Hong Kong, la ciudad de las mil caras

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Las ciudades coloniales tienen la virtud de regalar a los sentidos dos mundos condenados a entenderse. La mezcla sin orden aparente de motivos de aquí y de allí desconcierta a propios y a extraños preguntándose a quién se pertenece. En Hong Kong se circula por la izquierda y se come con palillos.

La Guerra del Opio de 1840 entre chinos e ingleses terminó con el Tratado de Nankín de 1842. El archipiélago de Hong Kong se cedió a Inglaterra a perpetuidad, obteniendo así uno de los mejores puertos naturales del mundo. En 1898 la península de Kowloon y los Nuevos Territorios pasaron a manos de los ingleses en un arriendo por cien años. Hong Kong se convirtió en la ventana de China al exterior, de ahí que los chinos capitalistas de Guangzhou y Shanghai, huyendo de la Revolución Comunista de 1949, se refugiaran en “La Caja China”. En 1984 se firmó la declaración chino-británica, por la que Gran Bretaña procedería a la retrocesión de la soberanía de Hong Kong a China a las doce de la noche del 30 de junio de 1997. A partir de esa fecha bajo la fórmula ideada por Deng Xiaoping “un solo país, dos sistemas” Hong Kong está funcionando como una SAR (Región Administrativa Especial) hasta el año 2047. La región se divide en cuatro zonas: los Nuevos Territorios, la Península de Kowloon, las Islas Exteriores y la Isla de Hong Kong. Cada una de ellas están perfectamente comunicadas entre sí por una soberbia red de transportes públicos que va desde autobuses de dos pisos, minibuses, metro, taxis, tranvías y la joya de la corona, el servicio de Star Ferry.

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Nathan Road, la arteria principal de Kowloon, resume una de las mil caras de Hong Kong. Una calle atestada de gente que va y viene sin chocarse, aparatos de aire acondicionado y carteles de neón que iluminan la noche anunciando todo tipo de productos, comercios, hoteles y restaurantes, copan unas fachadas que apenas se adivinan y ruido. Mucho ruido. Podría decirse que es un lugar lleno de vida y color rumbo a la esquizofrenia colectiva. Caminando hacia el puerto, al oeste se encuentra Temple Street. Un laberinto de calles estrechas y callejones sin salida con vistas a las interesantes puertas traseras de los edificios, donde los negocios ilícitos encuentran su refugio. Después de comprar en el Mercado Nocturno uno puede degustar un plato de cangrejo cocinado de mil maneras diferentes en cualquiera de las marisquerías al aire libre que se suceden por las calles de esta zona tan made in Hong Kong.

Junto al Star Ferry Pier se encuentra el paseo marítimo, desde el cual se puede disfrutar del skyline de postal de la isla de Hong Kong. La locura, la histeria, las prisas, las luces, se olvidan ante unos edificios de cristal que se reflejan en las aguas del Mar de China Meridional para siempre en la memoria.

Cruzar a bordo de un ferry el Puerto Victoria de Kowloon a la Isla de Hong Kong es un placer que dura alrededor de siete minutos. Aguas surcadas por diferentes tipos de embarcaciones y ni rastro de sampanes. Desde el muelle de Central, distrito financiero y administrativo, se puede llegar a las sedes más importantes de los bancos y a los ciento catorce consulados que hay en la isla por medio de unas cómodas pasarelas que evitan un tráfico imposible y resguardan de una lluvia que parece no querer irse de viaje. Las sedes del Banco de China, del HKSBC (Hong Kong and Shanghai Banking Corporation), las Torres Lippo y el IFC (Internacional Financial Centre), son algunos de los rascacielos que recuerdan a Manhattan.

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El cosmopolitismo yuppie de Central tiene sus oasis particulares en los establecimientos de corte occidental que se encuentran en Lan Kwai Fong y en las empinadas calles adyacentes La Hillside Escalador Link, la escalera mecánica más larga del mundo ( 800 metros ) es la manera más cómoda y divertida de ascender desde Central Market a Hoollywood Road. Los domingos las pasarelas y los soportales de los elevados edificios de oficinas dan cobijo a miles de mujeres filipinas que trabajan como empleadas del hogar en las residencias de los ejecutivos que mueven el dinero desde Hong Kong. La isla se convierte en una little Manila que por inesperada resulta una visión de Central Distric muy particular. Un tren cremallera que supera desniveles desproporcionados te acerca al Pico Victoria, el mejor lugar para contemplar lo que se ha recorrido hasta ahora.

En Queen´s Road se puede tomar un tranvía. Son estrechos, de dos pisos, incómodos, pero un medio de transporte de lo más romántico para desplazarse por la Isla de Hong Kong. Destino: Causeway Bay. Aquí tienen lugar las concentraciones, las manifestaciones, el “rincón de las protestas” lo llaman los locales, es un hervidero de gente y de actividad. Las casas de apuestas no dan a basto los días de carreras en el hipódromo de Happy Valley. La herencia británica se palpa en unos usos y costumbres ajenos a la cultura china.

El minibús número 40, que por supuesto circula por la izquierda, hace la ruta Causeway Bay-Stanley, al sur. El trayecto ofrece la posibilidad de conocer el lado más relajado de la isla. Pueblo, antaño tranquilo, hoy ocupado por turistas, tiene un mercado al aire libre y un bonito paseo marítimo. Desde la estación de autobuses se puede coger el 6X, de dos pisos, que te lleva de regreso a los muelles de Central, pasando Repulse Bay, Deep Water Bay, Aberdeen y Kennedy Town.

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Desde el muelle número cinco zarpan los ferries con destino a la Isla de Cheung Chau. Un antiguo refugio de piratas con un puerto pesquero donde atracan infinidad de embarcaciones con aires nostálgicos. Junto a los destartalados amarres se puede cenar marisco fresco a buen precio.

Los ferries con destino a la Isla de Lantau zarpan desde el muelle número seis. Durante el trayecto se pueden contemplar los faraónicos puentes colgantes de Tsingma y Ting Kau que unen el aeropuerto de Chek Lap Kok con los Nuevos Territorios. Lantau es la isla más grande del archipiélago de Hong Kong, muy verde y montañosa. De entre la vegetación aparece el Gran Buda sentado, en las inmediaciones del monasterio de Po Lin.

Hong Kong son muchos lugares en uno. Unas veces su imagen recuerda la futurista ciudad de Los Ángeles de Blade Runner, otras veces al Manhattan que Woody Allen dibuja en sus películas y por último evoca al Chinatown neoyorkino.

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Al final un destino son recuerdos construidos por nuestros sentidos. Quizás olvide el nombre de aquel parque que tanto le gustó o el de la estatua que había en aquella plaza, lo que siempre recordará será el ruido de unos aparatos de aire acondicionado siempre funcionando para refrescar un ambiente húmedo y pegajoso. Noches iluminadas por neones que parecen no acabar nunca, cenas en restaurantes callejeros bajo sombrillas que le resguardan de una lluvia que cae sin avisar. Sólo para recordarle que está en Hong Kong.

ESMASACTUAL/Manuel J. Ibáñez Ferriol. Fotos: J.Furio

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