San Francisco de Asis y la música trascendente en el estio madrileño

    Esta vez,  el Teatro Real no se jugaba el éxito ni el prestigio en su escenario de la Plaza de Oriente si no en la cancha del Madrid Arena. Allí es donde finalmente fue estrenado el proyecto más personal de Gerard Mortier de su primera temporada en Madrid, «San Francisco de Asís», la única ópera que compuso Oliver Messiaen.

Es la cuarta vez que la pone en pie, y la segunda en la que ha contado con la instalación que encargó a Emilia e Ylia Kabakov para la Trienal del Ruhr, en 2003. Entonces, la producción, de grandes dimensiones tanto en lo escénico como en lo musical, se ubicó en un espacio industrial; ayer lo hizo en uno deportivo. Si bien inicialmente la idea fue presentarlo en la Caja Mágica, la falta de aire acondicionado obligó a trasladar el proyecto a la Casa de Campo. Un aire acondicionado que más que en un aliado se convirtió ayer en un lastre, pues el ruido se hizo excesivamente notorio durante el segundo acto.

A pesar del miedo inicial a que el público se mostrara reticente a viajar hasta la Casa de Campo, el recinto Madrid Arena presentó tres cuartas partes del aforo vendido, sin contar, claro está, las deserciones que hubo a lo largo de la ópera, que tuvo una duración de seis horas. Entre los asistentes, además de personalidades de la cultura y la política, se pudo a ver a figuras de la Iglesia, como el cardenal Rouco Varela. También asistió Su Majestad la Reina Doña Sofía.

La grandilocuencia de la cúpula, de 22 toneladas, que coronaba el escenario, y la maravillosa partitura de Messiaen, música que trasciende más allá de la mera escucha, según palabras de Sylvain Cambreling, que se puso al frente de la Orquesta de Baden-Baden-Friburgo, el Coro Titular del Real y el de la Generalitat Valenciana, así como a las voces de Alejandro Marco-Buhrmester, Camilia Tilling, Michael Köning, Wiard Witholt, entre otros, se alzaron ayer con el caluroso aplauso del público, un poco apresurado por la hora a la que finalizó el espectáculo.

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