Saludo

Por ANTONIO DIAZ TORTAJADA. Sacerdote y Periodista.

Un sacerdote, como maestro de la Palabra de Dios, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad cristiana tiene como tarea ser presencia sacramental del misterio trinitario en medio de los hombres.

El apóstol Felipe le pidió a Jesús una vez: “Muéstranos al Padre y nos basta”.  Jesús le responde: “Quien me ha visto a mí ha visto a mi Padre”.  Como sacerdote no he visto nunca a Dios y tampoco he visto a Jesús, aunque nos ha dicho que nos acompaña hasta el final de los tiempos. ¿Cómo entonces ver al Padre y mostrarlo? ¡Cuántas veces ocultamos los sacerdotes la presencia viva de Dios en medio de los hombres!

Sin embargo, los hombres de nuestro tiempo, y en especial los hombres y mujeres de la comunidad cristiana donde el sacerdote desarrolla su trabajo (¡tantas veces con sus carencias, luchas y marginaciones!) vive en el fondo del corazón la pregunta sobre cómo nos acompaña el Resucitado en momentos de dificultad.

Ante la experiencia de Tomás, no deseamos verificar la verdad de la presencia de Jesús, reclamando verlo y palpar sus heridas de crucificado y sin embargo nos quedamos sobrepasados cuando oímos decir: Dios no tiene historia propia, Él no tiene tiempo, se hizo historia en la historia humana y entró en ella a través de la carne del Verbo. La manera concreta que tuvo Jesús de ser Hijo de Dios fue teniendo hambre, comiendo, hablando con sus amigos y llorando cuando los perdía, rezando.

Esta fue la manera concreta de estar Dios con nosotros. Lo más próximo que tenemos de Dios es nuestra misma existencia. No poseemos otro lugar desde el que acercarnos a Dios que nuestra propia historia. Somos historia de Dios, experiencia suya, porque somos fruto de su donación y de su entrega en cada uno. Ser persona humana es una manera de ser experiencia de la donación de Dios. Un día el amigo de Dios le pidió ver su gloria, más Dios le respondió que nadie la podía ver porque moriría, entonces puso su mano tapando la puerta de la cueva donde estaba Moisés y cuando la retiró ya había pasado, de tal forma que el amigo al mirar sólo pudo ver las espaldas de Dios.

Tomás pidió ver al resucitado y Jesús le mostró el agujero de los clavos y la herida de la lanza en su pecho. El discípulo ante este gesto cayó de rodillas. Hoy podemos tener el mismo deseo de Moisés o el escepticismo de Tomás, más seguro que en cualquier caso no nos faltan espaldas y heridas. Que la luz del misterio pascual que celebramos cada día sirva para mí y para nuestra gente el atisbar que lo más misterioso de la historia humana, el dolor, se convierte en las espaldas de Dios, en el rostro del crucificado, en los que esconde su gloria.

Ahí, en el lado oscuro de los acontecimientos, en las mismas llagas que produce la vida, tenemos la posibilidad de rendir la cabeza y confesar desde la fe: Señor mío y Dios mío. Nadie ha visto la gloria de Dios. Todos sin embargo podemos ver el dolor en la historia del hombre, en nuestra propia historia –”mete tus dedos en las heridas de mis manos, mete tu mano en mi costado”-. Ante ellos podemos postrarnos rendidos como Tomás y con sus mismas palabras, confesar: Señor mío y Dios mío, quiero ser tu testigo con obras y palabras allí donde nos ha tocado vivir.

Que seas muy feliz descubriendo al Resucitado en tu historia personal y comunitaria. Yo te ofrezco la mía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *