QUIÉN PIDE QUÉ (LA TRAGEDIA GRIEGA)

EnriqueAriasVega

Por ENRIQUE ARIAS VEGA. Columnista

Tsipras, Varufakis y compañía han convencido a la opinión pública internacional de que la ominosatroika poco menos que quería que violasen a sus madres… ¡y hasta ahí podríamos llegar!

Lo malo del caso es que quienes piden (sin haber devuelto un duro) y han seguido haciéndolo han sido los propios griegos. Y, además, ese dinero no es de cuatro plutócratas mal nacidos, mandamases de la banca internacional. Los euros que llevan gastados son los de los demás europeos, muchos de los cuales viven peor que los helenos: menos prestaciones, más impuestos, peores jubilaciones,…

La culpa, en gran parte, es de los políticos anteriores, conservadores y socialistas, que permitieron toda clase de fraudes ciudadanos, el espolio de las arcas públicas y la corrupción como medio de vida hasta del más tonto. Además, convencieron a sus compatriotas de que el maná era indefinido y de que no había que apretarse el cinturón. Esos políticos (Karamanlis, Papandreu…) ya han sido castigados por los electores, apartándolos de la vida pública.

¿Y los otros? ¿Y los que han prometido solucionar el problema sin dar nada a cambio? La ruptura del diálogo ha llegado, no se olvide, cuando las instituciones internacionales han pedido una serie de garantías no ya para recuperar el dinero derrochado hasta ahora con Grecia, sino para nuevas e inacabables peticiones.

La situación me recuerda, en cierta manera, la vivida por Carlos Solchaga tras haber sido ministro deFelipe González. Su presencia como asesor fue requerida por varios Gobiernos de América Latina, deseosos de imitar el éxito económico de los socialistas españoles. “Lo primero que habría que hacer —dijo el ex ministro— es una reforma fiscal, a fin de que paguen los impuestos todos los que deben hacerlo”. “¡Ah!, no —le contestaron—, si empezamos ya con pendejadas no vamos a ninguna parte”.

Pues ése es el componente esencial de la tragedia griega: que la poderosa Iglesia Ortodoxa es inatacable, que el ejército gasta tres veces y media más del presupuesto que su homólogo español, que los ciudadanos se jubilan cinco años antes que otros europeos, que casi todo el mundo trabaja en negro, etcétera, etcétera. Y, si alguien lo duda, ahí tiene los entrañables textos literarios de Petros Màrkaris para verificarlo.

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