Semana Santa: Patrimonio de la Humanidad

Por ANTONIO BONET SALAMANCA. Doctor en Historia del Arte, Investigador y Periodista.

Parece un tanto pretensioso reclamar el anhelado título expuesto ante el cúmulo de elementos integradores que nos remiten y vinculan con la dilatada historia de la que participa la Semana Santa.

La iniciativa sugerida por el sacerdote y periodista Antonio Aradillas fue en origen bien acogida, compartida por el afamado locutor José María Íñigo, y por quien esto escribe, en conjuntado respaldo de quienes se adscriben y brindan su personal colaboración y apoyo al logro y las competencias que entraña el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad para la Semana Santa.

Asumido dicho objetivo nos planteamos elaborar con el necesario equipamiento una serie de retos editoriales dirigidos al entorno de las hermandades y cofradías, enmarcadas entre las consideradas de penitencia, gloria o sacramento.

Dichos organismos son y se erigen en protagonistas de este inicial texto que presentamos en las páginas de PASOS de Arte y Cultura, a la espera de una más extensa y complementaria publicación, que alcance con la requerida difusión, a otras tantas cofradías, dispersas por la amplia geografía española sin excluir esta realidad eclesial en otros territorios de influencia hispana.

Tan justificada reivindicación se dirige en compartido respaldo a los numerosos y cualificados artistas (escultores e imagineros), a los miembros e integrantes de la Iglesia concebida como Pueblo de Dios, activada por tan abultada realidad en la que se integran buena parte de los hermanos y cofrades pertenecientes a estas entidades de carácter religioso y asociativo.

Otro relevante aspecto es el vinculado con el arte y la devoción en asumida defensa y difusión del rico y, por lo general, desconocido patrimonio escultórico e imaginero custodiado por las mencionadas hermandades y cofradías.

La promoción del entorno expositivo y museístico adquiere y se integra en el amplio capítulo relacionado con el turismo religioso, y suscita una mayor dedicación al ámbito formativo de los miembros de las juntas de gobierno y demás responsables cofrades, en paralelo con la elaboración de diversos estudios, proyectos y tesis de investigación pendientes de realización, junto a la conveniente fundamentación de un organismo que coordine y canalice la variada y diluida energía grupal.

Todo ello, nos implica y anima a tan compartido cometido planteado desde la base para poder transformar y mejorar una realidad asociativa, en la que se integran estadísticamente no menos de un millón y medio de miembros pertenecientes a estos organismos dotados de naturaleza eclesial y marcada proyección cultural y social.

Su origen cronológico se remonta hasta la baja edad media, por lo que constituye en esencia, el movimiento apostólico de mayor arraigo histórico, superador de las distintas y destructivas crisis, pestes, hambrunas y consabidas decadencias que, mermaron en parte, aunque, en modo alguno eclipsaron el ansiado espíritu propagador intrínseco a la religiosidad popular en sus múltiples y actualizadas manifestaciones. En asumido lenguaje polisémico aunque confluyente en lo común y participativo, el concepto de cofradía/de, nos aproxima y acerca al siempre admirado y reconocido Cofrade Único y Mayor, procesionando y acompañada por la Madre y escaso discipulado en la igualmente denominada Semana Grande, Mayor y Santa.

El carácter asociativo y comunitario constituye renovada fuente de fraternidad entre quienes practican el rezo, la plegaria y el canto en compartida condición y privilegio adquiridos en filiación de hijos de un mismo Dios.

El fuego y la luz que no cesan, en proclamada función litúrgica y procesional, difunden y alcanzan la claridad conforme al escrito joanesco de, “brille vuestra luz delante de los hombres”. La cruz en complacencia horizontal y vertical se estrechan en armónica y cósmica redención, en símil con la planteada reivindicación de lograr para la Semana Santa la concesión y el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad.

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