Dios, centro de nuestra vida

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Por Mons. Antonio Cañizares Llovera. Cardenal-Arzobispo de Valencia. 

“¡Mirad a vuestro Dios!”, clama el profeta Isaías al pueblo de Israel temeroso, acobardado, débil y vacilante ante la difícil situación que atraviesa (Cf. Is 35, 3-4). También hoy, ante la situación que vivimos, necesitamos acoger esa misma apelación tan apremiante: “¡Mirad a vuestro Dios!” Sí. Necesitamos mirar a Dios, poner a Dios en el centro de todo: Dios como centro de la realidad y Dios como centro de la vida. Dios es necesario para el hombre. Sin Él, el hombre perece y carece de futuro. Este es el drama, el gran problema de nuestro tiempo. No hay ningún otro que se le pueda comparar en su radicalidad y hondura.

Los cristianos, miembros de la Iglesia, debemos volver a lo esencial, debemos volver a Dios. Con qué lucidez lo manifestaba ya el año 1993, en una entrevista de máxima actualidad hoy, el cardenal J. Ratzinger, nuestro querido Papa Benedicto XVI: “El problema central de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, y por ello el deber prioritario de los cristianos es testimoniar al Dios vivo. Antes de los deberes (morales y sociales) que tenemos, de lo que hemos de dar testimonio con fuerza y claridad es del centro de nuestra fe. Hemos de hacer presente en nuestra fe, en nuestra esperanza y en nuestra caridad la realidad del Dios vivo. Si hoy existe un problema de moralidad, de recomposición moral en la sociedad deriva de la ausencia de Dios en nuestro pensamiento, en nuestra vida. O, para ser más concreto, de la ausencia de la fe en la vida eterna, que es vida con Dios. Hemos dejado de atrevernos a hablar de la vida eterna y del juicio. Dios se ha vuelto para nosotros un Dios lejano, abstracto. Ya no tenemos el valor de creer que esta criatura, el hombre, sea tan importante a los ojos de Dios, que Dios se ocupa y preocupa con nosotros y por nosotros.

Pensamos que todas estas cosas que hacemos son en definitiva cosas nuestras, y que para Dios, si es que existe, no pueden tener demasiada importancia. Y así hemos decidido construirnos a nosotros mismos, reconstruir el mundo sin contar realmente con la realidad de Dios, la realidad del juicio y de la vida eterna. Pero si en nuestra vida de hoy y de mañana prescindimos de Dios, de la vida eterna, todo cambia, porque el ser humano pierde su gran honor, su gran dignidad. Y todo se vuelve al final manipulable. Pierde su dignidad esta criatura imagen de Dios, y, por tanto, la consecuencia inevitable es la descomposición moral, la búsqueda de sí mismo en la brevedad de esta vida; hemos de inventar nosotros el mejor modo de construir la vida y la vida en este mundo. Por eso, nuestra tarea fundamental, si realmente queremos contribuir a la vida humana y a la humanización de la vida en este mundo, es la de hacer presente y por así decirlo, casi tangible, esta realidad de un Dios que vive, de un Dios que nos conoce y nos ama, en cuya mirada vivimos, un Dios que reconoce nuestra responsabilidad y de ella espera la respuesta de nuestro amor realizado y plasmado en nuestra vida de cada día”. (J. Ratzinger, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid 1995, 204).

“Hay quien piensa, decía el Papa Benedicto XVI en Munich, que los proyectos sociales deben promoverse con la máxima urgencia, mientras que las cuestiones que atañen a Dios revisten bastante menor interés y urgencia. Con todo, la experiencia enseña precisamente que la evangelización ha de ser prioritaria, que el Dios de Jesucristo tiene que ser conocido, creído y amado, debe convertir los corazones para que las cuestiones sociales puedan progresar, para que se emprenda la reconciliación. Si sólo damos a los hombres conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco y entonces se imponen demasiado pronto los mecanismos de la violencia, y la capacidad de destruir y de matar se vuelve dominante, transformándose en capacidad de alcanzar el poder, un poder que antes o después debería traer consigo el derecho, pero que nunca será capaz de hacerlo. Con ello nos alejamos cada vez más de la reconciliación, del compromiso común con la justicia y el amor. Entonces se extravían los criterios con los que la técnica se pone al servicio del derecho y del amor, criterios de los que precisamente todo depende; criterios que no son meras teorías, si no que alumbran el corazón, encauzando así la razón y la acción por el camino recto” (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de la Neue Messe de Múnich, 10. 9. 2006).

Por ello, no hay prioridad ni imperativo más urgente para la Iglesia que se pueda anteponer a ésta: la prioridad del testimonio del Dios vivo; el estar “centrados” en el primer desafío que tenemos de creer realmente y dar testimonio del Dios vivo. Todo lo demás está subordinado a este esencial, apremiante e imprescindible testimonio de Dios vivo. “Si vivimos bajo los ojos de Dios, y si Dios es la prioridad de nuestra vida, de nuestro pensamiento y de nuestro testimonio, lo demás es sólo un corolario. Es decir, de ello resulta el trabajo por la paz, por la criatura, la protección de los débiles, el trabajo por la justicia y el amor” (J. Ratzinger, Ser cristiano, 205).

La enseñanza constante del Papa Benedicto XVI, desde el inicio de su pontificado, fue un constante apelar a este testimonio de Dios, a centrar la vida en Dios, a advertir sobre la ruina que le adviene al hombre, a la humanidad, cuando se aleja de Dios o hace que no cuente. Desde su primera homilía en el inicio solemne de su ministerio petrino, hasta su viaje apostólico a Baviera, su tierra natal, pasando por su gran Encíclica “Dios es amor”, fue una permanente y apremiante llamada a que los hombres vuelvan a Dios.

Ahí se juega todo. Eso es lo esencial. En tiempos como los nuestros de grandes cambios y de una complejidad tan enorme en todos los campos no podemos perder el norte, no podemos quedar atrapados por la baraúnda de cosas, ni enredados en miles de cosas que no llevan a ningún sitio; las ramas no pueden impedirnos ver el bosque. Es preciso ir a lo esencial y centrarnos en lo que es el centro de todo: la fe en Dios, que se ha revelado plenamente en la existencia histórica de su Hijo único, Jesucristo, nacido de María. En él hemos conocido a Dios, que “es Amor” (1 Jn 4, 16). Es plenamente cierto y seguro, “el mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios.

¿A qué Dios necesitamos?” Al que vemos, palpamos, y contemplamos en Jesús, que murió por nosotros en la cruz, el Hijo de Dios encarnado que aquí nos mira de manera tan penetrante, en quien está el amor hasta el extremo. Este es el Dios que necesitamos: el Dios que a la violencia opuso su sufrimiento; el Dios que ante el mal y su poder esgrime, para detenerlo y vencerlo, su misericordia (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de Neu Messe).

Esto es lo fundamental, prioritario e irrenunciable. Al hombre de nuestro tiempo, desgarrado y dividido por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar todavía su tan necesitada unidad, es preciso ofrecerle aquello esencial que requiere para dar sentido a su vida y orientar su existencia por el camino certero de la verdad. En la afirmación de Juan: “Dios es amor”, tenemos, en efecto, el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Como nos dijo el Papa Benedicto en su Encíclica “Deus caritas est”, el texto de la carta de san Juan, expresa “con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino” (n.1). Nos muestra la entraña misma, la esencia o novedad del cristianismo, es cierto; pero inseparablemente ofrece tanto a los cristianos, como a todo hombre de buena voluntad, lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre y a la comunidad humana en cuanto tal, lo que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor, “del cual Dios nos colma y que nosotros debemos comunicar a los demás” (Deus Caritas est, n.1).

En el amor, en el amor cristiano, en el Amor que es Dios está la clave de todo.

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