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¿Cuestión de tildes?

Por José Miguel Orts Timoner. Licenciado en Filosofía y Letras (Ciencias de la Educación).

Cuando estas líneas vean la luz la ciudad de Valencia habrá cambiado de nombre por obra y gracia de los políticos que la rigen. La publicación de la medida en el “Diari Oficial de la Generalitat Valenciana (DOGV)” consumará el hecho. A partir de entonces Valencia habrá dejado de existir y habrá nacido València, a todos los efectos.

Doctores tiene la ley y académicos la “Acadèmia Valenciana de la Llengua” que cobran por este tipo de inventos. La lectura de los dictámenes que ha decidido al Ayuntamiento y al “Consell” a tomar esta medida será, sin duda, edificante y educativa para los simples ciudadanos de a pie que les pagamos el sueldo generoso y merecido.

Para ahorrarnos gastos en productos farmacéuticos, evitaremos caer en esa tentación.

Los telediarios nos han acostumbrado a desayunarnos con las noticias de A Coruña, Ourense, Bizcaya, Gipúzcoa, Girona, Lleida o Eivissa, entre otras novedades que los programas correctores ortográficos aún no han digerido. Ahora le toca a València. Palabras subrayadas en rojo hasta que los técnicos las agreguen al diccionario del sistema.

Los buenistas de turno quitarán hierro al asunto y tragarán una vez más con esta invasión de palabras en otros idiomas que –nos dirán- confiere al castellano oficial una riqueza y un dinamismo inaudito. Nada encontrarán de trasfondo ni connotación malévola.

Son concesiones a los nacionalismos periféricos sin mayor importancia al lado de otras dejaciones de autoridad que alientan los procesos de independencia. Y casi todas se ponen de relieve cuando se leen o se escriben. En el habla oral –valga la redundancia- apenas se notan. Pero en negro sobre blanco hieren la vista hasta que el lector se habitúa a las novedades. Cosas de políticos. Y esas cosas de políticos se convierten en letra de los libros de texto y en explicaciones de los profesores, acostumbrados a justificarlo todo a cambio de la nómina.

A los políticos de las zonas teóricamente bilingües del Estado de las Autonomías les ha dado recientemente por blindar palabras y expresiones en la lengua regional y declararlas intraducibles. Sin ir más lejos los papeles nos hablan de la “Comunitat Valenciana”, de la “Universitat de València”, de “Consell” y “Consellerías”, el “President”, el “Govern”, entre otros barbarismos que han tomado carta de naturaleza hasta desembarazarse de las comillas cuando se utilizan en el español de los medios de comunicación, cada vez más enriquecido de estas perlas.

La innovación legal en la toponimia que nos ocupa extiende al castellano –y se supone que al resto de las lenguas del mundo mundial-´ la intraducibilidad de “València” como nombre de la ciudad antes llamada Valencia. De esta manera exporta un pleito hasta ahora constreñido a los usuarios del valenciano dividido en normativas ortográficas asociadas a posturas políticas y a símbolos identitarios.

En efecto: Simplificando abusivamente hasta la caricatura, el testigo exterior podía intuir la ideología o la intención de voto del escribiente del nombre del “Cap i Casal del Regne”: “Valéncia”, para los de “blaveros”, mayoritariamente de derechas; “València” para los “catalanistas”, significativamente de izquierdas; “Valencia” para los que no querían mojarse y salían pasados por agua. De ahí que la salida cómoda fuera pasarse al castellano, ateniéndose a lo aprendido en las gramáticas y los diccionarios al uso.

Ahora ni usando el español o castellano podremos escribir tranquilos el nombre de la ciudad natal de San Vicente Ferrer. A Mr. Peter Lim le van complicar la vida metiéndole tildes, además de goles, al equipo de su inversión deportiva.

Los políticos quieren ser obedecidos. Y para ello no dudarán en respaldar su decreto con medidas de presión fiscal, política y educativa. Su modo de pensar es ideológico y su idea se convertirá en realidad en tanto en cuanto el poder siga en sus manos.

Y tampoco han de temer la reacción del primer partido insuficientemente votado. Los conservadores se han especializado históricamente por precisamente “conservar” y afianzar los “cambios” revolucionarios de los progresistas. En el caso del Partido Popular cabe recordar una incómoda anécdota: Cuando las urnas le dieron el relevo de la administración socialista, la primera visita del Sr. Villalonga, primer “Conseller” popular de Educación fue al ilustre gramático y “rondallista” Enric Valor (“Gramàtica Catalana referida al País Valencià”) para asegurarle que “el nostre català no corre perill”. Le sobraba razón: Compruebe el lector curioso lo que supuso para la Comunidad Valenciana ser moneda de cambio en la compra del sostén parlamentario de José María Aznar y el papel de Zaplana en la creación de la “Acadèmia Valenciana de la Llengua”. No es de extrañar que todo lo más que los populares hicieron fue abstenerse el 31 de marzo cuando la ocurrencia de la tilde grave se puso a votación en el Pleno Municipal. Y no se podía esperar otra cosa de Ciutadans-Ciudadanos, dado su origen geográfico y su epicentro político.

Cuando uno se atreve a hacer un ejercicio de empatía y meterse en la mente del escolar medio que pasa por el sistema educativo para aprobar las asignaturas entre otras cosas, cuesta imaginar sus conclusiones cuando el profesor de Lengua Española le dice que “Va-len-cia” es una palabra trisílaba, llana y terminada en vocal, que no lleva tilde, mientras que el de “Valencià” (naturalmente “normalitzat”) le dice que “Va-lèn-ci-a” es cuatrisílaba, esdrújula y acentuada con tilde abierta en su sílaba tónica, como “Florència” i “clemència” aunque en el habla “dialectizada” suene la “e” como cerrada. La realidad se equivoca y no la teoría. Una excepción en la regla. Cosas de profes. Cosas de políticos.

El caso es que la nueva València se escribirá en castellano en lo sucesivo como registraba ya en su día la monumental Gran Enciclopèdia Catalana (la de la Mar Catalana que baña la playa de la Malvarrosa) y abrirá camino para la anexión cultural previa a la futurible República Catalana cuyos valedores montaron su castillo de naipes sobre este tipo de detalles sin importancia.

El nuevo nombre de la ciudad de Valencia implica algo más que una simple tilde: un cambio de significante que busca una variación de significado. Hay que ser dos veces bueno (“bo – bo”) para no caer en la cuenta. Pregúntenles a los chicos de Compromís y a sus socios. A lo mejor hasta les contestan.

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