A la luna de Valencia

javier-furioPOR JAVIER FURIO. Redactor Jefe de ONDA3.COM

Dicen los antiguos del cap i casal -esos entrañables iaios que, a poco encanto que despliegues, te abren en canal su versión de la historia en una conversación sobre silla de esparto a la puerta de su casa- que cuando nuestra ciudad lucía una magnífica muralla que ríase usted de la que rodea Ávila, las actuales alameditas de Serranos rebosaban de paisanos que no habían llegado a tiempo de entrar antes de que las puertas de las Torres se cerraran hasta el día siguiente. A aquello le llamaban “dormir a la luna de Valencia”, ya que la impuntualidad se castigaba, en esos casos, con dormir al aire libre o, si lo prefieren, al raso.

Para entender en toda su extensión la expresión, hay que situarse en el contexto histórico: aquellas zonas ‘extra muros’ se utilizaban entonces como improvisados prados en los que se podían contemplar incluso reses de ganado pastando por ambas orillas del Turia -que sí, que sí… que entonces pasaba un buen caudal de agua por lo que hoy llamamos ‘Jardín del Turia’-. Aquellas vacas, toros, ovejas, cabras… esperaban allí sus últimos días / horas / minutos antes de ser vendidos en el mercado de la ciudad.

También dormían por allí los que habían sido expulsados de la ciudad por cometer alguna tropelía -hurtos menores, atrevimientos con alguna dama o, simplemente, por caer mal al alguacil de turno-. El caso es que allí se quedaba lo que los ciudadanos de la gran urbe -entendiendo la expresión con todo sentido: sepamos que hablamos de tiempos en los que Valencia ejercía de Babilonia occidental, crisol de culturas, cofre de disciplinas artísticas y, claro está, envidia de madrileños y barceloneses, pese a quien pese.

Las que más conocemos y de las que perviven algunos fragmentos son las musulmanas, que abrazaban lo que hoy se circunscribe a Ciutat Vella y algo del barrio del Carmen, algo así como el trayecto que hoy nos llevaría desde las mismas torres de Serranos, pasando por Pintor López, Gobernador Viejo, Comedias, Universidad Vieja, Minyana -aquí, en la actual calle de las Barcas había un embarcadero para los que llegaban de río arriba-, para girar hacia Moratín, Mariano Benlliure, Manyans, Bosseria hasta el vértice que se producía en la plaça del Tossal -con torreón incluido del que aún hoy se conserva parte- y después por la actual calle Baja, en la que se acumulaban hasta cuatro torreones casi consecutivos, volvía a asomarse al cauce para tomar ya Blanquerías y enlazar de nuevo con las Torres de Serranos.

Pues bien, este núcleo urbano, que ahora nos da una versión muy reducida de la ciudad, ya era una ampliación que había superado las antiguas murallas de la villa romana de Valentia, que se circunscribía prácticamente a lo que hoy es la plaza de la Almoina, plaza de la Virgen y plaza de la Reina, y pare usted de contar. Según asegura Díez Arnal, gran estudioso de todo lo que rodea a la Historia de Valencia, vendría a ser lo que se halla dentro del siguiente recorrido: Conde de Trenor, Serranos, Juristas, Corregeria, plaza de la Reina, Avellanas, San Luis Beltrán y Pintor López.

Tanto en uno como en otro caso, quedarse fuera de las murallas significaba quedar a merced de los foragidos, alimañas y demás peligros. De hecho, el abrigo y protección que los soldados, alguaciles o policías de la ciudad ofrecían ‘intra muros’, era un bien que, a menudo, se pagaba, especialmente si el sujeto a proteger escondía entre sus ropas monedas, joyas o bienes preciados.

Como ocurre hoy en día, gozar del derecho a la tranquilidad, a la seguridad, a la vida en resumen, se pagaba y muy caro, además. Solo que hoy, los protectores llevan otro tipo de lanzas y espadas… y los bandoleros, también.

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