Retrato de la Inmaculada

 Por CARLOS OSORO SIERRA. Arzobispo de Valencia.

 Voy a intentar hacer un cuadro de la Virgen María, a través de algunas palabras suyas que aparecen en el Evangelio. Es un retrato realizado en el silencio y en la contemplación, como Ella hizo todo. Os invito a entrar en esta dinámica para contemplar el cuadro.

¡Qué retrato para celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción, que es el fruto más sagrado de la gracia y de la misericordia de Dios! ¡Qué hondura más extraordinaria se alcanza cuando uno contempla cómo Dios amó al mundo y le regaló a esta mujer perfecta! ¡Qué maravilla poder descubrir en María Inmaculada que la victoria sobre el mal está asegurada! ¡Qué esperanza trae a la existencia humana descubrir a través de María que, con la gracia de Dios, todos podemos ser santos!

Son siete intervenciones de la Virgen María, con las que voy a pintar este cuadro y que manifiestan una pincelada y un colorido de su ser más profundo. Es un cuadro para que tú te preguntes, te sitúes a su lado, vivas en su cercanía, des respuestas a la vida con la fuerza de su fe, de su humildad, de su amor y de su esperanza. Son siete intervenciones que están recogidas en el Evangelio: 1) “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”; 2) “He aquí la esclava del Señor”; 3) “Saludó a Isabel”; 4) “Proclama mi alma la grandeza del Señor”; 5) “Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros?”; 6) “No tienen vino” y 7) “Haced lo que Él os diga”. Hay un color de fondo que no está dicho sino que está predicho: su silencio.

Color de fondo del cuadro: el silencio de María. ¿Cómo era ese silencio? Era un silencio que nada tenía que ver con la timidez, ni tampoco era ignorante. Era un silencio de admiración por todo lo que sucedía. Al mismo tiempo, era un silencio contemplativo. Era un silencio acogedor y fecundo. ¡Qué fuerza más extraordinaria alcanza el silencio de María viendo para qué le servía! En el silencio acogía la Palabra y la guardaba en su corazón. En silencio, cuando no entendía la Palabra la metía en su corazón y la meditaba. En el silencio veía y acogía los signos que hacía su Hijo. En silencio hizo el vía crucis. En silencio esperó la resurrección. En el silencio María escucha: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron. Pero él dijo: Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 27-28). Jesucristo reconocía que quien mejor guardaba y escuchaba la Palabra era María.

Primera palabra: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón? (Lc 1, 34). Ella pregunta y responde. Cree, antes de poseer la señal que aún no conoce. Su pregunta es para saber qué es lo que tiene que realizar y hacer, y cuál ha de ser su modo de comportarse. La Virgen pregunta, no porque no crea en el poder de Dios, sino porque se le hace difícil conciliar dos realidades que, en lo humano, son incompatibles: no conocer varón y la llamada que Dios le hace para ser madre. La pregunta de María describe el deseo íntimo y su inclinación a la virginidad en que le ha situado la gracia, ya que es la gracia la que sugiere a María su más intensa orientación hacia Dios y su disponibilidad total a lo que la palabra de Dios le confiase. ¿Cómo es mi vida de gracia? ¿Cómo acojo la gracia de Dios en mi existencia? ¿Es la gracia la que va fraguando mi historia y mis decisiones ante las propuestas que Dios me hace?

Segunda palabra: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Es la expresión de la completa disponibilidad para todo lo que a Dios le plazca. ¡Qué explosión de sinceridad y verdad! En estas palabras está el secreto de la vida del Señor. Al declararse esclava está diciendo que es propiedad de Dios y que además está abierta por completo al misterio divino. En estas palabras descubrimos la hondura de su alma, hasta dónde ha colocado su confianza en Dios. Esta adhesión a Dios incluye fe, misión y abandono. La grandeza de María está en esta palabra: “Hágase”. ¿Cómo estoy viviendo mi disponibilidad para todo lo que se refiere a Dios?

Tercera palabra: “Saludó a Isabel” (Lc 1, 40). Es una palabra de delicadeza, de cortesía, de amabilidad. Es la invitación a llegar siempre hasta el último detalle en la práctica de la caridad. En definitiva, es hacer la virtud amable. Para nosotros sería hacer el cristianismo tan atractivo que nuestra vida provoque credibilidad, la misma que contagiaban las primeras comunidades cristianas. De este saludo emerge una persona con perfiles muy específicos: delicadeza, concentración en lo que es importante, fortaleza interior, seducción, libertad. A esto responden las palabras de Isabel: “Bendita entre todas las mujeres”. ¿Cómo son mis encuentros con los demás? ¿Seducen por la autenticidad de mi fe? ¿Engendran caridad? ¿Entregan esperanza y alegría?

Cuarta palabra: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1, 46-55). Son palabras de agradecimiento y de amor. Es la responsabilidad y el temblor que da el haber sido escogida y sentir una gratitud absoluta. La Virgen María tiene vocación de alabanza y de adoración. Se sabe amada por Dios y no puede dejar de expresar su alegría y su agradecimiento. El Magníficat no es sólo el canto de la humildad de la Virgen, sino también el modo más profundo de expresar su alegría. Dios hizo grandes cosas en Ella y María las disfruta y hace partícipes a todos los hombres de todas las maravillas de Dios. ¿Me entusiasmo por haberse acercado Dios a mi vida? ¿Me alegro por estar en el horizonte de Dios con todas las consecuencias hasta el punto de haberme dado su misma vida? ¿Sé expresar y devolver este amor que Dios ha puesto en mi vida?

Quinta palabra: “Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros?” (Lc 2, 48). Es una palabra de equilibrio: son palabras que expresan dolor y alegría. Pablo VI tuvo una gran alegría cuando le comunicaron que habían descubierto en un hallazgo arqueológico una estatua de la Virgen que se llamaba “Señora del equilibrio”. El equilibrio es una virtud muy necesaria en la búsqueda de Dios a través de todos los acontecimientos. Esta expresión expresa la profundidad del corazón de María: pobre, silenciosa, valiente, audaz, delicada, llena de entereza. Nada podía quitar el equilibrio de su vida. ¿Vivo esa experiencia de equilibrio en mi ser de cristiano?

Sexta palabra: “No tienen vino” (Jn 2, 3). La Santísima Virgen María, sugiriendo a Jesús su primer milagro, le hace anticipar su vida pública. Es la mujer que ve las necesidades que tienen los que viven a su alrededor y los pone en comunicación con quien puede remediar tales necesidades. Expone al Señor nuestras carencias. ¿Expongo al Señor las carencias de los hombres? ¿Invoco su intervención? ¿Vivo esta misma relación de la Virgen con Jesús?

Séptima palabra: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). ¡Qué maravilla! La Santísima Virgen María poniéndonos en camino hacia Jesús. Ella se presenta como camino que conduce al Camino verdadero. María emprende la tarea de infundir a los discípulos confianza, fe en Jesús: haced lo que él os diga. María es la primera que ha creído y seguido a su Hijo, precisamente por eso nos orienta hacia Él. ¿Hacemos lo que Él nos dice? ¿Estamos atentos a su Palabra? ¿Escuchamos al Señor?

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