“Que todos sean uno”: abrámonos al amor fraterno

Don-Carlos-Osoro
Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.
Damos gracias a Dios por permitirnos expresar a través de la oración la alegría de sentirnos hermanos y de renovar el compromiso por hacer visible el gran deseo y petición de Nuestro Señor Jesucristo: “que todos sean uno” (Jn 17, 21). Con motivo de la Semana de la Oración por la Unidad de los Cristianos, quiero acercarme a todos vosotros para deciros que entremos en un diálogo sincero y abierto con el Señor. La Iglesia tiene que meditar siempre aquella expresión paulina, “¿es que Cristo está dividido?” (cf. 1 Co 1, 1-17).

Os recuerdo algunas cuestiones que son especialmente importantes para cualquier diálogo, también para éste que deseamos tener con nuestro Señor para que nos dé luz y audacia. En un diálogo son necesarias las ideas, pero también saber compartir los dones. Para que exista y se dé un diálogo auténtico, ambas cosas son necesarias. Por experiencia propia sabéis muy bien que un diálogo no se realiza solamente avanzando mediante un cambio de ideas. Solamente con esto no se logra el diálogo. Hay algo más e, incluso, os diría que más necesario, como es el saber compartir dones que nos enriquecen mutuamente. En los diálogos que tenemos los hombres muy a menudo nos enquistamos únicamente en ideas, que imposibilitan ver toda la verdad del otro. Como aquí se trata de entrar en diálogo con el Señor, tengamos la valentía de presentarnos ante Él con lo que somos, pero dejemos que sea Él quien envuelva nuestra vida y nos dé su verdad y su amor. Seguro que ello hará posible que sea Él quien logre lo que por nuestras solas fuerzas no podemos.

Entrar en ese diálogo que es la oración de todos los cristianos con Nuestro Señor Jesucristo, es necesario para llegar a la unidad entre nosotros. Crecer en vida teologal es urgente, pues en la vida cristiana la fe, esperanza y caridad van juntas. Estoy seguro que el testimonio urgente de la unidad en medio del mundo sería más auténtico y eficaz si comprendiésemos que nos está pidiendo una fe más viva, una esperanza más firme y una caridad que sea el alimento de nuestras relaciones. Todo esto se logra en la paciencia y en la humildad. En la oración “proclamamos la grandeza del Señor” como lo hizo María y ponemos nuestra vida en un diálogo sincero y firme con Nuestro Señor Jesucristo. Dejemos que entre tan dentro de nuestro corazón que sean sus ideas, sus dones y su gracia lo que fragüe en nuestra vida, una recreación de lo que realmente somos, sintiendo y percibiendo que tenemos necesidad de verificar realmente lo que nos pidió el Señor con tanta insistencia: que mantuviésemos la unidad. Bien sabéis todos cuán necesarias son para el diálogo ideas orientadas al logro de la verdad, dones que expresan el amor que nos tiene Dios, gracia que Él nos da y capacidades que nos otorga.

Lo mejor que nos puede suceder a los cristianos en esta Semana de Oración por la Unidad es que el Señor nos logre convencer de que lo más importante en nuestras vidas es que vivamos según el Evangelio. A este respecto, quiero recordar a quien desde años muy jóvenes conocí y pude conversar con él, el hermano Roger Schutz. Él nos dio un testimonio grande de lo que es trabajar por la unidad desde el diálogo con el Señor, haciendo verdad un ecumenismo interiorizado y espiritualizado. El camino hacia la comunión plena de todos los cristianos, tan querida por Jesús para todos los discípulos, implica una docilidad total a lo que el Espíritu dice a las iglesias, pues supone valentía, dulzura, firmeza y esperanza con una oración sincera que pide al Buen Pastor el don de la unidad para su Iglesia.

Nunca olvidemos la idea esencial que, desde el mismo inicio de la Iglesia, constituyó el fundamento más fuerte de la unidad, como nos recordaba el Papa emérito Benedicto XVI: “El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es, ante todo, una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor… En la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida digna” (Deus caritas est, 20). Precisamente, en estos momentos de la historia y de la vida de los hombres, en los que, por una parte, hay un desconocimiento de Cristo y, por otra, hay un intento de relegar al Señor al ámbito de la vida privada, es más necesario hacer presente a Jesucristo y ello con credibilidad. Esto supone presentarnos unidos los cristianos, ya que sin esta unidad ¿será creíble el anuncio de Cristo como único Salvador del mundo y de nuestra paz? La unidad y la misión van unidas. La unidad es una dimensión esencial de la misión; basta que recordemos aquellas palabras del Beato Juan Pablo II: La división entre los discípulos de Jesús, no sólo “contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, sino que además es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura” (Unitatis redintegratio, 1).

La unidad la da Jesucristo. Por eso oramos y se la pedimos a Él, ponemos la vida en sus manos. La insistencia en pedir la unidad es muy importante, pues el objetivo ecuménico sigue siendo la unidad visible de la Iglesia. Recordemos cómo el Concilio Vaticano II consideró como una de las principales finalidades tenía que ser el restablecimiento de la unidad de los cristianos (cf. Unitatis redintegratio, 1). Todos hemos de trabajar con máximo empeño por el restablecimiento de la unidad plena, que sea visible esa unidad de los discípulos de Cristo. Hay un arma para recibir este don del Señor, que es la oración, y una estrategia, que es la de promover el ecumenismo del amor que tiene su fuente en el mandamiento nuevo que nos dejó a los discípulos el Señor. Un amor que tiene sus manifestaciones en gestos con coherencia, en la creación de ámbitos de confianza: nos abren el corazón y los ojos. Y es que el diálogo de la caridad, engendra el diálogo de la verdad.

¡Qué alegría produce ver a cristianos reunidos en la escucha de la Palabra de Dios! Es importante tener experiencia viva de que la Iglesia no se hace a sí misma y no vive para sí misma. Ella se hace y vive de la Palabra creadora que sale de la boca de Dios. Por eso, ¡qué importancia tiene escuchar juntos la Palabra de Dios y practicar la lectio divina! ¡Qué cambios se producen en el corazón humano cuando nos dejamos sorprender por la novedad que origina en nuestro corazón la Palabra de Dios! Cada vez que escuchamos y nos dejamos hacer por ella, rejuvenece nuestro ser y se eliminan prejuicios. El Apóstol san Pablo dedicó la vida a llevar la buena nueva a todos los pueblos y se comprometió con todas las fuerzas por la unidad y para que los discípulos de Cristo viviésemos en concordia y verdad. Sus palabras tienen una fuerza especial en esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4, 1-3).

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