Muestra con tu vida la belleza de Dios y del hombre

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POR MONS. CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.
Me ha impactado tanto el Evangelio del domingo pasado, que no puedo dejar de compartir con todos vosotros la interpelación que en mí provocó y el deseo de comunicaros lo que creo que es esencial para este momento de la historia que estamos viviendo.

Hay que evangelizar, hay que salir, nuestras comunidades cristianas tienen que mirar hacia fuera y ser verdaderas exposiciones de arte, en las que cada cristiano muestre la belleza de Dios. ¿Cómo? Viviendo en una apertura absoluta a Dios y a los hombres. Es más, quien se abre a Dios, se abre a todas la realidades creadas por Dios y, muy especialmente, a los hombres, porque Él nos ha mostrado que nuestro título esencial y la belleza más grande la alcanzamos cuando nos abrimos a Él, tal y como nos ha enseñado Jesucristo. Es entonces cuando vivimos siendo conscientes de que somos hijos de Dios y, por ello, hermanos de todos los hombres.

Por eso, os decía que me había impactado el Evangelio del domingo pasado. ¡Es terrible vivir la vida cerrado en uno mismo! ¡Es tremendo vivir la vida solamente con nuestros horizontes! El juez injusto del Evangelio (Lc 18, 1-8) estaba encerrado en sí mismo: ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Algo tenemos que hacer en el mundo en el que vivimos para que la obra de arte más grande que es el hombre vuelva a estar en el centro de la historia. No pongamos en el centro nuestros egoísmos, nuestros negocios, nuestras ideas. Recuperemos lo que, desde el inicio de la creación, ha sido centro, que es el ser humano. La viuda del Evangelio vivía de un modo distinto al juez injusto, vivía en apertura total a quien es la justicia misma que es Dios; y lo hacía en su pobreza, desamparo y situación límite. Confiaba en la verdadera justicia que es Dios mismo, era perseverante y tenaz en pedir justicia, sabía que Dios nunca abandona a quien quiere mostrar la obra de arte que en nosotros, los hombres, hizo. La nueva evangelización nos está pidiendo que mostremos esa obra de arte que es el hombre como imagen de Dios. Lo pide a gritos el momento histórico en el que vive la humanidad. Hay que brillar y dar luz, y nos lo dijo el Señor: “alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Hay que irradiar la belleza misma de Dios de la que Él nos hizo portadores a este mundo, pues hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y Jesucristo Nuestro Señor, cuando rompimos esa imagen por el pecado, la recuperó para nosotros definitivamente.

Fijaos en los santos. Ellos son quienes más abiertos han vivido a Dios. En Jesucristo encontraron al que da la vida verdadera, a quien muestra el camino auténtico para realizarse, a quien nos expresa la verdad de nosotros y nos descubre la belleza del ser humano cuando vive en comunión con Dios. Los santos dejaron entrar a Dios en sus vidas con todas las consecuencias y, por eso, mostraban con su vida la belleza de Dios. Contemplar a los santos nos anima a todos a dejar, como ellos, en este mundo y en medio de la historia de los hombres, su estela de bien, de belleza, de bondad, de fuerza creadora, de dinamismo que atrae a quienes los conocen y viven junto a ellos.

Estaréis de acuerdo conmigo cuando afirmo que la belleza y la verdad se tocan, pues siempre van unidas. Es necesario que estén juntas. Y la obra de arte en la que mejor se expresa esa unidad es en el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Si fuésemos capaces de no encapsularnos en nosotros mismos, sino de estar abiertos plenamente a Dios y a los hombres, comprobaríamos las consecuencias que tiene vivir siendo esta obra de arte diseñada por Dios mismo. ¿Cómo estar abiertos a Dios? Permaneciendo en diálogo permanente con Él. El Evangelio del domingo nos decía: “orar siempre sin desanimarse… Había un juez en una ciudad… en la misma había una viuda”. El juez ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Sin embargo, la viuda confiaba en la justicia a la que tenía derecho y pedía al juez injusto, sabiendo que Dios se la daría, pues vivía abierta a Él e identificaba la justicia que deseaba recibir con Dios mismo.

Mostremos la belleza de la vida cristiana. ¡Qué bonito es ser cristiano! No dejemos que se meta en esta historia una idea nefasta y mentirosa, que quiere reducir el ser cristiano a un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios. Ser cristiano es ser lo que nos dice San Pablo “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Conocemos a Dios, se ha encarnado, se hizo visible, se hizo hombre. ¡Dios ha entrado en la historia! Ser cristianos es ser hombres y mujeres sostenidos por un gran Amor y por una revelación que no es carga sino alas. La clave para mostrar con nuestras vidas a Dios es ser testigos del Amor (cf. NMI 43). No se trata de explicar, hay que mostrar: “ven y lo verás”. El encuentro con el Señor arrastra por sí mismo, tiene fuerza propia, brilla por sí mismo. Por eso, nuestro reto es vivir con coherencia. Decir en nuestro tiempo que la belleza y la verdad se tocan tiene una fuerza especial. Cuando discutimos sobre la racionalidad de la fe, discutimos precisamente del hecho de que la razón no acaba donde acaban los descubrimientos experimentales, no acaba en el positivismo. Por ello, luchamos para que se amplíe la razón y por tanto, para que la razón esté abierta a la Belleza en la que se muestra la verdad más plenamente.

¿No os dais cuenta que los hombres de nuestro tiempo, de maneras diferentes, unas veces explícitamente y otras con interrogantes e incluso negaciones, nos están diciendo lo mismo que aquellos griegos a Felipe, el de Betsaida: “queremos ver a Jesús?” No tengamos la tentación de cerrar los labios, de retornar al silencio, de aturdirnos entre las cosas bajo pretextos diferentes. El silencio siempre es muerte. Dios siempre habla. Es más, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Escuchemos a Dios. Dialoguemos con Dios. La gran carencia y la gran urgencia de los hombres hoy es la oración que, en definitiva, es la apertura total de sus vidas, salir de sí. Los cristianos no podemos hacer silencio sobre Dios, ni tampoco dejar de hablar de Dios. Hacer esto es suicidar a la humanidad. Sin embargo, hablar de Dios con obras y palabras es entregar salidas verdaderas a todas las situaciones de los hombres. La verdadera historia interior del cristianismo es la larga melodía de los hombres orantes que han repetido con Jesús: “Padre”. Y así, en esta repetición, realizada desde Él, hemos percibido la fraternidad que nos es dada y obligada por aquella filiación. En ella, hemos descubierto que la gran urgencia de la humanidad es amar a los hermanos, es decir, a todos los hombres, con el mismo amor que Jesús nos ha enseñado. La melodía de fondo que necesita siempre la historia es el Padrenuestro. En cada momento, se necesitan intérpretes de esta melodía, hombres y mujeres que sean capaces de decir al Señor, “aquí estoy”, “aquí me tienes”, “me pongo en tus manos”, “quiero ser instrumento que afine cada vez más y mejor la melodía que está inscrita en mí vida”.

“Orar siempre sin desanimarse” (cf. Lc 18, 1-8). Ponerse delante de Dios, estar libre y gratuitamente en presencia de Dios, acogerlo, consintiendo a su amor para ser en Él, desde Él y para Él, entrando en todos los ámbitos de la realidad, sin huir de todas las tareas históricas, transparentando la misericordia y la compasión de Dios revelada en Cristo, es nuestra tarea en la “nueva evangelización”.

Con gran afecto,recibid mi bendición.

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