Constructores de una nueva civilización

Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.

Un misterio profundo en nuestra vida: ser hijos de Dios.En este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo, cuando el Señor a través de su Iglesia nos llama a la conversión, a vivir de una manera nueva, a dejarnos hacer por Jesucristo en una nueva versión de vida que nos ha regalado gratuitamente y que tanta belleza tiene, en este tiempo en que el Señor nos dice que lo viejo ha pasado y que lo nuevo comienza, tenemos todos una gran oportunidad. Y es que este tiempo es ideal para asumir con todas nuestras fuerzas los retos específicos que ante nosotros tenemos los cristianos en estos momentos de la historia. Es de una importancia fundamental que escuchemos, con toda la carga de profundidad que tienen, aquellas palabras del Apóstol San Pablo: “Habéis recibido un espíritu de hijos” (Rm 8, 15). Estas palabras nos introducen en el misterio más profundo de la vocación cristiana pues, según el designio de Dios, hemos sido llamados a ser hijos de Dios en Cristo por medio del Espíritu Santo. ¡Qué perspectiva más maravillosa ver al ser humano destinado a ser hijo de Dios! ¿Cómo permanecer indiferentes ante esta realidad tan honda que nos invita a una comunión de vida íntima y profunda con Dios? ¡Qué hondura tiene toda esta realidad! El ser humano, un ser creado y limitado, es más, un pecador, es destinado a ser hijo de Dios. Aquí sí que surge desde lo más profundo de nuestro corazón repetir aquellas palabras de San Juan: “Mirad cómo nos amó el Padre. Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente” (1 Jn 3, 1).

Engendrados a una nueva vida que es la de Cristo

¡Cómo permanecer indiferentes ante este desafío del amor de Dios que nos está invitando a entrar en una comunión íntima y profunda con Él! Es el Espíritu Santo el verdadero protagonista de nuestra filiación, de nuestro ser hijos de Dios. En las aguas del bautismo, hemos sido regenerados y engendrados a una vida nueva, la de Cristo. Y, desde ese momento, ha sido el Espíritu Santo el que se ha unido a nosotros para dar testimonio en medio de esta historia de que somos hijos de Dios. Es importante que nos preguntemos lo que implica en nuestra vida el ser hijo de Dios. Y para ver las implicaciones que tiene debemos escuchar al Apóstol San Pablo que nos dice con toda su fuerza: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8, 14). Por tanto, descubrimos que ser hijo de Dios es acoger al Espíritu Santo, dejarse guiar por Él, estar abiertos a su acción en nuestra historia personal y en la historia del mundo. El Señor nos ha dado a nosotros un espíritu de fortaleza y de amor para que nos situemos en medio de esta historia, no nos lo ha dado de timidez o de miedo para que nos retiremos de en medio del mundo.

La belleza de ser santo en medio del mundo

¡Qué belleza adquiere el ser humano cuando vive y se presenta en medio de esta historia como hijo de Dios! Es la belleza de ser santo. Los hijos de Dios, los hombres y mujeres renacidos en el bautismo y fortalecidos en la confirmación, son los primeros constructores de una nueva civilización, ésa que lo es de la verdad y del amor, porque han recibido de Dios un Espíritu que les hace ser luz del mundo y sal de la tierra. ¡Qué cambios en profundidad se están realizando en nuestro mundo! Y los hombres buscan ansiosamente caminos para una convivencia más solidaria, tienen necesidad de contar con personas que vivan como verdaderos hijos de Dios. La santidad es la esencial herencia de los hijos de Dios. Recuerdo siempre que aludo a esta santidad aquellas palabras del Señor: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48).

El gran compromiso para los hijos de Dios exige el amor fraterno a ejemplo del mismo Jesucristo. Y nos está pidiendo que hagamos realidad aquellas palabras del Señor: “Qué os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12). Porque, si invocamos a Dios como Padre, es imposible no reconocer en el prójimo, quien quiera que fuere, a un hermano que tiene derecho a nuestro amor.

Las tareas y retos de los hijos de Dios hoy

¿Qué tareas son fundamentales en este momento para los hijos de Dios? ¿Qué retos específicos tiene hoy el anuncio del Evangelio? La Cuaresma es un momento importante para entrar dentro de ellos y responder desde una conversión. La Iglesia tiene que ser misionera y los cristianos tienen que tener unas prioridades esenciales en su vida y en su misión. Yo os propongo tres que, a mi modo de ver, son esenciales en este momento:

1. La evangelización y la vida pública de la sociedad: Al comienzo de la actividad pública de Jesús, el Evangelio de San Mateo apunta cómo Jesús había abandonado Nazaret para dirigirse a Cafarnaún (cf. Mt 4, 12-17). Bajar a Cafarnaún supuso para Jesús confrontarse con una nueva forma de vida, con gente diferente, con una vida caracterizada por el duro trabajo, el sufrimiento, lo nuevo y la inseguridad. Y es que Jesús comienza a actuar de forma pública. Recapitula toda su misión esa expresión del Señor: “¡Arrepentíos, que está cerca el reino de los cielos!” (Mt 4, 17). Esta misión de Jesús en el espacio público tiene que prolongarse en la misión de la Iglesia. La Iglesia tiene que atreverse a recorrer con su Evangelio el camino que va de Nazaret a Cafarnaún. Y no puede dejar que la sociedad la proscriba de la esfera pública a la esfera privada. La Iglesia, y por tanto todos los cristianos, solamente pueden recuperar su alma si se dirigen con su Buena Noticia a Cafarnaún, es decir, a situarse en medio de esta historia. El cristiano no puede permanecer en cuestiones domésticas; debe marchar, como Nuestro Señor, a dar testimonio de Jesucristo en medio del mundo.

2. La evangelización y la unidad de los cristianos: la Iglesia tiene que llevar la luz que ella misma vive. Cuanto más perciban la personas que nos rodean que nosotros estamos colmados de esa luz que es Cristo, tanto más se preguntarán por ella. Pero esto se obstaculiza cuando nos ven a los cristianos divididos, enfrentados, algo que contradice el deseo de Jesucristo cuando nos manifiesta que su deseo es que seamos uno, “para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Hay que estar atentos a la unidad y a la comunión. Esta tarea debe ser prioritaria entre nosotros si queremos hacernos creíbles en medio de un mundo dividido y enfrentado.

3. La evangelización, realizada desde la alegría y desde la esperanza: hoy nos encontramos en tiempos de siembra y hay que conducir a los hombres a Dios, tienen que descubrir en Jesucristo el verdadero rostro de Dios y del hombre y necesitamos iniciarlos en una relación personal con Él. Esto no se puede hacer solamente con palabras, es necesario que los hombres descubran en la Iglesia una comunidad de vida en cuyo centro se concede el espacio fundamental a Dios. Sólo así cobra vitalidad y, por tanto, alegría y esperanza la Iglesia para realizar la evangelización. En definitiva, tiene que ser como al principio. Recordad el saludo del arcángel Gabriel a María: “¡Alégrate!” (Lc 1, 28), que hace patente que el cristianismo, en su esencia más íntima, es alegría y esperanza. Nuestro tiempo no pide resignación, sino acción misionera, pasión por anunciar el Evangelio. Esto pide cristianos cuyo corazón ha sido abierto y tocado por Dios, y su razón, iluminada por la razón divina.

 

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