En el comienzo de un Nuevo Año

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Por ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA. Cardenal-Arzobispo de Valencia.

Iniciamos la andadura de un nuevo año. En este comienzo, ¿con qué otra palabra mejor podría dirigirme a vosotros que con una palabra de felicitación? ¡”Feliz año nuevo”, pues, para todos vosotros! Desearía en estos días poder cruzar el umbral de todas las casas, especialmente en las que la enfermedad, el sufrimiento, la pobreza, el dolor o la soledad dejan sentir su peso, y llevar a todos una palabra de consuelo, de fortaleza y de esperanza.

La felicidad que os deseo es inseparable de la paz. Por eso también mis palabras en estos primeros días del año son: ¡”La paz sea con vosotros; la paz sea con todos, con esta tierra en la que ha nacido el que es y trae la Paz: Jesús”! No es posible un deseo más fundamental que éste. Que el Señor nos libre de todo odio, de toda violencia, de toda destrucción de vidas humanas, de todo mal que se oponga a la paz. Que Él nos conceda aquella paz que sólo El mismo nos puede dar.

Se trata de la plenitud de la paz, radicada en la reconciliación con Dios mismo y en el favor con que Él nos colma. La paz interior que comparten los hermanos mediante el amor y la comunicación fraterna. El “mundo” por sí solo no puede darnos esta paz. Por eso la pedimos para el mundo. Para el hombre en el mundo. Para todos los hombres, para todos los pueblos y naciones, para los pueblos que no la tienen: Siria, Irak…, y tantos otros donde la violencia y la intransigencia se muestran con una crueldad sin nombre. ¡Que este nuevo año sea año de paz, para que los hombres y los pueblos puedan vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios!

Comienzos de un nuevo año: necesidades y problemas, proyectos y empresas, anhelos e ilusiones, esperanzas y temores se agolpan ante nosotros. Espontáneamente, como hombres de fe, sentimos la necesidad de suplicar la ayuda y el favor de Dios sobre nosotros, sobre todos y cada uno de los hombres, sobre la sociedad y sobre la Iglesia, sobre nuestras familias y nuestros pueblos con sus dificultades, sus expectativas y sus inquietudes.

Necesitamos el auxilio y el favor de Dios ante los problemas de la paz en el mundo, tan rota y amenazada en tantos sitios. Necesitamos la ayuda divina ante la ingente tarea de evangelizar a los pobres que nos apremia. Necesitamos la fuerza y la sabiduría de lo alto para ayudar a que los hombres crean.

Confesamos que sin Dios nada podemos hacer, que todas nuestras empresas nos las realiza Él, que nada verdaderamente digno podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia, que todo bien es don suyo, que lo más preciado como es la vida, la salud y la dicha son dones de su amor. Pedimos que se haga su voluntad: es lo mejor que podemos pedir, porque su voluntad es la que vemos en Jesús y, siempre y en todo, esa voluntad es benevolencia, amor, salvación, misericordia, gracia y vida. Que Él realice entre nosotros y con nosotros su designio: designio de paz y no de aflicción, designio de amor y felicidad, designio de conversión y redención, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene o está en este mundo. Invocamos su santo Nombre y le rogamos que nos alcance y colme su copiosa e inagotable bendición.

Nuevo año: tiempo de oración. Todos debemos orar. Sin la oración nada podemos hacer, porque nada podemos llevar a cabo sin Dios. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con Él, escucharle, tratar con Él, familiarizarnos con su querer, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de su cercanía, gozar de su gracia, para hacer y acoger su voluntad que es con mucho lo mejor. No cesemos de orar. Es preciso, absolutamente necesario, como nos dice Jesús, “orar en todo tiempo y sin desfallecer”. Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de la recuperación de lo humano, que sólo en Dios encuentra su fundamento y su verdad. Con mi afecto y bendición para todos.

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