Era Paleolítica: primera carrera armamentista de la historia

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Noticias ONDA3 | Canal Investigación.- Bajo un nublado cielo invernal, la pendiente oriental del monte Arteni tiene la aburrida monotonía de un árido desierto. Con 2.050 metros de altura, su enjuta cima es empequeñecida por la cumbre de 4.090 metros coronada con nieve del vecino monte Aragats, el punto más alto de la República de Armenia.Las únicas señales de vida son accidentados mechones de pasto salvaje, inclinados horizontalmente por el frígido viento del alto Cáucaso. De repente las nubes se abren y Arteni explota en un deslumbrante mosaico de espejos iluminados por el sol.

Hasta donde la vista alcanza, cada metro cuadrado del piso está alfombrado con fragmentos de vidriosa obsidiana, muchos de ellos astillados y descamados para formar armas y herramientas filosas como navajas.

“Estamos viendo los restos de un gigantesco taller al aire libre”, dice el arqueólogo Boris Gasparyan, del Instituto Nacional de Arqueología y Etnología de Armenia. Incontables cuchillas, hachas de mano, espátulas, cinceles, puntas de flecha y lanza producidas en la “fábrica” del costado del monte circularon en una vasta red de intercambio que precede por mucho los ejemplos más antiguos registrados de comercio formal.

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Equipados con nueva tecnología que puede identificar con precisión el origen de las herramientas de obsidiana (hasta a una vena de lava particular de un volcán específico), los científicos han llegado a creer que Arteni fue un componente central en lo que representa una industria armamentista paleolítica de largo alcance.

Sus productos se han rastreado al norte del Cáucaso, en la actual Ucrania, y al oeste, del otro lado de Anatolia y hasta el Egeo, a casi 2.600 kilómetros.

Las estimaciones sobre la producción de Arteni son impactantes. Se piensa que la producción activa se remonta al Paleolítico inferior, cuando los primeros artesanos calificados de la región eran neandertales primitivos. Sus sucesores explotaron los mismos materiales hasta el 1.000 a.C.

Gasparyan y sus asociados armenios, junto con sus colaboradores estadounidenses, japoneses y europeos han cosechado miles de herramientas paleolíticas en Arteni y otros sitios locales. Apenas lo han tocado por encima, afirma: “Es imposible contar el número de implementos de obsidiana que hay aquí de distintos períodos, desde el paleolítico hasta las Edades de Hierro y Bronce. Asciende a millones”, explica.

Los académicos, desde hace mucho, han reconocido la importancia del Cáucaso en la saga de la historia humana. Pero las violentas convulsiones del siglo XX (dos guerras mundiales, la Revolución Rusa y el establecimiento de la Unión Soviética, que se anexó la región en la década de 1920) mantuvieron la investigación al mínimo. Con el colapso soviético de finales de la década de 1980, la arqueología se frenó por completo. Aunque Armenia obtuvo su independencia en 1991, pasó más de una década antes de que se entendiera la extraordinaria riqueza de sus recursos.

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Para el 2011, dice el antropólogo Ellery Frahm (derecha), de la Universidad de Minnesota, no era raro que equipos internacionales sacaran 500 artefactos de obsidiana en Armenia en un día, cifras que rápido dejaron atrás a los métodos tradicionales. Frahm encaró el problema refinando dos avances claves en la determinación del origen de la obsidiana.

El primero trabajaba con el principio de que los elementos de rastreo en una muestra pueden igualarse químicamente con el volcán donde se produjo. De hecho, porta una “huella” química. El procedimiento convencional de prueba era lento y costoso y dependía de laboratorios especializados alejados de los sitios arqueológicos, y requería que los artefactos fueran molidos a un polvo fino. De cara al volumen de artefactos de Armenia, dice Frahm, “era crucial llevar la búsqueda de origen del reino de las ‘batas blancas’ de laboratorio al de ‘botas lodosas’ del campo”.

Su solución fue el pXRF, un instrumento portátil de fluorescencia de rayos X (izquierda) que tiene el peso y dimensión de un taladro inalámbrico y que puede analizar la composición química de un artefacto en 10 segundos sin pulverizarlo. Aunque había estado siendo utilizado en laboratorio durante varios años, el equipo no se había empleado extensamente en el campo hasta 2011, cuando Frahm empezó a adaptarlo para los proyectos dirigidos por Gasparyan. Desde entonces, afirma, “hemos analizado más especímenes de obsidiana que todos los demás estudios previos en Armenia combinados”.

Continuó en 2014 con un procedimiento más innovador, desarrollado en el Instituto de Magnetismo de Roca, de Minnesota. Frahm y sus colegas se enfocaron en los diminutos granos negros de magnetita (un óxido de hierro con propiedades magnéticas) suspendidos en la obsidiana y que le dan su color ébano.

Las mediciones magnéticas, explica Frahm, “pueden revelar cómo es que estos granos difieren en tamaño, forma y composición de una parte a otra de un flujo de obsidiana”, afirma.

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Las métricas afinan drásticamente los datos de origen, generando una huella mucho más detallada e iluminando valiosamente los hábitos de trabajo de los fabricantes de herramientas.

¿Siempre explotaban una veta de obsidiana de su preferencia o se movían de un flujo de lava a otro por motivos que aún no están claros? Para decirlo en palabras simples, afirma Frahm, usando un término de la industria armamentista moderna, la meta era abrir una ventana a “las estrategias de adquisición neandertal en Armenia”.

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