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Los rohingyas: el pueblo musulmán que el mundo olvidó

Por Felipe Giner Gran & Manuel J. Ibáñez Ferriol. Grupo ONDA3.

Aunque han vivido en Birmania por varias generaciones, el gobierno de ese país afirma que son nuevos inmigrantes y por lo tanto se les niega la ciudadanía. Cerca de un millón de personas forman la minoría étnica, lingüística y religiosa de los rohingya, un pueblo musulmán discriminado y perseguido durante décadas.

Se piensa que la brutal represión en su contra ha creado una diáspora de por lo menos otro millón en varias partes del mundo.

En el país que los rohingya consideran su hogar, Birmania, también conocido como Myanmar, se les prohíbe casarse o viajar sin permiso de las autoridades y no tienen derecho a poseer tierra ni propiedades.

En la más reciente muestra de discriminación, las autoridades regionales anunciaron recientemente que comenzarán a poner en práctica una norma que prohibe a los rohingya tener más de dos hijos.

Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la crisis del pueblo rohingya es una de las más largas del mundo y también una de las más olvidadas.

Por ello, en diciembre del año pasado la ONU aprobó una resolución en la que urgía a Birmania a dar acceso a la ciudadanía a los rohingya, la mayoría de los cuales están clasificados como apátridas.

Los rohingya forman cerca de 5% de los 60 millones de habitantes de Birmania. Pero el origen de este pueblo sigue siendo extensamente debatido.

Ellos afirman que son indígenas del estado de Rakhine, conocido previamente como Arakan, en el oeste del país, pero otros señalan que son migrantes musulmanes que se originaron en Bangladesh y emigraron a Birmania durante la ocupación británica.

Desde 1948, cuando se independizó el país, han sido víctimas de tortura, negligencia y represión.

Pero ahora, con los drásticos cambios políticos y sociales que vive Birmania, los ánimos de las varias comunidades que habitan el país están caldeados y ha vuelto a emerger una ola de violencia y discriminación contra los rohingya.

En los últimos años, después de haber sido gobernado por una junta militar por más de medio siglo, Birmania vive una transición hacia la democracia y mejoras sociales que muchos han elogiado.

Pero la situación no parece haber mejorado para los rohingyas.

En 2012, dos olas de violencia, en junio y octubre, orquestadas por grupos extremistas de la mayoría budista en Rakhine provocó unos 140 muertos, cientos de casas y edificaciones musulmanas destruidas y unos 100.000 desplazados.

También se acusó a las autoridades y policía local de no hacer lo suficiente para defenderlos.

Tal como explica el corresponsal de la BBC en el sureste asiático, Jonathan Head, “Rakhine es el segundo estado más pobre de Birmania, y éste es un país que está en la lista de los países menos desarrollados en el mundo”.

“La pobreza, la negligencia y la represión han jugado un papel enorme en el enardecimiento de la violencia comunitaria”, aseguran fuentes consultadas.

“Y también las amargas memorias históricas y los temores que sienten las comunidades rivales de lo que podrían perder o ganar en el nuevo e incierto ambiente político de Birmania”, agrega.

Como señala Jonathan Head, tras los eventos en Rakhine, las dos comunidades que durante décadas ya habían vivido separadas, quedaron totalmente segregadas.

“Los musulmanes están confinados a zonas de seguridad cada vez más reducidas” dice el encargado de prensa de la ONGD consultada.

“Poblados que ya habían quedado destruidos en la violencia de junio, fueron arrasados totalmente durante el nuevo brote de octubre. Y miles de rohingyas fueron desplazados a campamentos internos donde no reciben ayuda del gobierno y viven en condiciones de extrema pobreza”.

“Ambos lados están ahora completamente segregados”, agrega.

Los rohingya han sido acusados también de incitar la violencia. Se dijo que los eventos del año pasado se dispararon tras la violación y asesinato de una joven budista en Rakhine.

Pero la sangrienta campaña de violencia organizada contra los musulmanes rohingya tiene raíces más profundas y su objetivo final, como señala el corresponsal de la ONGD con el que nos hemos puesto en contacto, es que estos pobladores salgan de Birmania.

“Los budistas de Rakhine repiten rumores de boca en boca o en sitios de internet sobre atrocidades terribles cometidas por musulmanes y ocasionalmente presentan fotografías borrosas de cuerpos mutilidos” explica Jonathan Head.

“Pero ellos (los budistas de Rakhine) tienen una larga historia de abandono del gobierno central y se les ha hecho creer que la población musulmana está creciendo de forma descontrolada y que esto amenaza con abrumarlos”.

“Tienen miedo de las ideas extremistas islámicas, especialmente entre los jóvenes varones rohingya que han vivido en Arabia Saudita”, explica el corresponsal de la ONGD, con la que hemos contactado desde la redaccion de ONDA3.

Es por eso que las autoridades de Rakhine están utilizando una forma de “apartheid” y han expresado abiertamente que la única otra alternativa es la deportación masiva de rohingyas.

Tanto Naciones Unidas como organismos defensores de derechos humanos están pidiendo a las autoridades birmanas que revisen su Ley de Ciudadanía de 1982 para asegurar que los rohingyas no sigan siendo apátridas.

Esa es la única forma, dicen, de combatir las raíces de la larga discriminación contra la población rohingya.

Muchos budistas birmanos ni siquiera reconocen el término rohingya. Los llaman “musulmanes bengalíes”. Una referencia a la visión oficial de que son inmigrantes de Bangladesh.

Tal como informa Jonathan Head, unos 800.000 rohingyas no tienen ciudadanía en Birmania. Y esto ha alentado a los budistas a creen que su compaña de segregación y expulsión forzada está justificada.

Pero la segregación, indica el corresponsal, no sólo es social.

“Las largas décadas de aislamiento e injusticia crónica impuestas por la junta militar birmana han creado un prejuicio y resentimiento en el estado de Rakhine. Y esto ha fermentado un clima ponzoñoso de desconfianza y desinformación”.

“Es claro -agrega- que además de la separación física de musulmanes y budistas también hay una extrema segregación mental”.

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