositor feroz del pinochetismo, había ingresado en la exclusiva clínica para una simple operación. Sin embargo, a los pocos días un cuadro generalizado de infección acabó con su vida. En 2009, un juez ordenó su exhumación. En sus restos se encontró mostaza sulfúrica, talio y un fármaco destinado a debilitar sus defensas. Para unos, esto confirmaría la presencia siniestra de agentes del régimen en la clínica ya en el caso de Neruda. Para otros, el asesinato de Frei pudo inspirar a Araya en su historia.

Pasarán meses antes de que haya conclusiones finales sobre la muerte del poeta. Todo sería más sencillo de no ser por la historia. En su momento no se hizo ninguna autopsia y “aún hoy no tenemos el testimonio de los médicos que lo atendieron”, lamenta el doctor Bustos. “Las dificultades para el avance de la verdad no sólo son científicas, también dependen de la política y la justicia. La ciencia no puede hacer lo que escamotea la historia”, concluye.

 

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