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Querido Niño Jesús

Por Arturo Climent Bonafé. Canónigo de la Catedral de Valencia.

Aquí estoy arrodillado ante la Gruta de Belén, ante la Estrella que señala el lugar de tu nacimiento, ante ti, Señor y Salvador. ¡Qué decirte que tu no sepas! Es Navidad del año 2017. No hace mucho celebrábamos el 2000 aniversario de tu Nacimiento, fue un Año Jubilar. Hicimos muchos propósitos, todos ellos preciosos, llenos de amor, de confianza, de ternura. Han pasado 17 años.

Querido Niño Jesús: como los Pastores de Belén voy corriendo a ver lo que el Señor me ha manifestado e intento acercarme de puntillas, sin hacer ruido, para contemplarte en el Pesebre, envuelto en pañales. Sí, Jesús, estás en un pesebre de animales, no había sitio para vosotros en la posada ni en ninguna casa del pueblo. Las puertas se os cerraron, ¡todas! Pero tu apóstol Juan, el más joven de los Doce, en su prólogo nos dice: “y a los que lo recibieron les da el honor de ser hijos de Dios. Les concede gracia tras gracia.”

En este día de Navidad te abro mis puertas de par en par; aquí tienes sitio, entra y quédate, pasa, no te quedes fuera, no pasas de largo ante mí, como decía Moisés. Entra en mi corazón. No está tan limpio como los pañales que tu Madre te ha preparado, pero con tu gracia, que como afirma san Pablo, “es un derroche para con nosotros”, se encargará de limpiar lo que haga falta. Entra, Niño Jesús, en mi corazón.
Y ahí te acerco lo que hay entre nosotros:

Una sociedad herida, llena de sangre y de maldad; el orgullo, los celos, la agresividad, el vandalismo, el terrorismo, los cristianos perseguidos y maltratados. Sí, Niño Jesús, eso, tú lo sabes, está entre nosotros. Pero escuchamos de nuevo el canto de los ángeles: “¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!”. Pues esa Paz es la que quiero para el mundo de hoy.

Rezaba san Francisco, el primero en “montar” el Belén: “Haz de mí, Señor, instrumento de tu Paz”.
Paz en las familias. Paz en los pueblos. Paz en España. Paz en Palestina, en Israel, en Irak, en Siria, en Nigeria, en todo el mundo.

Dijiste en el Sermón de la Montaña: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Te pido, Niño Jesús, por los niños. Que nadie les manipule, les prostituya, les ensucie el alma, los explote. Que crezcan sanos de cuerpo y alma. Que aprendan a conocerte y a amarte.

Te pido, Niño Jesús, por los ancianos. ¡Cuántos hay que viven solos, abandonados por los suyos! Por los enfermos, ellos tan cerca del sufrimiento de tu Pasión, rezo por ellos; por los que llevamos cerca de nuestro corazón; por los que este día de Navidad están en los hospitales y residencias. Tú eres la Salud, confórtalos con tu ternura.

Te pido por las familias, por la mía y por todas. Estos días se reúnen alrededor de la mesa que también se reúnan alrededor de tu Mesa eucarística; ayúdales a ser “Iglesia doméstica” y que imiten a tu Sagrada Familia: una familia donde se rezaba, se trabajaba y se amaba y también se sufría: la Sagrada Familia de Nazaret.

Te pido por las personas que de una u otra manera están relacionadas conmigo: mis amigos sacerdotes y seglares, mis antiguos feligreses de las cuatro parroquias en las que he trabajado, los que participan en las Eucaristías que celebro, los que acuden a confesarse conmigo, los que leen mis libros, los que me leen en el muro de Facebook, y aquellos que me piden la bendición cuando voy por la calle o me piden oraciones. ¡Cuántos son! Pido por todos, Niño Jesús. Bendíceles y haz que puedan celebrar la fiesta de tu nacimiento, fiesta “de gozo y salvación, con alegría desbordante”.

Y una última cosa no permitas que te quiten de la Navidad. Sin Niño Jesús, no hay Navidad. Sería una fiesta invernal vacía, hueca. Tú das luz, vida, gracia, amor y paz, mucha paz.

Querido Niño Jesús; felicidades.  Un beso, un abrazo, una bendición: es Navidad, es tu Navidad y la nuestra.

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