Homilia integral de la Misa Crismal

Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia

Pronunciada por monseñor Carlos Osoro en la Catedral de Valencia.Querido hermano Enrique, Obispo Auxiliar.
Querido Vicario General y Vicarios Episcopales
Ilmo. Sr. Deán
Excmo. Cabildo Catedral.
Queridos hermanos sacerdotes.
Miembros de la Vida Consagrada.
Hermanos y hermanas en Nuestro Señor Jesucristo.

Queridos sacerdotes: Es mi tercer año que como Arzobispo de Valencia, estoy con vosotros celebrando la Misa Crismal y cada día experimento con más fuerza el deseo de haceros llegar a vuestra vida, de todo corazón, lo que nos ha dicho el libro del Apocalipsis. Experimentar y vivir –como pido para cada uno de vosotros todas las mañanas al comenzar el día ante Nuestro Señor Jesucristo, presente realmente en el Misterio de la Eucaristía- la “Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra”.

Quiero, pues, comenzar dando gracias a Dios por vosotros y vuestro ministerio. Porque, es cierto, – yo mismo lo experimento en vuestras vidas y en vuestros deseos y proyectos, en esa visita que me he propuesto realizar a todos los arciprestazgos para encontraros a vosotros y hablaros al corazón desde la profundidad que la Palabra de Dios nos da- , que deseáis con todas vuestras fuerzas y en las circunstancias de hoy, que se hagan verdad en nuestra vida las mismas palabras que el Señor dijo que en Él se hacían realidad: “Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor”. Esto es lo que queréis vivir. ¡Cómo no dar gracias a Dios por nuestro presbiterio! Naturalmente que tendremos torpezas, pero hay un deseo manifiesto en todo el presbiterio diocesano de querer que Jesucristo esté en el corazón de los hombres y llegue la noticia de Él a todos.

Hoy, la Misa Crismal nos exhorta una vez más a volver a dar un “sí” a la llamada de Dios que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal. “Adsum”, “Heme aquí”, dijimos, como respondió Isaías, cuando escuchó la voz de Dios que le preguntaba: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra?” (Is 6,8). Luego, el Señor mismo, mediante las manos del Obispo, nos impuso sus manos y nos consagramos a su misión. Sucesivamente hemos recorrido caminos diversos en el ámbito de su llamada, pero estoy seguro que hoy, en presencia del Señor, podemos afirmar lo que escribió San Pablo a los Corintios después de años de arduo servicio al Evangelio, marcados por sufrimientos y alegrías: “No disminuye nuestro celo en el ministerio que, por misericordia de Dios, nos ha sido encomendado”.

También nosotros decimos: no disminuye nuestro celo. Y hoy, juntos como presbiterio diocesano, venimos a pedir al Señor que este celo se mantenga siempre encendido, que se alimente continuamente con la llama viva del Evangelio. Queridos hermanos sacerdotes, permitidme que os diga dónde he visto con claridad la presencia en vuestra vida del celo en el ministerio. Fue este celo en el ministerio, lo que os ha movido a involucraros en lo que hemos iniciado en nuestra Archidiócesis de Valencia, lo que llamamos el Itinerario Diocesano de Renovación. Esta acción y este camino pertenecen a lo que los últimos papas y, por supuesto, el Papa Beato Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI llaman “nueva evangelización”. Volver a experimentar el nuevo ardor, el nuevo método y la nueva expresión, que nacen del encuentro con Jesucristo, de dejarnos hacer por la Palabra que escuchamos e interiorizamos y que se hace vida en nuestra vida y damos testimonio de la misma; de vivir en grupo pequeño en el que nos conocemos por nuestro nombre y experimentamos lo que es la Iglesia y nuestra pertenencia a la misma; de celebrar la fe a través de diversas acciones concretas en las que nos unimos a otros. Es cierto que nos queda mucho por hacer y es cierto que solamente hemos empezado, pero estoy seguro que el Señor bendecirá nuestra fidelidad, nuestra entrega y nuestro deseo de que todos los hombres conozcan a Jesucristo. Os agradezco, con toda la sinceridad de mi corazón, que os hayáis involucrado de una manera especial todos los sacerdotes en este proyecto de nueva evangelización que hemos iniciado hace dos años. El primero, con este lema: “Ojala escuchéis la voz del Señor”. Y en este segundo año: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Queridos hermanos sacerdotes, ¿sabéis que esperan de nosotros los hombres? En estos dos años, a través de los encuentros que voy teniendo con vosotros en los arciprestazgos, os lo he intentado decir. El primer año, celebrando la Eucaristía con todos vosotros en cada arciprestazgo, os decía: el sacerdocio ministerial nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía. Por eso volvemos al Cenáculo, tenemos que volver a él para descubrir nuestra existencia sacerdotal que ha de tener siempre “forma eucarística”. San Juan María Vianney hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana. Y decía: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría…Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia” (Carta para la convocación de un año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del dies Natalis del santo Cura de Ars, 16-6-2009). En la celebración eucarística es el mismo Cristo el que actúa en quienes Él ha escogido como ministros suyos; los sostiene para que su respuesta se desarrolle en una dimensión de confianza y de gratitud que despeje todos los temores, incluso cuando aparece más fuerte la experiencia de la propia flaqueza o se hace más duro el contexto de incomprensión o incluso de persecución. Toda su vida es una actuación de Jesucristo a través de él. El segundo año, éste, estamos contemplando, en el Misterio de la Eucaristía, al Buen Pastor, para descubrir dónde está el núcleo esencial para ser buen pastor, contemplando la identidad, la misión y la comunión con Él. En estos encuentros, que los enmarco también dentro del Itinerario Diocesano de Renovación y donde los textos están elegidos y programados para cada año del Itinerario, todo el presbiterio nos unimos en una misma meditación.

Hermanos, ¿qué esperan de nosotros los hombres? Sencillamente lo que ha querido Jesucristo: que entreguemos su presencia. Quieren y desean que seamos especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en el verdadero humanismo, el que nos ha regalado como gracia Nuestro Señor Jesucristo. Ante las tentaciones del relativismo o del permisivismo, lo que los hombres esperan del sacerdote es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la palabra revelada. La ordenación sacerdotal significa estar inmersos en la Verdad, una Verdad que no es sólo un concepto, sino que es la Persona misma de Cristo, Verdad hecha Persona en la Encarnación del Verbo. Nunca repetiré suficientemente que el sacerdocio es esencial para la Iglesia. Los sacerdotes son un don de Dios para la Iglesia. No pueden delegar las funciones que le son propias. La disminución del número de sacerdotes y la necesidad de la organización pastoral, no debe poner en peligro la autenticidad de la eclesiología que se expresa en ella y no debe tampoco restar importancia al papel central del sacerdote que, in persona Christi capitis, enseña, santifica y gobierna a la comunidad. Más aún, a todos nos debe de llevar a pedir con más insistencia vocaciones al ministerio sacerdotal. Precisamente, cuanto más descubramos la importancia del papel de los laicos, a quienes tenemos que agradecer su generosidad al servicio de las comunidades cristianas, con mucha más fuerza debemos unir la irremplazable presencia en medio de ellos del ministerio sacerdotal, si es que queremos auténticos y valientes testigos del Señor en medio del mundo. Esto nos lleva también a vivir la urgente recuperación de la convicción que debe impulsar a los sacerdotes, como nos decía el Papa Benedicto XVI hace muy poco tiempo, a estar presentes, identificables y reconocibles, también por el juicio de fe, como por las virtudes personales y por su manera de presentarse en medio de esta historia.

Hemos cantado juntos en el salmo responsorial así: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”. Precisamente, ésta es nuestra vocación: cantar eternamente las misericordias del Señor. En esto consiste la peculiaridad y la originalidad de la vocación sacerdotal. Esto lo descubrimos de una manera singular en el arraigo que tiene en la misión de Cristo mismo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor…Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir” (cf. Lc 4, 16-21). Precisamente, en lo íntimo de esta misión mesiánica de Cristo Sacerdote está arraigada también nuestra vocación y misión: vocación y misión de sacerdotes de la nueva y eterna Alianza. Es la vocación y misión de los mensajeros de la Buena Nueva; de los que tienen que curar heridas de los corazones humanos; de los que tienen que proclamar la liberación en medio de múltiples aflicciones, en medio del mal que de tantas maneras tiene esclavizado al hombre, de los que tienen que consolar. Aquí está nuestra vocación y misión de servidores, pues encierra en sí un gran y fundamental servicio respecto de cada hombre. Nadie puede prestar este servicio en lugar nuestro. Nadie puede sustituirnos. Debemos alcanzar con el sacramento de la nueva y eterna Alianza las raíces mismas de la existencia humana sobre la tierra: hay que introducir la dimensión de la Redención y de la Eucaristía, hay que reforzar la conciencia de la filiación divina mediante la gracia, tenemos que administrar la realidad sacramental de la reconciliación con Dios y de la sagrada Comunión en la que se sale al encuentro de la más profunda aspiración del insaciable corazón humano. Sí, queridos hermanos sacerdotes, debemos servir y ello significa llevar al hombre a los fundamentos mismos de su humanidad, al meollo más profundo de su dignidad.

Queridos hermanos sacerdotes, cuando este año en el Itinerario Diocesano de Renovación, estamos en nuestra Iglesia Diocesana fijando la mirada en la realidad de “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, os invito a entrar en las profundidades del ministerio sacerdotal fijando la mirada en el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. Abrid la mirada del alma para comprender mejor lo que quiere decir celebrar la Eucaristía, el Sacrificio de Cristo mismo, confiado a nuestros labios y a nuestras manos de sacerdotes en la comunidad de la Iglesia. Abrid la mirada del alma para comprender mejor lo que significa perdonar los pecados y reconciliar las conciencias humanas con Dios infinitamente santo, con el Dios de la verdad y del amor. Abrid la mirada del alma para comprender mejor lo que quiere decir actuar “in persona Christi”, en nombre de Cristo, es decir, actuar por su poder. Abrid la mirada del alma para comprender mejor lo que es el misterio de la Iglesia. Hermanos, ¡somos hombres de Iglesia! Por ello, tenemos que esforzarnos “en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 3). En una época de tensiones y divisiones, que están sacudiendo a la humanidad, el servicio más importante de la Iglesia nace de la unidad del Espíritu, a fin de que no sufra ella misma una división desde fuera, sino que además reconcilie y una a los hombres en medio de las contrariedades que se acumulan en torno a ellos hoy. ¡Seamos fieles a esta gracia! ¡Seamos heroicamente fieles a ella!

Este año estoy llevando a todos vosotros, queridos sacerdotes, esta palabra del Señor: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11-14). Es Él quien nos ha constituido pastores también a nosotros. Y es Él quien recorre todas las ciudades y pueblos a donde somos enviados para desarrollar nuestro servicio sacerdotal y pastoral. Es Él, Jesucristo, quien enseña, predica el evangelio del Reino y cura toda enfermedad del hombre, a donde somos enviados para el servicio del Evangelio y la administración de los sacramentos. Es Jesucristo quien siente compasión de las multitudes y de cada hombre cansado y agobiado.

Queridos hermanos sacerdotes, en esta celebración de la Misa Crismal, pidamos a Cristo dos cosas:

1ª) Señor, que cada uno de nosotros sepamos servir mejor, más límpida y eficazmente, a tu presencia de Pastor en medio de los hombres que tenemos junto a nosotros, de tal modo que nunca sintamos la tentación de la inutilidad, es decir, la de sentirnos no necesarios, pues somos más necesarios que nunca porque Cristo es más necesario. Esta tierra y esta historia necesita de la Verdad y Tú eres la Verdad.

2ª) Señor, que con nuestra vida y nuestras palabras invitemos a otros a ser sacerdotes. Danos, Señor, a nuestra Archidiócesis de Valencia nuevas vocaciones. Nosotros estamos dispuestos a escuchar de tu boca: “la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).

Hagamos estas peticiones pidiendo la intercesión de la Mare de Déu dels Desamparats, que sabemos siempre nos escucha y nos da su amparo de madre: Mare de Déu dels Desamparats, haznos sacerdotes según el corazón de tu Hijo Jesucristo e intercede ante tu Hijo para que suscite en los jóvenes vocaciones de pastores en esta tierra nuestra en la que tú siempre has mostrado tu presencia y tu ayuda. Amén

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