¿Quieres ser santo?

Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.

Cuando recibáis esta carta, estaremos celebrando la fiesta de Todos los Santos, habrá sido clausurado ya el Sínodo sobre la “nueva evangelización” y estaremos en esas fechas celebrando el Congreso de Pastoral Juvenil que organiza la Conferencia Episcopal Española en nuestra Archidiócesis de Valencia.

Todos estos acontecimientos me han hecho recordar unas palabras del Beato Juan Pablo II que, con motivo del comienzo del tercer milenio, nos dirigió a todos los cristianos: “No dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad”. La fiesta de Todos los Santos nos lo recuerda, como nos decía San Irineo de Lyon en la mitad del siglo II: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se hiciese Dios”. Es esto lo que han instaurado los Santos en sus vidas cuando reciben la vida de Cristo: expresan la verdad de lo que nos da el Bautismo, que es la entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación del Espíritu. Por otra parte, el Sínodo sobre la “nueva evangelización” nos está llamando a vivir siendo santos. Solamente con nuevo ardor, método y expresión seremos creíbles y evangelizaremos. Y esto lo tendremos si somos santos. También el Congreso de Pastoral Juvenil nos interpelará sobre cómo llevar a los jóvenes a ser santos. En definitiva, todos estos acontecimientos quieren llevarnos a descubrir lo que la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II nos decía en aquel capítulo V, verdadero programa que quiere entrar en lo que debe ser el manantial del que bebamos, la “vocación universal a la santidad en la Iglesia”.

Todos los Santos nos interpelan y nos hacen esta pregunta: ¿podéis contentaros con vivir una vida mediocre después de haber recibido la vida de Jesucristo por el Bautismo? Ciertamente que no. A lo que se nos invita es a ponernos en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. (Mt 5, 48). Ese camino es el que nos regala Jesucristo cuando nos da su Vida por el Bautismo, cuando nos injerta en Él. La Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II nos dice: “Todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya sean apacentados por ella, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes 4, 3; Ef 1, 4)” (LG 39).

“Los seguidores de Cristo, llamados y justificados por Dios en el Señor Jesús no por sus propios méritos sino por su designio y gracia de Él, han sido hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina por el Bautismo de la fe y, por tanto, santos en realidad. Conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron la conserven y perfeccionen en su vida con la ayuda de Dios” (LG 40). ¡Qué fuerza tienen para todos nosotros estas palabras! Todos los cristianos, en cualquier condición en la que vivamos, estamos llamados a vivir la santidad, es decir, la plenitud de la vida cristiana y llegar a la perfección de la caridad. ¿No recordáis la pregunta que le hizo el sacerdote a nuestros padres el día que nos llevaron a bautizar? ¿No habéis visto cómo, cuando va a recibir el Bautismo un adulto, se le pregunta, precisamente, “quieres recibir el Bautismo”? En ambos casos, ya sea niño o adulto y ya respondan los padres por él o sea él mismo quien responda, la respuesta es proclamar: quiero el Bautismo. Con ello, lo que se quiere decir y se afirma por parte de los padres es: “quiero que mi hijo sea santo”. Y, en el caso de un adulto, lo que anuncia es: “quiero ser santo”.

En esta “nueva evangelización” que tenemos que hacer nos planteamos la misma pregunta que el Beato Juan Pablo II: “¿Cómo callar ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia?” (Tertio Millennio Adveniente, n. 36). No hay otra solución más que la que nos decía el propio Beato Juan Pablo II: la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. Muchos se han preguntado: ¿es que se puede programar la santidad? Ciertamente que no. Pero sí podemos situar el camino pastoral bajo el signo de la santidad. ¿Cómo? Expresando con convicción firme que el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu. Viviremos, construiremos la historia y todas las relaciones entre los hombres de una manera muy diferente con la vida de Cristo en nosotros y con la fuerza del Espíritu en nuestras vidas.

Este momento de la historia de la humanidad necesita de la presencia de santos. La fiesta de Todos los Santos nos anima y nos alienta a vivir siendo santos. El santo es el que muestra con su vida, con el sí coherente que ha dado a Jesucristo, la omnipotente presencia del Redentor mediante frutos de fe, esperanza y caridad. ¡Atrevámonos a ser santos! ¡Atrévete a ser santo! Frente a la indiferencia, está el sí a Cristo de tantos hombres y mujeres de todas las edades y condiciones. ¿Cuál es la grandeza que entrega Jesucristo a nuestras vidas? La seguridad de que, mediante Él, llega la salvación al hombre; la certeza de que Él da al hombre luz y fuerza por su Espíritu para que pueda responder a su máxima vocación, de que Él es el centro y el fin de toda la historia humana.

El santo es quien ha descubierto el Bautismo como el verdadero fundamento de la existencia cristiana, queda transformado por la vida nueva que le ha dado. Por el Bautismo estamos llamados a seguir a Jesucristo, a ser otro Cristo en la vida que hagamos. Gracias a la fe viva, el cristiano acepta a Cristo de manera consciente y personal para que influya en todos sus intereses y vivencias. ¡Qué fuerza tiene el comprobar que nuestro sí es algo vital, que cambia nuestra vida, que nos hace ser distintos por ser verdaderamente humanos, con el humanismo verdadero que es el de Cristo, y que esto es para siempre! Por tanto, no es un sí ocasional, mercantilista o sentimental. Hemos sido incorporados a Cristo, vivimos en, con y para Cristo, tenemos los mismos sentimientos de Cristo, no nos regimos por un código, sino por una persona que me amó y se entregó por mí.

El santo es el que se ha dado cuenta de que, si amar y ser amado da sentido a cualquier vida, precisamente el amor cristiano, la caridad fraterna, es el valor máximo del vivir en Cristo. Y ello por la unión que tiene con el amor a Dios y por ser el distintivo del mensaje de Jesucristo, que nos dice que está mutilado el amor a Dios cuando no está acompañado del amor al hermano. ¡Qué fuerza tiene el amor de Dios para cambiar todo! La caridad es don de Dios y es participación del amor de Dios; es energía divina como presencia de la acción de Dios; es una petición realizada por Dios mismo al hombre, cuando le dijo “amarás al Señor tu Dios… y al prójimo como a ti mismo”; es la donación total de Dios que está pidiendo el “sí” total al hombre; nos pide la entrega a los hermanos, pues se trata de amar con obras y de dar la vida. ¡Atrévete a ser santo! ¡Atrévete a dejar que Dios entre en tu vida! ¡Atrévete a dar razón del Bautismo que un día recibiste!

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