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En el silencio nos encontramos

Por Manuel J. Ibáñez Ferriol. Director de Contenidos Digitales del Grupo ONDA3.

Soy tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar sobre ella horas enteras”. George Bernard Shaw.

El silencio crea situaciones incómodas. Yo suelo comprobarlo con bastante frecuencia cuando tengo la oportunidad de dirigirme a un grupo de personas en alguna conferencia, charla o curso formativo sobre comunicación humana. Si deliberadamente, y en medio de un discurso, me quedo callado, como si hubiese olvidado qué es lo que quería decir y el silencio invade todo el espacio, observo que muchas de las personas presentes comienzan a mostrar ciertas señales de nerviosismo e inquietud.

Algunas de ellas seguro estarían deseosas de ejercer de apuntadoras para ayudarme a enganchar con el hilo conductor. Sus manos y sus ojos les delatan. Otras desvían su mirada hacia cualquier sitio, encontrando en el camino otros hombros que con perplejidad suben y bajan inconscientemente.

En algunas ocasiones, ese silencio resulta tan estridente que hasta se intenta romper con un colectivo aplauso reconciliador. Generalmente, y antes de que esto suceda, retomo la palabra con la oportunidad manifiesta de hablar sobre el silencio, sobre lo que comunica el silencio, sobre lo que me comunica mi propio silencio.

Tal vez, a alguna persona presente en la sala, ese silencio le ha permitido una experiencia empática, al modo de “qué mal lo tiene que estar pasando, si me ocurriese a mí…”. Para otras, puede que la situación les evoque algo de su pasado aún no adecuadamente elaborado y enquistado en la parte de atrás de sus recuerdos (“aquella vez en el examen oral, qué mal lo pasé”).

Puede que un buen número de buenas gentes que no pueden ver sufrir a nadie, expertas en salvamentos ajenos, salgan al rescate visible de un tipo en apuros con un “estabas hablando de…”. Y todo ello, y mucho más, lo promueve una situación silenciosa. El silencio es una situación que incomoda.

Sin embargo, es el propio silencio el que ha favorecido todas estas reacciones internas, con marcado carácter subjetivo y que ha permitido la conexión con esas componentes tan importantes en el ser humano como son la reflexión y la auto transcendencia. El silencio reflexivo, permite establecer un sincero diálogo con uno mismo, libre de ruidos que dificultan el íntimo contacto de la persona con su yo más genuino. Es un silencio que es capaz de reconocer las implicaciones emocionales más típicamente humanas, como la alegría, la tristeza, el miedo, la rabia, y todo ello con cierta independencia sensorial externa.

El silencio “auto transcendente” proporciona al ser humano la certeza de que hay algo en la vida que no es el “uno mismo” y es esto lo que impulsa al ser humano al encuentro y a la búsqueda, abriendo un sinfín de posibilidades creativas y de relación.

Sin embargo, el hombre moderno no tiene tiempo para el silencio. La sociedad de la prisa, no nos permite pararnos a tan solo escuchar durante unos minutos la “nada silenciosa”. No solo me estoy refiriendo a los ruidos ambientales basados en la física de los decibelios, que aunque molestos pueden llegar a ser ignorados a base de técnica y de trabajo personal. Me refiero a esta otra clase de ruidos que generalmente todos llevamos puestos en nuestro interior y que no pueden ser medidos a través de la acústica ni traducidos a una onda en una pantalla de ordenador. Son los ruidos de las preocupaciones, de los hijos, del estrés, del trabajo.

Los ruidos de tener al menos lo que tiene el vecino. Esos ruidos que a modo de carraca van perforando poco a poco y de forma persistente el tímpano del silencio y que consiguen que el ser humano se convierta en sordo de su propio pensamiento. Son esos ruidos, que machacan nuestro ser interior, nuestra trascendencia, y no nos permiten comunicarnos con nosotros mismos ni con los demás.

Debemos practicar la cultura del silencio. Hay momentos en el día, en el que necesitamos estar en silencio, conectando con el universo y con Dios. Solo de ésta forma, llegaremos a comprender la importancia de compartir el silencio. Solo aquel que ama, sin esperar nada a cambio, es capaz de meterse en el mundo del silencio, practicarlo y respetarlo.

Por eso es necesario dedicarse al silencio interior. Tal vez tú, estimado lector, estarás pensando en este momento “que sí, que fenomenal esto que me dices, pero yo no dispongo ni tiempo ni dinero como para irme conmigo mismo durante una semana a cultivar el bello arte de la auto escucha”. Y aunque estaría estupendo poder aislarnos de vez en cuando en formato físico, tampoco es necesario retirarse del mundo para trabajar en y desde el silencio. De hecho, podemos apoyarnos en las oportunidades que el día a día nos ofrece para estimular este contacto interior.

Un buen libro, un paseo, una música, que nos tome de la mano y nos adentre en el plano de la conciencia y de la intimidad. Un cielo estrellado de agosto o el ir y venir de las olas del mar al atardecer en la costa. El chisporroteo de los troncos en una chimenea o la oscuridad del salón de mi casa porque “hoy no quiero encender la luz y te cambio unos vatios por un rato de silencio mientras vuelven los niños del colegio”. Si lo pensamos bien, estamos rodeados de oportunidades que nos invitan al silencio. A este silencio que sana, que reconcilia a la persona consigo misma, la equilibra y le permite crecer.

Un pensamiento, que me ha seducido desde siempre: La más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. Mahatma Gandhi.

Además de ese silencio personal que pregunta a la persona por sí misma y que le permite salir al encuentro del otro, hay un silencio que posibilita el diálogo sincero. Es el silencio que permite escuchar el golpeteo de las cucharas sobre los platos de sopa durante la cena y que favorece el diálogo en la familia. Es el silencio con el que un médico le explica el diagnóstico a su paciente tal vez desconcertado y asustado. Silencio acompañado del tiempo necesario para amortiguar el impacto permitiendo humanizar la enfermedad.

Son silencios que unen y que no necesariamente están vacíos de contenido, pero que se desprenden de todo aquel ruido extraño y añadido que dificulta el verdadero encuentro humano, dejando espacio limpio para la palabra o para el pensamiento.

Pongamos en práctica la cultura del silencio, respetando los momentos en los que los que nos rodean, se sumergen en los mundos silenciosos, porque ahí, en el silencio, es donde vamos a encontrarnos a nosotros mismos.

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