DESDE EL ATICO: Luces en las noches del estío mediterráneo

CIELO DE NOCHE JUNTO AL MAR

Por Manuel J. Ibáñez Ferriol. Director de Contenidos Informativos Grupo ONDA3 y ONDA3TV.

“El mar también elige puertos donde reír como los marineros. El mar de los que son. El mar también elige puertos donde morir. Como los marineros. El mar de los que fueron”. Con esta frase del gran poeta Miguel Hernández, quiero comenzar éste ATICO MEDITERRANEO, donde las luces brillan sobre las almas de los que se pierden en la noche de los tiempos. 

El Mar Mediterráneo, es el mar de las culturas. Por él, surcan sus aguas pueblos diversos, culturas diferentes, pensamientos distintos, razas de todo tipo. Por sus aguas, comunican lenguas, músicas, estilos pictóricos, dónde poder pasar momentos alegres y tristes, pero siempre llenos de evocaciones, sencillas, pero siempre compartidas. Somos seres acuáticos, llenos de la frescura de las noches marineras, de las salinas, de los pasos perdidos, los surcos del alma. El mar comunica, crea, fomenta los momentos eufóricos o melancólicos. Sus aguas espumosas y limpias, nos regalan la sal, producto para condimentar y conservar, no solo los alimentos sino también los pensamientos, que se trasladan de un lugar a otro.

El mar, es presente, porque la vida renace a cada segundo. No hay nada más relajante, que tumbarse en una hamaca y escuchar los sonidos que transmite la mar. En el silencio de la noche, nos provoca sensaciones diversas. Surgen las luces de las estrellas fugaces, que en verano son tan frecuentes. Y es como mostrando la grandeza de la Creación, lo infinito, lo que nunca termina, a pesar de los empeños humanos, cada molécula, es el mejor de los ejemplos para sentirnos como un punto en la inmensidad del universo planetario. La fugacidad estelar, es como la vida misma. Ahí tenemos el mejor de los ejemplos de nuestro paso por el mundo físico-terrenal: somos limitados, y nos ponen freno a las divisiones, a los momentos de discordia, como presentándonos una realidad: la grandeza de Dios, frente a nuestra finitud. Pero somos tan atrevidos, que nos gusta ser como la fugacidad de las estrellas, que brillan con su propia luz, y que nos siguen lanzando el mensaje más hermoso: ser humildes y sencillos, encender la llama de vuestro corazón y ser ardientes con vuestros semejantes.

El mar, sirve la más de las veces, como lugar de reposo definitivo. Es el camposanto más grande que tenemos. Nos envuelve con su bruma, con esa niebla misteriosa que produce el sol cuando hace nacer el día, con el impulso del Creador. Crea sus puertos donde reposar los humanos. Transmite la vida, nos da alimentos, y si tenemos sed, dejamos que la sal evapore y obtenemos el preciado liquido elemento. Los marineros lo saben bien. El agua, filtrada convenientemente, sirve para paliar momentaneamente, la sed de todos y cada uno de nosotros. Con el agua, se hacen ricos guisos, en los que los ingredientes, son los que nos ofrece nuestro mar particular.

El estío, la más enigmática de las estaciones, nos convida a dejar nuestra mente perdida en los sueños. Relajación, tranquilidad, silencio y sobre todo, el rumor de las olas rompiendo en la orilla de la playa. ¿Que nos está narrando, ese mar que llega hasta la playa? No son los rumores habituales que viven en las cadenas televisivas, llenos de escándalos y cohabitaciones -como si nos importara con quien marita o se acuesta éste o aquel personaje-, nos está transmitiendo, que hay seres que mueren en su huida, buscando un lugar mejor, donde poder desarrollarse en plenitud. Mujeres, niños, ancianos y hombres, que buscan tan solo un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Y el mar, los acoge y protege, y los sepulta en la eternidad de los sueños terrenales, porque quizás el mundo que tanto ansían, no es lo que de verdad esperan ni merecen. De ahí, que la mar los engulla, para llevarlos al encuentro de una vida que no termina, en la que no se sufre, en la que nuestra “alma” vive por y para siempre.

El mar de los que fueron, los que son y los que serán. Es la madre, que los acoge, y los protege, dándoles lo mejor que posee: la vida. Necesitamos dejarnos llenar por el mar y sus luces, en éstas noches del estío mediterráneo.

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