Iggy and the Stooges: Pedigrí sin adulterar

    La Iguana volvió a ofrecer en Valencia un espectáculo de rock de primera mano.

Es lógico pensar que el hecho de avistar la rabadilla de Iggy reclamando sus minutos
de gloria, ver a Mike Watt haciendo como que fornica con un ampli o contemplar a una
caterva de fans entregados al pogo colectivo sobre el escenario puedan considerarse
fases de un recurrente ritual de lo habitual (parafraseando, sin que sirva de
precedente, a Jane’s Addiction), el mismo al que Iggy Pop lleva tradicionalmente
entregado sobre los escenarios, y del que muy fresca memoria deben mantener no sólo
quienes le hayan visto en cualquiera de sus múltiples visitas a nuestro país, sino
también aquellos que, sin moverse de nuestra ciudad, guarden vivo el recuerdo de su
última visita a Valencia, a la sala Arena en 1994. Todos esos highlights forman
parte del show, pero no por repetidos dejan de carecer de sentido. Porque hasta el
más escéptico de los mortales será capaz de conceder que, cuando el cuerpo de James
Osterberg diga basta, con él se perderá para siempre una genuina forma de entender
la música popular: visceral, salvaje, sexual, peligrosa (ese adjetivo disociado del
rock hace ni se sabe), y vomitada desde el estómago. Y que con su abandono fenecerá
uno de los escasos motivos para asistir a un espectáculo de rock de primera mano, en
estos tiempos en los que apenas hay resquicio para todo lo que no sean platos
recalentados, reinterpretaciones de legados añejos, revisiones testadas en probeta
de combinaciones que sólo barajan alquimias con solera o guiños irónicos a un pasado
que no necesariamente ha de ser mejor, pero sí más creíble.

Las giras de Stooges, desde que Iggy Pop decidiera reactivarlos hace ocho años, no
escapan a ese socorrido y tan cansino esquema de recuperación, por estricto orden
cronológico, de argumentos de leyenda que vienen que ni pintados (de tan rentables)
cuando hace años que la producción reciente no da la talla (“Preliminaires” al
margen).

Pero lo que en otros casos es una apolillada defensa de méritos que quedan
académicamente reproducidos pero casi momificados por la falta de hervor, en su caso
es una tozuda y consecuente escenificación a piñón fijo de una liturgia que retiene,
de forma desafiante, todo su carácter volcánico. Porque queda claro que la
exposición de sus motivos se sigue conjugando en presente, pese a que los méritos
expuestos sean pretéritos. Y eso, con 64 años repletos de muescas y un chasis
fracturado por su eje, no deja de ser un meritorio desafío a cualquier ley no
escrita sobre la longevidad. Casi un milagro.

A mayor abundamiento, y dado que la muerte del guitarrista Ron Asheton hace un par
de años puso en bandeja la recuperación de las seis cuerdas de James Williamson, el
actual show de los de Michigan se reorienta hace un “Raw Power” que, en el caso del
concierto deViveros, sonó en su integridad, en detrimento de dos primeros álbumes
que, aún así, mantienen su cuota (“I Wanna Be Your Dog”, “1970″, “Funhouse”, “No
Fun”) y, sobre todo, en favor del repertorio circa 1973 (“Cock In My Pocket”, “I Got
A Right”, “Open Up and Bleed”) y de ese reivindicado (reeditado hace un año) eslabón
entre el ocaso de la banda de Detroit y el pistoletazo de salida de la carrera de la
Iguana en solitario, aquel semi olvidado “Kill City” (mano a mano entre Iggy y
Williamson), del que no sólo cayeron el stoniano tema titular o la serpenteante
“Beyond The Law”, sino también una sulfúrica “Johanna”, con la que arrancó el bis.

Pese a que se echó en falta volumen al servicio de la tarea de demolición inicial
(“Raw Power”, “Search & Destroy”, “Gimme Danger”), pese a no contar con su batería
original (un Scott Asheton enfermo, reemplazado con solvencia por Toby Dammit) y
pese a que un segundo bis hubiera satisfecho la demanda del público más insaciable
(y por qué no, razonable, dado un precio que doblaba de largo el de su visita de
hace 17 años), no hay motivo alguno para no pensar que las actuales prestaciones de
Iggy y lo que queda de sus Stooges sobre los escenarios sean las mejores que podemos
esperar a estas alturas. Y eso, como comprenderán, es mucho decir.

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