Merkel se juega su legado en Europa

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Nunca se fue, pero el proceso electoral alemán había apartado a la canciller, Angela Merkel, de la primera línea de fuego de la Unión Europea.

Una vez superado el proceso político, e investida de todos los poderes al frente de una gran coalición de conservadores y socialdemócratas, el club comunitario ya espera el dictado de la «dama de hierro de Berlín». Con un presidente como François Hollande, ya desdibujado por su caída en picado de popularidad interna y por la machacona crítica de la Comisión Europea sobre sus «insuficientes» reformas económicas, Francia no se presenta como la contraparte necesaria para equilibrar el eje francoalemán sobre el que pivota la UE.

De cara a la galería, Merkel ya se ha esforzado en dar apariencia de normalidad con Hollande, y al igual que el francés cuando tomó posesión del cargo viajó a Berlín, ella voló a París nada más jurar su cargo. Allí, en la ciudad de la luz, ambos mostraron la imagen de un equipo determinado a dar una «nueva esperanza a Europa» y a poner a la eurozona «a prueba de crisis».

Sin embargo, las palabras traslucían ya las primeras discrepancias, pues Alemania defiende una reforma del Tratado de la UE para profundizar la integración política, mientras Francia no quiere ni oír hablar de ello tras el fiasco del referéndum de 2005. «Los que quieran más Europa tienen que estar preparados para revisar las competencias. Vivimos una situación en la que todo el mundo dice: ”Tenemos que hacer de todo para evolucionar, pero lo único que no podemos cambiar son los tratados”. No creo que podamos desarrollar a Europa así», dijo Merkel.

Las buenas formas del equilibrio entre París y Berlín –que no tendrán más remedio que entenderse todavía tres años más– se perdieron también en los hechos demostrados, con el cierre de una unión bancaria por parte de los ministros de Economía que se enmarca punto por punto en los límites trazados por Berlín. No obstante, en la última cumbre de jefes de estado y de gobierno del año en Bruselas, Merkel se topó con una oposición unánime a su idea de introducir «contratos» con el objetivo de convertir las recomendaciones europeas en órdenes vinculantes para los estados miembros en dificultades.

En esta ocasión la canciller no contó con el respaldo de sus aliados del norte, Países Bajos y Finlandia, reacios a firmar concesiones de soberanía temporales ante el temor de que se conviertan en definitivas. «Milímetro a milímetro, vamos haciendo progresos. Pero estoy de acuerdo, es milímetro a milímetro», comentó la canciller durante la cena del pasado 19 de diciembre.

La coalición del «no», por primera vez integró a los donantes con los socios en apuros, pero destapó cierto resquebrajamiento en la dirección alemana. Merkel mantiene su apuesta por su receta de austeridad que se concentra en dos ingredientes: reducción del déficit y reformas estructurales.

Según los analistas, el compromiso alcanzado por Merkel con su socio del SPD de crear un salario mínimo de 8,5 euros/hora, de reformar las pensiones para permitir que tras 45 años de trabajo los alemanes se puedan jubilar o la entrega de la nacionalidad a los hijos de emigrantes nacidos en el país, no son más que concesiones nacionales. En el terreno europeo, los socialdemócratas habrían renunciado a varias de sus promesas de campaña que sonaban a cantos de sirena, tales como la mutualización de la deuda de la eurozona y un plan de ayuda económica para los países en dificultades. En lo que sí podrá influir el SPD será en los 14.000 millones de euros de inversiones prometidos en Alemania, los cuales, junto con la subida de salarios, podrían incentivar el consumo interno, tal y como Bruselas reclama a Berlín, para ayudar a la reactivación económica de la eurozona.

Por otra parte, los que creen ver en el nuevo Gobierno alemán incluso más rigor recuerdan la reelección de Wolfgang Schauble (71 años) al cargo de las finanzas germanas, así como la sustitución de su representante en el consejo del Banco Central Europeo, Jörg Asmussen, por Sabine Lautenschläger, muy cercana a otro de los duros entre los duros, Jens Weidmann, presidente del Deutsche Bundesbank. Según «The Economist», el presidente del ente emisor, Mario Draghi, ha perdido en la operación a un aliado importante en su esfuerzo por mantener el apoyo popular y político alemán sobre su política de «haremos todo lo necesario para salvar el euro» que mantiene en calma los mercados desde finales de julio de 2012.

En todo caso, la idea que corre en Europa de que lo peor de la crisis ha pasado va en contra de la doctrina de Merkel. El apetito por ahondar en las reformas dolorosas se ha reducido por motivos distintos entre los estados del sur. En algunos casos como Grecia por la falta de resultados, en otros, como Italia, por la maltrecha supervivencia pero al fin y al cabo supervivencia de sus economías. La canciller, consciente de que se juega su legado en Europa, deberá adaptarse a este contexto. La salida definitiva de la crisis del euro será el principal medidor de la fuerza de su liderazgo y la acreditación para entrar en los libros de historia como los grandes.

ES+ACTUAL|Agencias

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