El miedo a los hijos

FotoMarisa Marin

Por MARISA MARIN DE MONZONIS. Fundadora de los Centros Educativos IALE y ELIAN’S. 

Lo veía cada día, lo escuchaba a menudo, padres complacientes que se angustiaban, no sabiendo que hacer ante las exigencias del hijo adolescente. Estaban en la época de los derechos y pocas obligaciones. La convivencia se complicaba, había que decir SI, demasiadas veces si querían que hubiera serenidad en el ambiente.

Los padres preguntaban ¿que hacer cuando la vida familiar se complica? Los hechos que se daban los analizo cuidadosamente: Como estudiantes cumplían bastante bien. Al menos no cosechaban suspensos como muchos de sus amigos. Siempre que se les pedía colaboración estaban cansados o en ese momento tenían mucho que estudiar. Su alimentación era desorganizada. Escaso desayuno, picoteo a menudo, exceso de refrescos, no probaban el agua y tenían gustos caprichosos. Amigos poco recomendables en su mayoría. Muy libres. Vivían en sentido opuesto a los padres; el fin de semana, salían cuando ellos se acostaban y dormían gran parte del día. Consecuencia de ello, no había desayuno familiar, ni comida conjunta, porque a la hora de comer no tenían hambre (habían desayunado tarde, al levantarse). Su habitación era un desastre, ropa, libros, zapatos, mezclados sobre la cama o en el suelo.  En su lugar de estudio, cadena musical, receptor de televisión, cascos para escuchar música y pilares de discos compactos. Curiosamente la enciclopedia de la estantería perfecta, y el diccionario siempre en el mismo lugar.

La última incorporación el ordenador a la espera de internet. La respuesta, insolente; la amenaza y el desafío cuando no se les concedía lo que pedían. Desconocían el valor del tiempo. Lo desaprovechaban siempre, colgados al teléfono, señal de que tampoco conocían el valor del dinero. Vacaciones planeadas con mucha antelación, cuyo objetivo era no hacer nada. ¡Con lo agotadores que eran los estudios, faltaba más! La comunicación familiar inexistente, quizás por el exceso de charla permanente con los amigos. Y todo esto, ¿por qué?. ¿Dónde estaba el papel de los padres en la educación de los hijos? Estos eran los hechos, habría que encontrar soluciones. La primera solución es que los padres determinen sus objetivos y decidan educar o abandonar. Quien educa, tiene que cambiar todo lo negativo en positivo. Pensar y actuar.

Comprometerse a ser padres (los máximos responsables de la educación de los hijos. Descubrir los valores de los hijos y potenciarlos, felicitándoles por ellos. Todo adolescente tiene algo bueno que ofrecer, a veces oculto. Estar alertas para aceptarlo como importante. Sorprenderles con respuestas y concesiones que no esperan. Poner límites a las exigencias. Informarles de lo que es aceptable o no se puede conceder. Saber decir NO, si creemos que les perjudica lo que solicitan. En los momentos de crisis, mejor callar que discutir. Decirles siempre lo importantes que son para sus padres. Por ello, a veces se sufre con ellos. Estamos junto a ellos, no frente a ellos. Saber pactar, unas veces conceder y otras no aceptar.

Siempre que nos necesiten nos tendrán. No temer sus momentos tristes. De repente pueden ser muy alegres. Procuramos lo mejor para ellos, aunque consideren que fallamos. Somos seres humanos. Decirle muchas veces ¡te quiero! de forma diferente. Respetarles no significa concederles. Hay que dedicarles tiempo, hacer que se sientan importantes, observarles, conocerles. Preparese a diario con actitud positiva para sus reacciones imprevisibles.

Es una etapa larga de confusión y desorientación. Si los padres abandonan, su actitud es de indiferencia hacia lo que hagan bien o mal, son cómodos, se encuentran con hijos débiles, incapaces de solucionar sus dificultades, mal encauzados, dominados por unos y otros, angustiados y con sentimiento de abandono. Los padres eligen siempre la solución. Solo ellos marcan el camino.

 

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