Nadie sabrá nunca porqué lo ha hecho

sunglass

Por Carlos González de Lughel. Periodista. Redactor Jefe de ONDA3.COM

Volvió a casa con el alma descompuesta, destrozado, sin consuelo posible. Acababa de ver estallar en pedazos el cuerpo de una persona adulta, probablemente un hombre por el vello que se adivinaba en uno de los brazos, aquél que quedó en el arcén derecho, junto a su coche.

La imagen estaba grabada a fuego en su memoria como un martillo que golpeaba sin cesar su ánimo: pedazos de una persona saltando por los aires tras ser aplastado por un camión de alto tonelaje.
Y lo peor de todo es que él, que marchaba con su modesto utilitario a cierta distancia del camión, pudo alcanzar a ver perfectamente cómo lo que parecía un cuerpo se precipitaba desde la pasarela que cruza de lado a lado la autovía A7 para caer bajo las ruedas del monstruo mecánico.
¿Qué había conseguido provocar que aquel hombre se atreviera a tirarse desde el puente para acabar con su vida? Probablemente nunca sabrá por qué lo hizo…, quizá nadie sepa nunca qué movió a aquel hombre anónimo a quitarse la vida de aquella forma tan truculenta, tan violenta, tan dramática.
El camionero salió de su cabina con las manos en la cabeza, tambaleándose y repitiendo sin cesar “Dios mío, Dios mío”. No alcanzaba a articular otras palabras, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas y el corazón martilleando con fuerza su caja torácica.
Pudo detener su coche a unos cincuenta metros del camión, justo antes de impactar con lo que parecía el tórax y la cabeza del suicida. Pero le faltaban las piernas y la cintura, así como un brazo, el derecho concretamente.
Alguien tenía que llamar a la Guardia Civil, a una ambulancia, a alguien que pusiera orden en aquella escena dantesca…, alguien, quizás, que rescatara al camionero y a él mismo de aquella situación desgarradora, asesina. Levantó el móvil que estaba en su mano derecha e intentó explicar al agente de guardia lo que sucedía. Tampoco necesitó demasiadas explicaciones tras decir que se había tirado una persona desde un puente bajo las ruedas de un camión y que los trozos estaban desperdigados por toda la autovía. Pero el camionero le preocupaba. Iba dando vueltas, buscando algo o a alguien que le ayudara a comprender aquello. Fue hacia él y le hizo sentarse, y el camionero obedeció, con la mirada ida, el shock adueñándose por completo de su voluntad.
Porque el suicida ya no…, ¡Espera! La parte superior del cuerpo movía el brazo que todavía le quedaba como en un temblequeo por efecto reflejo, y la cabeza se movía de izquierda a derecha como buscando algo.
No pudo ver más. Se sentó sobre el firme de la calzada y se tapó oídos y ojos encerrándose en un ovillo, como los fetos en el vientre de su madre. Ya no podía, ya no quería hacer más salvo desaparecer de allí. Que llegaran los agentes, los sanitarios, quienes fueran, y se hicieran cargo de aquello.
Cinco de la mañana. Vaya infierno de noche. En su enésimo intento por realizar alguna actividad que acabara rindiéndole al sueño, se levantó y en la penumbra se tropezó con el periódico del día. Leer. Eso aseda los nervios, o eso dicen. Encendió el pie halógeno y se sentó en el sofá del salón, abriendo el periódico por inercia, por cualquier página. Sección de Economía. Un titular le apuntó a la vista casi con sorna: “Casi dos mil millones de euros de diversos personajes españoles aparecen en la Lista Falciani”. Otro: “El Gobierno confirma que la recuperación económica es un hecho”. Otro: “Monedero reconoce tener unos 200.000 euros en sus cuentas en España”.
Lloró, puede que por vergüenza ajena, puede que por el contraste, puede que simplemente porque no había podido hacerlo desde el accidente. Pero poco a poco, secó sus lágrimas y se durmió. Nunca sabría por qué lo hizo.
(Inspirado en un hecho ocurrido hoy en la carretera, cerca de la población de Alzira. Un hecho que no ha sido publicado en los teletipos ni en los telediarios, informativos, etc. No interesa contar cuántos suicidios hay a lo largo del día. Por ellos.)

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