Peregrinación a la Fuente de la Misericordia

Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.

La Cuaresma es un tiempo especial para realizar una peregrinación interior.A esta peregrinación nos acompaña el mismo Jesucristo. Y lo hace a través del desierto de nuestra pobreza, hasta llegar a la alegría inmensa de la Pascua. A lo largo de este tiempo cuaresmal podemos ir meditando toda la gracia y misericordia que vamos recibiendo, al mismo tiempo que nos vamos abriendo y preparando para sentir con fuerza estos dones y esta experiencia inmensa del amor de Dios. ¡Qué bueno es poder descubrir en la Cuaresma el proceso de aproximación que hacemos a Cristo, donde Él nos transforma y donde llegamos a conocerlo con mucha más intimidad y fuerza!

Las radicalizaciones que has de vivir en esta peregrinación

En este proceso cuaresmal se han de dar, por nuestra parte, una serie de opciones o radicalizaciones que hemos de personalizar. Te propongo las que creo que hoy son más importantes:

1. La radicalización en el encuentro con Jesucristo: Dedica más tiempo a la oración. Mira a Jesús, aprende de Él. Fundamentalmente, se trata de dejar atrás, por la persona del Señor, todo cuanto antes estimaba y quería, y con lo que creía que estaba mi realización personal. Él es mi tesoro, mi fuerza, mi poder, mi esperanza, mi meta, mi presente y mi futuro.

2. La radicalización misionera: Dedica más tiempo a ser testigo vivo del amor del Señor, entregándote más al servicio de los demás. Es hacer pública manifestación de lo que el Señor hace en tu vida en medio de todos los hombres, sin avergonzarte de Jesucristo o, lo que es lo mismo, hacer la opción misionera que todo discípulo de Cristo lleva marcada en su ser más profundo. Se trata de convertirnos en misioneros. Ve a los hermanos y cuéntales lo que Cristo hace en tu vida, cómo la cambia, cómo la transforma, cómo te la hace decir y vivir de otra manera. Serás para los demás casa encendida, testigo valiente, con capacidad para dar hospitalidad a todo el que te encuentres y ponerte al servicio de todos aquellos que te encuentres en la vida.

3. La radicalización martirial: Sitúate en medio del mundo, sin esconder tu realidad de cristiano y de miembro vivo de la Iglesia. Pide al Señor tener un corazón nuevo. No se trata de querer ser mártir, se trata de querer ser testigo valiente del Señor con todas las consecuencias, hasta el fin, sin abandonar para nada al Señor por muchas situaciones que se den en mi vida y que me inviten a retirarme de su lado. En definitiva, se trata de vivir la Eucaristía, haciéndonos el mismo pan con Cristo y uniendo nuestra sangre a la de Cristo por amor.

4. La radicalización misericordiosa: Entrega reconciliación siempre. En todos los lugares donde te mueves expresa, con tu modo de actuar, que perdonas siempre y que, como el Señor, tienes entrañas de misericordia. ¡Qué opción más valiente y más acertada para un cristiano, vivir y morir perdonando y pidiendo perdón!

Alcanzar la mirada de Jesús para cambiar este mundo

Hay que construir nuestra civilización sobre bases sólidas. Por ello, os invito a realizar esta peregrinación en la que la misericordia está ya desde su mismo inicio. El beato Juan Pablo II decía con mucha fuerza que hay un “límite impuesto al mal por el bien divino” y ese es la misericordia (Cf. Memoria e identidad, 29ss.). En este sentido adquieren una fuerza especial las palabras del Evangelio: “Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas” (Mt 9, 36). Esa mirada conmovida de Jesús se detiene hoy sobre todos los hombres y ante todos los pueblos de la tierra, en las diversas circunstancias en las que viven, pues todos están llamados a la salvación.

Con su mirada abraza a todos los hombres y los pone en manos del Padre ofreciéndose Él a sí mismo. La Iglesia es consciente de que solamente con esta mirada, cuando se asemeja a la de Jesucristo, se produce un desarrollo integral de la persona. Por eso, la mirada de Cristo es un desafío ante tantas situaciones de pobreza, de falta de trabajo, de indiferencia, de encerramiento en el propio egoísmo. Alcanzar esa mirada de Cristo es una oportunidad y una gracia en esta Cuaresma. Para alcanzar esta mirada y así proyectar la misericordia del Señor para todos los hombres, se nos proponen tres acciones esenciales: la oración, el ayuno y la limosna.

Los santos nos dan muestras de qué alcanzaron con sus vidas cuando tuvieron esta mirada de Cristo y realizaron en sus vidas esas acciones. Tenemos que decir, con todas nuestras fuerzas, que ningún proyecto económico, social o político, puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien se expresa con esta lógica vive la fe como amistad con Dios, prescinde de cosas que los demás necesitan y se preocupa por las necesidades de los demás. Ciertamente, cambia este mundo. Y es que experimenta que sólo dando a Dios, da mucho. La Madre Teresa de Calcuta decía: “La primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo”. Hay que ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo.

Si nos falta esta perspectiva, no podemos construir una civilización con bases sólidas. La Iglesia tiene que salir a este mundo con la misma compasión que Jesús y hacer posible que todos los hombres oigan que el verdadero desarrollo se alcanza cuando el hombre tiene la mirada de Cristo, que es la que produce el verdadero desarrollo basado en el respeto a la dignidad de todo hombre.

El cristianismo no es una sabiduría humana

La Cuaresma es un tiempo de gracia. Nos hace eliminar esa tentación por la que algunas veces pasamos todos los hombres que, ante graves problemas, pensamos que primero hay que mejorar la tierra y después pensar en el cielo. El beato Juan Pablo II lo expresa muy bien cuando nos dice: “La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia de vivir bien.

En un mundo fuertemente secularizado se ha dado una gradual secularización de la salvación, debido a lo cual se lucha, ciertamente, a favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral” (Redemptoris missio, 11).

Por esto mismo, teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma quiere conducirnos a esta salvación integral. ¡Qué maravilla el vivir dirigiéndonos al Señor! ¡Qué experiencia más novedosa se da cuando nos convertimos a Él! ¡Qué hondura se alcanza en la existencia cuando, fruto de vivir el sacramento de la Reconciliación, experimentamos la misericordia del Señor y su mirada sobre nosotros, que llega a lo más íntimo y profundo de nuestra alma y reanima nuestra existencia para vivir de un modo nuevo! Volvamos la confianza a Jesucristo.

 

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