In Memorian: Maria Paz Martínez- Unciti, siempre presente

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Noticias ONDA3 | Redacción.- Nos llega a la redacción, el testimonio de una mujer, que fue asesinada, solo por sus ideales políticos. Como servidores de la libertad informativa, queremos dar a conocer el texto que nos han enviado, lleno de contenida emoción. Es este: 

Maria Paz era hija de D. Ricardo Martínez Unciti, militar que formo parte de los llamados “Últimos de Filipinas”, intervino también en la guerra de Marruecos. Muere a los 74 años, sin querer servir a la República, cuando enarbola la bandera tricolor. Maria Paz estudia entonces el bachillerato. En 1936 conoce a José Antonio y es él quien le introduce en la Falange. Maria Paz vende sellos de la Falange, jabón, y visita a los presos que ya empiezan a llenar las cárceles. Junto con sus camaradas de Auxilio Azul, y siendo ella la precursora siendo casi una niña, se dedican en alma y cuerpo a paliar, con medios materiales y espirituales, todo el dolor y necesidades de los perseguidos, encarcelados y soldados en el frente. Reparten víveres, cosen, lavan sus ropas, organizan misas clandestinas, bautizos… María Paz, junto con su hermana Carina pide dinero, buscan escondites, colaboran en las fugas, van a las prisiones, jugándose la vida una y otra vez. Como ellas, las mujeres de Auxilio Azul, se juegan la vida en la retaguardia.

En el asalto al Cuartel de la Montaña, Carina y María Paz desde el balcón de su casa en la calle Santa Isabel, presencian la barbarie y el ensañamiento de los milicianos con los vivos y hasta con los muertos. Desvalijándolos, pisoteándolos, arrastrando sus cadáveres por la calle… Cuando un muchacho enarbola en su mano, como un trofeo, el brazo de un teniente coronel, señalando las estrellas de su bocamanga, María Paz no puede contenerse y grita: ¡Cobardes! ¡Asesinos! ¡Arriba España! ¡Arriba siempre España! Alzando el brazo con el saludo ibérico.

El 1 de noviembre, María Paz acompaña a un camarada falangista a la Embajada de Finlandia para ocultarle. Son días en que las cunetas y caminos de España, especialmente los de Madrid, comienzan a poblarse de personas asesinadas con el tiro en la nuca. Las Embajadas se convierten en refugio seguro sólo para algunos afortunados. Los dos fingen ser novios, pero no cuela. Son apresados y María Paz es conducida a la checa de Fomento. En ella se encuentra también una monja escolapia, la madre Cándida, profesora suya que será la que más tarde revele a su familia el martirio y los últimos momentos de Maria Paz.

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Es interrogada, -la Dirección General de Seguridad tenía una ficha de ella que decía:- Maria Paz Martinez-Unciti, propagandista de la Falange-, y es encarcelada por intentar salvar a un “fascista” introduciéndole en la Embajada. Un procedimiento sumarísimo se inició contra ella. Fue condenada a muerte sin inmutarse. El tribunal rojo le propuso perdonarle la vida si daba el nombre de siete camaradas. María Paz sonrió despreciándoles. Su vida que era tanto para la Falange no era nada para ella. ¡Por salvarla vender a siete camaradas…! Y tuvo una respuesta llena del estilo joseantoniano, que asombró a sus verdugos. “En la Falange no morimos. Pasamos de la guardia de la tierra a la guardia en los luceros. Allí están los mejores y con ellos trabajaré por nuestra España”. En la celda pide a la madre Cándida que la ayude a rezar el “Señor mío Jesucristo”.

El asombro de los verdugos no impidió que cometieran el crimen. En la noche del 1 de noviembre de 1936, fusilaron a Maria Paz en los alrededores de Vallecas. No sabemos como murió, pero sabiendo como había vivido y con la serenidad que afrentó los riesgos y el proceso, podemos asegurar que frente a los fusiles de los milicianos, de su boca infantil saldría rápido y alegre nuestro eterno grito de ¡Arriba España!

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