Jesucristo en el centro para entregar esperanza

Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia

Entra en la profundidad de la vida real y descubre otro modo de vivir
En nuestra sociedad, tremendamente fragmentada, abundan viajeros que perdieron el norte. Entre ellos hay soñadores que no saben aceptar las limitaciones de la condición humana; los hay náufragos del absoluto, su barca se hunde bajo el azote de vientos cuyo origen a menudo les es desconocido. Hay también algunos que se han unido a la corriente de esa civilización que sin alma provoca desilusión, desesperanza y vacío. Y todos, queriendo coger el primer salvavidas que se les presente. Pero hay otros hombres y mujeres para los cuales lo más importante es estructurar su vida desde la comunión con Jesucristo: “A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio… Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (cf. Hch 2, 22-36). Nuestra vida debe tener un eje estructurador misionero, que nos haga sentir pasión para que en este mundo nuestro se haga visible Jesucristo y la Iglesia fundada por Él dé testimonio creíble de que Jesús es el Señor. En la Archidiócesis de Valencia guardamos una historia de raíces profundas en la que muchos han dado la vida por Jesucristo. Pensad que, junto a todos los cristianos del mundo, estáis también vosotros, discípulos de Jesucristo y miembros de la Iglesia que camina en Valencia, que habéis querido abrir las ventanas de vuestra existencia de par en par, que sabéis lo que supone pertenecer a la comunidad cristiana y querer vivir el Evangelio como fuego que arde en el corazón y transforma nuestra vida y todas las relaciones. ¡Cierto! ¡Es una auténtica vida nueva! ¡Qué maravilla está siendo el Itinerario Diocesano de Renovación! Todos los que lo venimos haciendo, hemos tomado más conciencia de lo que Jesucristo nos pide en estos momentos de la historia. Es más, ha sido providencial comenzar el Itinerario antes de haberse manifestado con todas sus fuerzas la crisis que estamos viviendo, que no solamente es económica, como nos dice el papa Benedicto XVI.

Tomar conciencia de nuestra pertenencia eclesial y de la esperanza que tenemos que dar a esta historia

Es un don especial de Dios que a todos los cristianos se nos presente la necesidad de vivir desde la esencia íntima de la Iglesia. Y hay que tomar conciencia de ello. Existe una tentación hoy, quedarnos sólo en que el mundo no entiende a la Iglesia y que la juzga únicamente por apariencias externas y aun por las faltas de sus miembros. Aun siendo esto verdad, podemos debilitar nuestra mística misionera si es que nos quedamos sólo en esto. Es necesario que cada uno de los cristianos, y todos en conjunto, tomemos conciencia de nuestra esencia y dignidad. Pero nadie puede realizar su cometido si no tiene conciencia clara de lo que es y debe ser y toma la decisión firme de aceptar con toda su alma su propia esencia.

Tenemos que volver nuestra vida a Jesucristo y es la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica, quien nos lo da a conocer. La Iglesia despierta y sabe que “la fuente de la esperanza para el mundo entero es Cristo, y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor” (EE 18). La Iglesia se presenta con el mismo anuncio de siempre. Es su gran tesoro: “Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos” (cf. Hch 4, 12). ¡Oh, Santa Iglesia!, era el grito jubiloso de la Iglesia antigua. Junto al nombre de Cristo, no había otra palabra que fuera tan querida como ésta con que la Iglesia se expresaba a sí misma en su unión con Cristo. Naturalmente que esta exclamación no podía ser tan clara y tan sentida, si no fuera porque la Iglesia se contemplaba a sí misma en su esencia más íntima, en su alianza de amor con Cristo.

¿Cómo te incorporaste a la Iglesia y quién eres de verdad?

¿Cómo te incorporaste tú a la Iglesia? ¿Cómo has llegado a formar parte de la misma? Por el Bautismo. Por este sacramento hemos sido liberados del pecado y hemos sido regenerados como hijos de Dios. Así, de este modo, hemos llegado a ser miembros de Cristo, hemos sido incorporados a la Iglesia y a su misión. El Evangelio de la esperanza, entregado a la Iglesia y que es asimilado por ella, tiene en nosotros una responsabilidad permanente, nos pide el Señor que se anuncie y testimonie. “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de la muerte y Resurrección gloriosa” (EN 14). Tomando conciencia de nuestra vida, de lo que somos, de lo que Cristo hizo en nosotros a través de la Iglesia entregándonos su propia vida, recobremos en esta Pascua el entusiasmo del anuncio. Siente cómo el Señor se dirige a ti, como lo hizo con San Pablo, y oye lo que te dice Él: “Pasa por Macedonia y ayúdanos” (Hch 16, 9). Es hermosa esa consideración que, desde la Palabra de Dios, podemos realizar: por el Bautismo hemos recibido a Cristo, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), el bautizado, “tras haber sido iluminado” (cf. Hb 10, 32), se convierte en “hijo de la luz” (cf. 1 Tes 5, 5), y en “luz” él mismo (Ef 5, 8). Esto somos nosotros y así tenemos que vivir.

La Iglesia entrega la esperanza que salvará al mundo

En un mundo como el nuestro que, teniendo necesidad de Dios, sin embargo tiene ciertas sospechas sobre Él y sobre la Iglesia, ¿imagináis qué fuerza tendría decir a los hombres aquí y ahora, con seguridad, con fundamentos, con evidencias de testigos, que el Evangelio no está contra ellos, sino que está a su favor? Pensad lo que sucedería si cada uno de nosotros asumiésemos la responsabilidad que nace de nuestro Bautismo y de ser miembros vivos de la Iglesia, de salir por los lugares donde hacemos nuestro vivir diario y a cada persona que nos encontráramos la dijésemos así, ¿a qué tienes miedo? Te lo aseguro, el Evangelio no está contra ti, está a tu favor. Y si, al mismo tiempo pudierais mostrar que la esperanza que proponemos tiene para nosotros un nombre propio, Jesucristo. Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva cultura. De lo que se trata es de proponer esa novedad radical que el Beato Juan Pablo II, nos ha descrito en estos términos: “un rostro para contemplar”, “caminar desde Cristo”, “testigos del amor”. Podríamos describir la novedad diciendo que Dios no necesita defensores, sino testigos. “¿Qué hemos de hacer hermanos?… No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe… Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste… La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad… Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración” (cf. NMI 29-32).

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