Sobre la División Azul … a la que algunos no perdonan que luchase contra Stalin

 PIO MOA. Escritor y Columnista

 Por los años 60 se desarrolló en España un sentimiento de abierta simpatía hacia el comunismo en ciertos medios universitarios, clericales e intelectuales, que chocaba con un anticomunismo anterior muy extendido. Aunque fue un sentimiento muy minoritario en la sociedad española, no dejó de crecer en influencia, precisamente por haberse asentado en círculos intelectualmente activos y directivos.Llegó a expandirse a medios muy ajenos al marxismo, como demostró nítidamente la repulsa, incluso en medios derechistas, a Solzhenitsin cuando vino a España a cantar algunas verdades sobre la Unión Soviética.

El fenómeno era chocante, por cuanto los años 60 coincidieron con hechos tan reveladores como la difusión de parte de los crímenes de Stalin desde la misma Unión Soviética, el muro de Berlín construido no como defensa frente al exterior sino, a modo de cárcel, para impedir la fuga desde el interior, o la gran crisis del movimiento comunista internacional, con el enfrentamiento entre China y la Unión Soviética, inimaginable poco tiempo antes, choque realmente feroz en lo ideológico y que llegó a la guerra en los límites chino-siberianos. Es decir, las simpatías pro comunistas se desarrollaron en plena crisis y revelación de las taras del comunismo, un fenómeno extraño y que también se produjo en Europa Occidental y en Usa. Añadamos que se dio en una época de excepcional prosperidad económica en todo Occidente, incluida España, cuando los antiguos antagonismos llamados de clase se habían desvanecido, si alguna vez fueron reales, lo que vuelve más paradójica aquella tendencia.

Creo que el fenómeno tuvo que ver con una especie de vacío espiritual o de ideas, que en España se manifestó como una deliberada despolitización en aras del desarrollismo y de un europeísmo de muy bajo nivel intelectual, sin olvidar que las ideas falangistas, como las socialdemócratas y algunas clericales, tenían bastantes puntos de contacto con ideologías de ultraizquierda. Desde el punto de vista ideológico, por lo demás, el franquismo fue siempre bastante etéreo, sin la coherencia doctrinal del marxismo, este sí una ideología de extraordinaria potencia intelectual y movilizadora una vez se aceptan o se toman como dogmas sus presupuestos teóricos. Pero mi objetivo aquí no es analizar este fenómeno, sino contrastarlo con el ambiente predominante en los años 40.

Es decir, desde los que podemos llamar sentimientos ideológicos desarrollados en y desde los años 60, se hace difícil la comprensión del espíritu que llevó a la División Azul. Ante todo debe resaltarse que el ambiente popular español en los años 40 era extensa e intensamente anticomunista. Y no era menos fuerte en la zona que el Frente Popular retuvo hasta el final, sino probablemente mayor. Las represalias y odios a los “rojos” por parte de los vencedores no impedían a muchos de los vencidos detestar cualquier posibilidad de vuelta de los que antes habían considerado “los suyos”: habían sufrido la mayor hambre del siglo XX, debida a los experimentos revolucionarios, acompañada de la arbitrariedad y el terror entre las mismas izquierdas, y habían visto cómo los jefes se ponían a salvo llevándose consigo tesoros expoliados al estado y a los particulares, dejando en la estacada a sus propios sicarios y chekistas. Sin duda muchos de ellos estaban deprimidos, por las circunstancias de posguerra, pero nada añorantes de un régimen como el Frente Popular. Solo algunos comunistas, muy pocos, fueron capaces de persistir en la lucha contra Franco, a quien la mayoría de los ex rojos veía como un mal menor, sin hacerle resistencia significativa. La mayoría prefería olvidar la guerra civil y dedicarse a actividades más constructivas en medio de las penurias propias de una posguerra. Así pues, en todo el país era firme y ampliamente detestado el comunismo, palabra que en la mentalidad corriente abarcaba a la revolución en general, aunque fuera anarquista o socialista, a los republicanos que habían colaborado con ella, y a la Unión Soviética. Y de ahí el eco que encontró inmediatamente el llamamiento de Serrano Súñer, acusando a Rusia de ser culpable por haber prolongado la guerra de España con las muertes y devastaciones consiguientes.

Creo que lo anterior resulta evidente para cuantos hayan estudiado la época con desapasionamiento. Y por eso, numerosos autores posteriores, imbuidos de la mentalidad crecida desde los años 60, han intentado explicar la popularidad y el alud de voluntarios a la División Azul por otros factores, como el hambre, la delincuencia, el deseo de pasarse a los soviéticos, el intento de disimular un pasado rojo, de escapar a la represión en España, coacción o falso voluntariado, etc. Hubo, desde luego, algunos casos de todo ello, cosa inevitable en cualquier situación similar. Pero no hay casos importantes documentados de personas forzadas a servir en la División, y uno de los rasgos de esta fue, precisamente, el número, mucho más escaso de lo previsible, de desertores, delincuentes o hambrientos. En situación de penuria como la que entonces vivía el país podía haber un número de infelices lo bastante tontos o desesperados para intentar escapar del hambre arriesgándose a perder la vida y a sufrir las penalidades extremas que suele traer consigo la guerra. Pero ni podían ser muchos ni verse rodeados de una popularidad como la que gozó la División Azul en aquellos momentos.

Además, habrían sido carne de deserción tan pronto empezaran a sufrir las terribles condiciones de la lucha en la Unión Soviética. Precisamente la continua propaganda soviética en forma de hojas soltadas por aviones o partisanos, y de altavoces del frente, los invitaba a desertar tratándolos desde ese punto de vista, hablándoles de las penalidades que padecían, del gran número de bajas, prometiéndoles el exterminio si resistían y una vida casi regalada en los envidiables campos de prisioneros soviéticos, promesa que los divisionarios  podían creer, ya que no tenían elementos de juicio contrarios. Pues bien, repito, fue escasísimo, proporcionalmente, el número de desertores, tanto los seducidos por tales promesas como los de ideologías izquierdistas que ya se habían alistado en España con intención de pasarse al paraíso de Stalin: en torno a 70, algunos de ellos falsos desertores, pues se declararon así para salvar la vida. La propaganda alemana y divisionaria decía que los prisioneros eran asesinados por los soviéticos, lo cual fue cierto muchas veces, pero no siempre (en la División se produjeron también casos de asesinato de prisioneros, aunque seguramente menores. El caso más importante fue en torno a la Posición intermedia cerca de Udárnik, justificada en la ira por la previa mutilación de los soldados españoles exterminados en dicha posición). Hubo también desertores que no llegaron cumplir su designio, por ser descubiertos y fusilados o devueltos a España, según datos que me ha suministrado Caballero Jurado. Otra cosa es que incluso los izquierdistas que se pasaron a los soviets tuvieran que soportar el trato terrorífico del GULAG en lugar de los laureles y delicias que esperaban.

No menos sorprendente es el escasísimo número de prisioneros que lograron hacer los soviéticos, solo 372 en una unidad por la que pasaron cerca de 50.000 soldados y que estuvo casi constantemente en acción durante dos años. Aunque no conozco una cuantificación precisa (y sería interesante que algún especialista la hiciera), los prisioneros soviéticos hechos por la División, así como los desertores pasados a los españoles, superaron enormemente la corriente contraria, quizá por diez y más veces, según se desprende de los relatos y testimonios. Otro dato crucial fue que los divisionarios procedieron de toda la geografía española y de todas las clases sociales, con un número desusadamente alto de universitarios; seguramente una de las unidades militares de la historia con mayor proporción de ellos, es decir, con más contenido intelectual que cualquier otra, incluidas las Brigadas Internacionales, en las que siempre se ha destacado (y exagerado) el número de intelectuales alistados. Este es otro indicio de que son erróneas las interpretaciones corrientes hechas desde las perspectivas más o menos procomunistas y “progres”.

En suma, está claro que las motivaciones esenciales de los voluntarios, por encima o por debajo de las muchas particulares que entrarían en juego en cada caso individual, eran las anticomunistas, patrióticas y religiosas, como en la guerra de España. Se consideraba que España había padecido la agresión directa o indirecta de la URSS y que debía darse la réplica en el propio nido del comunismo, participando en la ofensiva alemana. Importa subrayar que en un principio casi todo el mundo en España y fuera de ella, incluida Inglaterra, daba por supuesto que la Unión Soviética caería como lo había hecho el ejército francoinglés en Francia, es decir, en cuestión de semanas. Pero ya desde la entrada en fuego, los divisionarios comprobarían que el ejército soviético era un enemigo potentísimo, y que el paseo militar con un poco de acción final que esperaban muchos, se convertía en una lucha increíblemente dura. A pesar de ello, repito, apenas hubo deserciones y muy pocos prisioneros, lo que solo puede explicarse por el espíritu, motivación general y voluntariedad de la inmensa mayoría.

 Otro aspecto en torno al ambiente de la época es el de quienes, en la propia España y en el bando nacional, se oponían a la División Azul y trataban de boicotearla o de darle un significado distinto. Son conocidas las pugnas entre Serrano Súñer y Varela. Este último, hombre valeroso pero de inteligencia no especialmente aguda y muy antifalangista, pensó en una división prácticamente regular, lo cual habría significado una declaración de guerra que habría metido a España de hoz y coz en la contienda. Aun así se estableció que los voluntarios fueran encuadrados por mandos militares asimismo voluntarios, para dar mayor eficacia y profesionalidad al conjunto. Todavía más tarde, Varela se empeñó en mandar a Rusia a una nueva división completa de relevo, de carácter exclusivamente militar y quizá poco voluntaria, para borrar en lo posible el tono falangista de la primera división. El plan habría resultado probablemente desastroso, ya que los recién llegados, en su mayor parte bisoños, desconocían las condiciones reales y las formas de lucha en la URSS. La norma, más razonable, consistió en encuadrar a los relevos entre los veteranos, lo que sin duda contribuyó a que la división mantuviera su cohesión y eficacia.

Creo que está poco estudiada la oposición de ciertos medios militares, monárquicos anglófilos sobre todo, que llegaron al maltrato o desatención a los heridos que retornaban de Rusia. No debe olvidarse que la embajada británica desplegó un enorme esfuerzo en defensa de la Unión Soviética, y por tanto contra la División Azul. Hubo, como es sabido, un vasto y costoso plan de soborno a generales españoles, aún no muy bien estudiado; agentes de la embajada se presentaban en lugares públicos mendigando y explicando que procedían de Rusia y divulgando los tópicos de la propaganda soviética, mientras la BBC, muy escuchada en ciertos medios, suministraba gran cantidad de información falsa, afirmando reiteradamente la pérdida de Nóvgorod por la División Azul,  pretendiendo que la División había sido aniquilada en Krasni Bor o exagerando las victorias soviéticas, que ciertamente existieron aunque a costa de un verdadero torrente de sangre: las bajas soviéticas fueron al menos cinco veces más que las españolas, y eso que la División casi nunca contó con apoyo aéreo o de carros, que los contrarios sí tenían, aparte de una artillería muy superior.

Así como la política de Franco tenía una profunda racionalidad, que he examinado en Años de hierro, también la tenía la política inglesa, pues, como he señalado en un artículo reciente y en contra de algunas versiones, fue la resistencia rusa la que salvó a Inglaterra, y no la ayuda anglouseña la que salvó a Stalin. Se trataba de una alianza contra natura, como había sido el Pacto germano-soviético, pero la política y más aún la guerra, “hace extraños compañeros de cama”, según el dicho inglés.

Conforme la Wehrmacht fue perdiendo la guerra en Rusia, el entusiasmo por alistarse en la División Azul fue debilitándose, y en la sociedad, en general, creció el escepticismo hacia la victoria alemana y la oposición al mismo Franco dentro del régimen. Eran muchos los que daban por liquidado al franquismo y crecían las conspiraciones, en el ejército y fuera de él. Por otra parte, muchos divisionarios falangistas radicales sufrieron una fuerte desilusión a su vuelta, al constatar en la sociedad y el régimen un espíritu muy distinto del que deseaban. El ejemplo clásico fue Dionisio Ridruejo. Pero esta es ya otra historia, porque a finales de 1943 la División fue retirada, aunque quedara en Rusia una minoría de voluntarios, quizá bajo la impresión de que la derrota del ejército alemán permitiría a los soviéticos llegar a España.

Dado que la División Azul compartió, hasta cierto punto, la derrota con Alemania, podría decirse que su acción resultó inútil desde el punto de vista histórico, incluso que fue contraproducente, al haber ayudado a los nazis. Creo que no es así, al menos en dos puntos. La División fue a luchar contra los soviets, no a identificarse con los planes generales nazis y, contra las acusaciones de la propaganda soviética, no cometió crímenes de guerra (que sí cometieron masivamente tanto los alemanes como los soviéticos o los anglosajones). Tampoco supo de hechos como el Holocausto, aunque presenciara escenas de duro maltrato y ejecución de polacos, rusos y judíos, justificadas como represalias contra los partisanos, lo cual era cierto en unos casos y en otros no.

En segundo lugar, la acción divisionaria tuvo un considerable efecto posterior, por la lógica de los hechos. La D.A. luchó siempre en inferioridad de condiciones, numéricas y materiales, frente a los soviéticos, sin, como dije,  acompañamiento de carros de combate ni de aviación, y con una artillería respetable pero mucho menos masiva que la contraria; y aun así, su rendimiento militar fue muy elevado, continuando también la tradición del ejército nacional en la guerra civil en episodios como el cuartel de Simancas, el Alcázar de Toledo, Santa María de la Cabeza, Belchite, Teruel y otros. Ello significaba que cualquiera que probase a invadir España podía encontrar una resistencia muy difícil de vencer y con grandes sacrificios para el invasor, pese al  estado precario del ejército español. En enero de 1944, cuando arreciaban los rumores de invasión de España por los Aliados y las conspiraciones en el propio ejército para echar a Franco y traer a Don Juan, Franco reunió a los principales generales y les señaló que “un pueblo es invencible cuando tiene corazón y decidida voluntad de lucha”, y recordó los casos de los guerrilleros en la Guerra de Independencia y de los guerrilleros comunistas yugoslavos, “que después de tres años de difícil lucha son respetados e incluso reconocidos”. También comparó las masivas rendiciones registradas en los dos bandos de la contienda mundial con las casi nulas de las tropas nacionales durante la guerra civil. No evocó, curiosamente, a la División Azul, aunque muy bien pudo haberlo hecho, porque continuaba, como he dicho, una tradición, y su experiencia tenía que contar por fuerza en los cálculos de cualquier posible invasor.

Como fuere, y a pesar del orgullo de haber vencido al Eje, los vencedores no se decidieron a atacar a España. Sabemos por qué: por una parte no les saldría gratis, y el pueblo inglés, especialmente, estaba tan harto de sangre, sudor y lágrimas que pronto despediría a Churchill del poder, un tanto desconsideradamente; por otra parte, ante la decisión de resistir de Franco, muy apoyado popularmente por entonces, el resultado más probable sería una nueva guerra civil en España. Y un suceso tal en una Europa arruinada y hambrienta tendría las mayores probabilidades de propagarse más allá de los Pirineos, como advirtió De Gaulle, favorecer a los poderosos partidos comunistas de Francia e Italia sobre todo, y echar por tierra los esfuerzos para consolidar regímenes democráticos en el oeste del continente, una vez el centro-este del mismo había quedado en manos soviéticas. Por tanto las seguridades sobre la eliminación del régimen español dadas en Yalta fueron revisadas en Potsdam, quedando en una combinación de maquis, presiones y aislamiento a fin de llevar a España al hambre y la miseria como medio de empujar al pueblo a derrocar a Franco. Lo cual tampoco se produjo, como pudo comprobar el maquis comunista. Creo que en todo ello tuvo una influencia indudable, aun si difusa y poco concretada, la experiencia de la División Azul.

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