El dolor de la paz: una historia de la desmemoria

A 20 años de la firma de Los Acuerdos de Paz, en El Salvador hay gente que no sabe de la existencia de la guerra. El Presidente Mauricio Funes pide perdón, en nombre del Estado, por los crímenes de lesa humanidad en una sociedad donde se ha negado la memoria. Pero El Mozote recuerda.En dos cosas están de acuerdo hoy los firmantes de los Acuerdos de Paz. Primero, los Acuerdos de Paz no fueron acuerdos que instaurarían la Paz en El Salvador, sino negociaciones que cesaban el enfrentamiento armado. La otra, una más utópica, es en la necesidad de llevar a El Salvador en las vías del desarrollo utilizando lo que se ha construido. Pero nadie pensó en la desmemoria, en que El Salvador iba a olvidar la guerra nomás saliendo de ella. Los Acuerdos de Paz son, para muchos, el inicio de la Historia de El Salvador o, peor aún, un borrón y cuenta nueva. Ya no suenan las balas de la represión ni los llantos de la resistencia, sino la metralla del crimen y los alaridos del consumo. Pero, escondidas tras los papeles que se firmaron en Nueva York y Chapultepec, hay tantas historias. Historias como las que se cuentan en Morazán.

Sobre las aguas del río Torola volaban un sinfín de mariposas amarillas. Cientos de ellas cubrían el afluente como si fuesen parte de la corriente. Bajo ellas, el destello del sol engañaba a la vista, presentando miles de diamantes bajo el agua. Pero era reflejo, y nada más. Es más, Diego, un niño que me acompañaba, aseguró haber visto peces que bailaban alrededor de las rocas, bajo nuestros pies. No me fijé en ello, me fijaba en algo que no era, pero que fue. Hace unos 30 años, un comando guerrillero bombardeó el puente que conecta la zona norte del departamento de Morazán con la calle que lleva a San Miguel y al resto del país. Desconectó toda posibilidad de acceso al ejército y se hizo del control del territorio. Seguramente no habían mariposas juguetonas ni diamantes bajo el agua, sino un retumbar de los cerros y una estrepitosa explosión de bloques de cemento por acá y vítores por allá. Los comandos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional habían armado una gran jugada en el ajedrez militar de la guerra civil y en el desarrollo de la lucha por la instauración de un nuevo sistema político en el país. Más de tres décadas después, poco o nada se recordaría de esto. Así como poco o nada se recuerda de las atrocidades de la Guerra.

La zona oriental de El Salvador parece otro país. Las farmacias tienen otros nombres, la gente (por lo menos desde el punto de vista de un automovilista capitalino) maneja más lento, a 27 grados centígrados muchos ya buscan abrigo y eternamente se cubren de un sentido de patriotismo local dentro de la zona este de uno de los países más pequeños del mundo. Pero lo más impresionante es que hay zonas donde existe la memoria. Uno de estos lugares es Perquín, Morazán, en donde una vez una persona en el Museo de la Revolución me dijo “acá presento la verdad, mi verdad”. Su barba, como la de muchos otros, representaba la pertenencia a una revolución que no fue y sus anécdotas recordaban gestas que prometían, con esperanza, un mundo mejor para todos. Hay fotos de muertos, armas quebradas, vehículos blindados, bombas sin explotar, carteles internacionalistas, una radio que venció la censura y fotos de una exhumación en esas tierras. Y es que el Museo de la Revolución es una de las paradas obligadas en la ruta a un lugar especial.

La Ruta de la Paz, un recorrido a lo largo de los lugares donde más guerra hubo, lleva a la zona norte de Morazán. Calle Negra, en mayúscula y no por adjetivo, es la guía que se extiende a través de las zonas más sombrías en la memoria salvadoreña. Incluso, al acercarse al municipio de Meanguera, teme seguir y se convierte en calle de polvo y piedras. Hay una escuela, una infinidad de verdes pinos, zacate quemado por el frío y uno que otro habitante que sale de vez en cuando y se repite al llegar al Caserío El Mozote.

Recuerdo la primera vez que fui a El Mozote, guiado por una historia de la matanza más grande de América Latina en donde niños eran lanzados al aire y eran atrapados por bayonetas. Un lugar en donde una Biblia había significado subversión y comunismo y en donde la vida era interpretada como una necesidad de muerte. No podía creerlo, tenía 11 años y tanta maldad me sonaba a fantasía. Era el año 2000, y nadie llegó a nuestro arribo. Después de unos minutos, se acercaron un joven y dos niños curiosos. Parecía un pueblo fantasma, al igual que los lugares alrededor de El Mozote. Los muros agujereados por balas apestaban a orines y a ese olor que del abandono emana. Habían un par de casas y una iglesia. Un árbol en un arriate improvisado y una especie de plaza que se creaba más con la vista que con estructura. Era todo tierra y grava. Merodeando, tropecé con una piedra y me di cuenta de la bala. La tomé y le pregunté al otro niño. Se mostró más familiarizado con el material bélico y me dijo que hallaríamos más. Y, en efecto, las balas se encontraban como piedritas naturales. Era cierto.

 

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VLCRADIO | Seismasuno.com | Luis R. Pineda

 

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