Sociedad, sexo e instintos animales: la asincronía evolutiva

mono

El ser humano es un animal forjado por millones de años de evolución. Podemos considerar que desde hace 320 millones de años, cuando tuvo lugar la aparición de todas las formas de vida modernas (lo que los paleontólogos llaman “explosión cámbrica“) la selección natural y sus mecanismos han configurado tanto nuestra anatomía como nuestro comportamiento. Los instintos animales son parte de nosotros, y no los podemos obviar. Pero el ser humano también es un ser social y cultural. Vivimos inmersos en una cultura, en una sociedad que tiene sus normas.

En biología evolutiva existe un concepto que se denomina “asincronía evolutiva“. Se refiere a las diferencias que hay entre nuestra programación como animales y nuestros preceptos morales. Es decir, nuestra historia evolutiva, nuestro carácter de animal choca con nuestras normas sociales. Y esto es porque la civilización existe desde hace aproximadamente 7.000 años, mucho menos tiempo del que llevamos siendo simios.

Hay muchos ámbitos en los que podemos ver este desfase, y los ejemplos más claros están en el ámbito de la selección sexual, nuestro comportamiento a la hora de buscar y elegir pareja reproductiva. Sin embargo, vamos a empezar con un ejemplo que nada tiene que ver.

Los himnos nacionales y las marchas militares “hablan a nuestros instintos”. Si nos paramos a escucharlos, todos ellos tienen factores en común: son rítmicamente simples, con notas graves, un gran uso de los tambores… Tienen un sonido de fondo que recuerda al de un palo golpeando contra el tronco de un árbol, o al de los puños golpeando el pecho. Suenan muy similares al sonido con el que los machos de distintas especies de simios convocan un combate para decidir cuál de ellos será el macho alfa, el líder de la manada, y hace que se disparen nuestros niveles de adrenalina, tengamos menos miedo a la lucha y estemos dispuestos a dañar a un semejante.

Otro ejemplo de asincronía es el de los patrones de belleza. Existen rasgos que todos encontramos bellos, independientemente de nuestros gustos y de nuestra cultura. Incluso independiente de la época en que vivamos: si nos fijamos en las esculturas griegas, en el cuadro ‘Las Tres Gracias’ de Rubens, o en las modelos de los años 90, todas ellas tienen unas proporciones similares. En el caso de ‘Las Tres Gracias’ nos encontramos con mujeres entradas en carnes, y las modelos de los 90 fueron famosas por su delgadez extrema, y sin embargo tiene en común lo que se conoce como “proporción áurea“, una relación matemática que aparece en muchos otros lugares de la naturaleza.

La explicación de este proceso suele ser polémica. Dicho en palabras llanas, las proporciones preferidas por los simios machos son aquellas en que el tamaño de las mamas es grande, la cintura estrecha y las caderas anchas. Las mamas grandes aseguran comida para las crías, y las caderas anchas un parto natural sin complicaciones.

En el caso de la cintura estrecha, se utiliza para asegurarse de no ser engañados, ya que el tamaño de los pechos y las caderas se puede aumentar acumulando grasa en dichas partes, pero eso haría que la cintura también se ensanchase, y una hembra gruesa no tiene forzosamente grandes huesos pélvicos. Cintura estrecha más caderas anchas señalarían a la hembra más apropiada para la procreación.

¿Y las hembras? Las hembras quieren al mejor de los machos como pareja reproductiva, con lo que sus crías serán más fuertes y estarán mejor criadas, con más probabilidades de sobrevivir. Y las hembras son sinceras en sus preferencias: cuerpos simétricos, bien formados y fuertes. Desde las esculturas griegas hasta la actualidad, no ha habido grandes variaciones en los arquetipos de belleza masculina.

Por último, vamos a comentar el tema que suele despertar mayor debate, el de la poligamia. En los simios en que el macho es mucho más grande que la hembra, este suele ser polígamo, defender un harén y reproducirse con todas ellas, a cambio de protegerlas. Si la diferencia de tamaño es pequeña, o la hembra es mayor en tamaño, se forman parejas estables en las que el macho cuida de sus crías. En este caso, la hembra se reproduce generalmente con el mismo macho, aunque a veces lo haga con otro (a escondidas o de manera más abierta) para aumentar la diversidad genética de su progenie.

¿Y en el caso de los humanos? Pues en nuestro caso, el macho es ligeramente mayor que la hembra. Si fuésemos monos, estaríamos justo en la frontera entre los machos polígamos y las parejas estables… así que la tendencia sería a que el macho intentase ser polígamo, y la hembra procurase una pareja que cuidase de las crías. Un equilibrio difícil, sin duda.

Todo esto sería así, a grandes rasgos y con muchísimos matices, si fuésemos simplemente monos. Pero tenemos una cultura, una ética y unas normas sociales que modifican estos comportamientos. Algún día la evolución biológica llegará a la altura de la evolución social, y nuestras tendencias sociales serán iguales que las biológicas. En mi opinión, mientras ese día no llegue deberíamos ajustarnos a las normas sociales.

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