El congreso sobre la parroquia y la nueva evangelización

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POR CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.
Dentro de muy pocos días vamos a vivir unas jornadas de reflexión sobre la parroquia en estos momentos de la vida de los hombres.

Queremos entrar en una reflexión que desea ser el inicio de un tiempo largo y profundo de conversión de toda la comunidad cristiana que desea cumplir el mandato del Señor, “id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”. Un tiempo para salir de nosotros mismos y ver la grandeza de la misión que nos entregó el Señor, la actualidad de la misma y la necesidad que tienen los hombres de salvación. Sabemos que la “nueva evangelización” es mucho más que un slogan, no se reduce tampoco a un programa de acciones. Nos está pidiendo una conversión personal y pastoral. La Iglesia vive con una convicción profunda, sabe que tiene que encontrarse con el mundo allí donde están los hombres y como están, no puede tener ninguna reserva. Y sabe también que en todas las situaciones en las que estén los hombres se acerca a ellos Jesucristo Nuestro Señor. Para Él no hay fronteras y tampoco las tiene la Iglesia en la misión que el mismo Señor le encargó.

La misión de la parroquia, como concreción de la comunidad cristiana en una época y en una historia, pasa necesariamente por saber discernir su tiempo. Para ello, es importante recordar cómo el Beato Juan Pablo II, en todo lo que nos dijo, puso a la persona siempre en el centro. Tuvo una afirmación constante: que la Iglesia era experta en humanidad, con lo cual manifestaba que la Iglesia, al igual que Jesucristo, se sitúa junto a la persona en su más profunda intimidad. También Benedicto XVI nos dijo el modo en que los cristianos tenemos que situarnos en el corazón del mundo, haciendo realidad aquellas palabras del Señor, “vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal de la tierra”. Con ello, la Iglesia lograría cambiar este mundo si hace ver a los hombres la Verdad que es Jesucristo. Y este tiempo en el que vivimos, descubrimos que hemos alcanzado los límites y que es urgente tener la valentía para reconocer la autolimitada racionalidad, de tal manera que la razón debe alcanzar el horizonte de la fe y la fe debe incluir a la razón en su propio desarrollo. La parroquia tiene que ser un faro en medio de este mundo que irradia la luz de la fe, respondiendo a los deseos más profundos y verdaderos del corazón del hombre, dando significado y esperanza a la vida de las personas, de las familias y de los pueblos.

Creo que todos hemos experimentado cómo la parroquia, a través de todos los tiempos, ha vivido unos aspectos en sus diversas circunstancias históricas que son permanentes; ha crecido, ha tenido vida y se ha convertido en misionera cuando ha introducido en su vida estos aspectos: la oración incesante, la permanencia en la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, si ha participado con fe en la celebración de la Eucaristía, que ha prolongado en la adoración al Señor. El Beato Juan Pablo II decía que “la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico” (Ecclesia de Eucharistia, 32). De tal modo, que podemos decir, sin lugar a dudas, que la renovación de la parroquia no es solamente el resultado de oportunas iniciativas pastorales por muy útiles que sean, ni de programas elaborados. La parroquia en la “nueva evangelización” tiene que inspirarse en el modelo apostólico, tal y como aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, pues la parroquia se descubre en el encuentro con Cristo, especialmente en la Eucaristía. Y es que, alimentada en la Eucaristía, crece la comunión, camina en fidelidad y acoge y camina con los diferentes carismas que van apareciendo suscitados por el Señor. ¡Qué importancia tiene la unión con Jesucristo! De esta unión saca el vigor para realizar un compromiso cada día más grande en el servicio a los hermanos, especialmente a los más pobres.

El Papa Francisco nos muestra, con su vida y con su doctrina, que el pastor de la comunidad cristiana no debe perder la cercanía a la gente. Debe ser realmente pastor, que conoce a quienes tiene, que busca a los que faltan y que le conocen todos. Todos los cristianos deben asumir la responsabilidad de la vida de la comunidad en sus diferentes aspectos. La parroquia tiene que convertirse en esa célula viva de la Iglesia, que es lugar de inspiración, de vida, de solidaridad, que ayude a todos a ir a las periferias, es decir, a llevar a Jesucristo, pues donde está Jesucristo, deja de existir la periferia, ya que donde está Él está todo el centro. Vayamos a las periferias, pero llevando a Cristo, para convertirlas en centro. ¡Qué profundidad tiene la celebración de la Eucaristía! Donde se celebra, allí está el centro; donde está el sagrario, allí está Cristo; donde van los cristianos llevando a Cristo, Él se convierte en centro. Tenemos que hacer posible que nuestras parroquias sean tan vivas, que lleguen a todas las periferias, para convertir éstas en centro, es decir, que esté Jesucristo y así sean fuerza contra toda marginación.

La parroquia tiene que vivir cada día con más fuerza esa expresión del Señor, “la paz con vosotros” (Jn 20, 19). Pues lo mismo que el Señor se presentó con este saludo después de la resurrección a todos sus discípulos que vivían en el miedo y en el temor, así la Iglesia realmente presente a través de la parroquia, debe hacerse presente en medio de los hombres y en estas circunstancias. ¡Qué importante es vivir la vocación y el compromiso misionero que tiene la Iglesia y que se debe manifestar en cada comunidad cristiana! La vocación y el compromiso misionero brotan de la Pascua. Recordemos el encuentro del Señor con los discípulos después de la resurrección cuando estaban atrincherados por “miedo a los judíos” (Jn 20, 19). El Señor después de haber abrazado la cruz por amor sin límites a todos los hombres –“nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13)– vuelve a los suyos en un encuentro extraordinario. En ese encuentro, los discípulos se sienten felices por tener nuevamente presente a Jesucristo, “se alegraron de ver al Señor” (Jn 20, 20). El encuentro con Jesucristo es un acontecimiento que da sentido a la existencia del hombre y la cambia, pues abre la vida a la auténtica libertad, da la plenitud, la riqueza y la esperanza, da la certeza de lo que es el ser humano y de lo que tiene que hacer.

La parroquia es el grupo de bautizados, fuertes en la fe en Cristo resucitado, que han sido invitados a abrir de par en par las puertas de la vida, sin miedos ni titubeos, para acoger la Palabra, que es Jesucristo y que es Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14, 6). De tal manera que el encuentro con el Señor nos hace vivir en la comunicación permanente con Dios y con los hermanos, y en la tarea de dar a conocer a Jesucristo con obras y palabras. Comunicación y Misión. La misión se convierte en la esencia misma de todo testimonio de fe concreto y vital. Para que podamos hacer la misión, el Señor nos ha dicho, “recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). La Iglesia, a través de comunidades concretas como son nuestras parroquias, se presenta a todos los hombres de nuestro tiempo que tienen hambre y sed de verdad ofreciendo el eterno mensaje del Evangelio, y nos hace protagonistas de la “nueva evangelización”, en diálogo franco y abierto con todos los hombres, llevando la alegría y las certezas que brotan del encuentro con Jesucristo. Atrevámonos a ser comunicadores de esperanza, comunicadores de fe, comunicadores de amor en medio de todos los acontecimientos que tiene la vida diaria.

Con gran afecto, os bendice

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