El Señor es mi luz y mi salvación: la alegría del Evangelio

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Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.
Cuando se acerca la fiesta de la Presentación del Señor en el templo y, con ella, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, me dirijo a todos los que formamos parte de la Iglesia Diocesana para que alabemos y demos gracias a Dios por este don inmenso que ha regalado a la Iglesia y a la humanidad.

A todos los miembros de la Vida Consagrada, los llama la Iglesia este año con este lema: “La Alegría del Evangelio en la Vida Consagrada”. ¿Cómo vivimos esa “alegría” desde cada uno de nuestros carismas con los que el Señor, por la fuerza del Espíritu Santo, ha enriquecido a la Iglesia? Órdenes, Institutos religiosos, unos dedicados a la contemplación y otros a obras de apostolado, Sociedades de Vida Apostólica, Institutos Seculares, Orden de las Vírgenes, otras nuevas formas de Vida Consagrada, estáis llamados a vivir esa alegría que no tiene otro manantial, ni otra fuente donde abrevar la sed y poder regalar esa agua a quienes se acerquen a nosotros, más que Dios mismo. Consagración, comunión y misión tienen tal unidad, que no se puede vivir más que desde una profunda y sincera amistad con Jesucristo. Y esto se refleja después en la vida diaria, en las relaciones de todos los miembros y en el trabajo que cada uno tiene como carisma. ¡Qué misión más bella el poder eliminar, curar, secar, restaurar, las heridas que tenga cualquier ser humano, con el Amor mismo de Dios, con su ternura y con su misericordia!

Vivid la alegría del Evangelio siendo centinelas que habéis descubierto y anunciáis una vida nueva que ya se hace presente en la historia. Hacedlo con la fuerza que tienen las palabras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Como ellos, los Consagrados, de alguna manera, tenéis que interpretar en esta historia y según vuestro carisma lo más genuino y original de estos personajes que ya aparecen en el Nuevo Testamento. Ellos son muestra de lo que es la consagración. Ese rostro de Dios, que se revela en Jesucristo y que ellos pueden acoger, nos hace ver cuál ha sido la dedicación de su vida: ver al Salvador (y ya no importa más, ni vida, ni muerte), contemplar a quien es luz y gozo. Y, por otra parte, alabar a Dios y hablar con obras y palabras del Niño que trae la liberación verdadera. Simeón y Ana han sido dos consagrados hasta ver el rostro mismo de Dios y hablar y cantar su presencia en medio de los hombres. ¿No es precisamente eso lo que tiene que ser un consagrado? ¿Es que puede ser un Consagrado o Consagrada alguien que con su vida no muestre el rostro mismo de Jesucristo y lo haga visible en la historia? Acoger a Jesucristo en su vida y no importarle nada más que esto, alabar a Dios y hablar y anunciar lo que Él hace en la vida y la historia de los hombres, es nuestra gran tarea. Y esto es, precisamente, lo que da alegría.

La Vida Consagrada regala la alegría del Evangelio en todas las manifestaciones que tiene. Es como un gran regalo del Señor a la Iglesia y a la humanidad. A través de sus diversas manifestaciones es como una catequesis permanente de lo que llamamos “primer anuncio”, pues en todas sus manifestaciones carismáticas quiere acercar la persona de Jesucristo con rostros concretos y con obras, quiere provocar con todos aquellos con los que se encuentra la misma pregunta que el Señor hizo al ciego de Jericó y que en este curso os pedía a todos que meditaseis, “¿qué quieres que haga por ti?” Ahora entendéis por qué siempre me impresionan las figuras de Simeón y Ana. Tanto Simeón como Ana representan a todos aquellos que desean conocer la Verdad, experimentar quien da la Vida y saber qué camino es el que tenemos que tomar para vivir una realización plena, es decir, nada más ni nada menos que ver a Jesucristo, luz que alumbra a las naciones.

La Vida Consagrada es una parábola viva de “Dios con nosotros”, desde la entrega concreta a Dios y a los hermanos, siendo un signo evidente y elocuente de la presencia del reino de Dios en medio de los hombres. Por eso, el anciano Simeón y la profetisa Ana tienen un eco especial hoy para todos los consagrados. Simeón tiene la gracia no solamente de verlo sino de tomarlo en sus brazos. Él reconoce que ese Niño es el Salvador; que, en Él, la historia y la humanidad toman un giro nuevo, radicalmente distinto, y que ello se hará entregando su vida por nosotros, sufriendo y padeciendo mucho Él. Pero también anuncia que con Él llegará la salvación a todos los pueblos, será luz y gloria para todas las naciones. ¡Qué entusiasmo manifiesta Simeón! Un entusiasmo en que vivir y morir son lo mismo, porque la luz, la vida y la gloria para todos los hombres solamente la trae ese Niño que presentan María y José. Por otra parte, Ana nos enseña a interpretar el sentido profundo que tienen los acontecimientos y el mensaje de Dios que contienen. ¿Cómo nos lo enseña? Su dedicación fue “alabar a Dios y hablar del Niño a todos los que aguardaban la liberación” (cf. Lc 2, 38). Vuestro modo de mostrar el rostro del Señor, os pide siempre abandonaros en las manos de Dios y de la Iglesia.

Vivir la alegría del Evangelio es llevar a esta historia la respuesta a la necesidad más generalizada que tienen los hombres, como es encontrarse con Dios, muy especialmente los jóvenes. Por ello, os invito a tener un único anhelo: llevar y hacer presente el reino de Dios. Sois necesarios, el Señor os ha querido elegir para que viváis con este anhelo: hacer presente su reino. Él quiere reinar en las voluntades, corazones y en el mundo, porque los hombres y mujeres de este tiempo tienen una sed ardiente de amor, que solamente Nuestro Señor Jesucristo puede saciar. Habéis elegido la obediencia, la pobreza y la castidad por el reino de los cielos, con lo que mostráis que el apego y amor a las cosas y a las personas no sacian el corazón del ser humano. La Vida Consagrada es una respuesta a Dios total, absoluta, definitiva, incondicional y apasionada. Cuando se entrega todo y se renuncia a todo por seguir a Jesucristo, nos convertimos en un “signo” que, ciertamente, está en contraste con la lógica del mundo que suele funcionar, dejándose conquistar por las fuerzas y el poder de los hombres, a la inversa de quienes se dejan conquistar por Jesucristo sin reservarse absolutamente nada. Por todo ello:

1) Bienaventurados quienes escuchan la llamada de Dios y descubren que son elegidos por Él, llamados por Él y se dejan guiar por su llamada.
2) Bienaventurados quienes viven con la seguridad y la certeza de que es Dios quien capacita siempre para dar una respuesta a su llamada, con compromiso de totalidad.
3) Bienaventurados los que llegan a descubrir y vivir que esa llamada tiene un contenido y una exigencia, la de que toda su vida gire en torno a Jesucristo.
4) Bienaventurados los que saben experimentar como gracia que Cristo, muerto y resucitado, es quien nos introduce en la vivencia del Reino que Él ha inaugurado.
5) Bienaventurados los que descubren y viven una vida distinta de la que se construye y se realiza con la fuerza, el poder y con las manifestaciones del mundo.
6) Bienaventurados quienes comprenden, junto al Señor, que la Vida Consagrada nos introduce en una nueva comunidad de vida, que es la Iglesia, que tiene su manifestación en vidas concretas que expresan la relación entre Cristo y la Iglesia su esposa.
7) Bienaventurados quienes son llamados a regalar el amor eterno y darlo en la manera de mirar y obrar de Cristo.
8) Bienaventurados los que saben que lo suyo viene de Dios y ello supone una dedicación total y absoluta a la gloria de Dios y al servicio de la Iglesia y para todos.

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