Tarjetas opacas, corrupción, dimisiones. ¿A dónde iré?

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Por JOSE SALVADOR MURGUI. Académico de la RACV. Cronista de la Villa de Casinos.

Estoy unos días espectando y expectante ante los acontecimientos que nos depara nuestro mundo y nuestra sociedad… Ya empezó el tema con la dimisión de un ministro, continuó con otros acontecimientos por el norte de Castellón, seguimos de cerca el tema de las tarjetas (y no son de visita) que todos conocemos, vivimos el Día de la Comunidad, y ahora estamos centrados con el maldito ébola… y la pregunta es ¿A dónde vamos? ¡A donde iré!
Al seguir todos estos acontecimientos desde la prensa, desde la Tv o desde los medios digitales, me viene a la mente una canción que no por vieja me resulta actual, y que se la dedico a los políticos y aquellos que tienen algo que ver con todo lo que nos está pasando. “Y tú que te creías, el Rey de todo el mundo, y tú que nunca fuiste capaz de perdonar, cruel y despiadado de todos te reías, y hoy imploras cariño aunque sea por piedad… a donde está el orgullo, a donde está el coraje, porque hoy estas vencido mendigas caridad, ya ves que no es lo mismo amar que ser amado, hoy que estas acabado qué lástima me das”.

No nos damos cuenta ¿cómo van cayendo los Reyes? ¿Somos conscientes del vacío del pueblo ante tanta y tanta insensibilidad? ¿Tenemos en cuenta las risas despiadadas de aquellos que nos han acabado con sus carcajadas? Y para finalizar ¿Hay alguien que sea responsable de algo malo de lo que nos está pasando? O ¿es que no está pasando nada malo y lo peor es lo del perrito de la enfermera que está ingresada por el tema tan manido del “protocolo fallado”?

¿A dónde iré entre gritos pidiendo dimisiones? ¿A dónde iré mendigando caridad, cuando carecemos de rumbo, norte o guía? ¿Alguien es consciente de que hay muchos hombres y mujeres “acabados” y que siguen al pie del cañón y que como dice la canción ¡qué lastima me das! Pues eso es lo que hay, lástima, vergüenza, desencanto y falsedad. Pero esa copla no va conmigo, piensa aquel que en su inconsciencia, se cree en posesión de la verdad, aunque cada día no enarbole esa bandera…

¿Dónde está la verdad? ¿Quién está con la verdad? ¿Quién respeta la verdad? No lo digo yo, no, dígalo Vd. honrado ciudadano de a pie que ve que no puede llegar a fin de mes, dígalo Vd. madre de familia que tiene que vestir a sus hijos, llevarlos al colegio, comprarles libros, ducharlos con agua caliente –viendo subir los recibos in crescendo- o haciendo maravillas para llenar la cesta de la compra. Dígalo Vd. honrado y benevolente pensionista que tiene que mantener a dos o tres parados entre hijos, yernos o nueras… o que me lo diga el que no puede pagar la hipoteca o sufre los gastos que vienen de los cuatro puntos cardinales.

¡Fallaste corazón, no vuelvas a apostar! Eso dice la canción, de eso se queja la gente, del fallo técnico, del fallo humano, de la verdad que no aparece o del desequilibrio y desajuste patente. En tanto, seguimos andando con el rumbo acelerado, no encontramos la paz perdida, y aunque imploremos el cariño que necesitamos es difícil encontrarlo por la impiedad que azota el mundo. Más no pasa nada, las cortinas de humo siguen colgadas ante los millones de ojos que miran impacientes el final de la copla, el final que no llega, porque pasan los años… ¿y qué hay de positivo? Vds. me lo dirán.

Maldito corazón, me alegro que ahora sufras, que llores y te humilles ante este gran dolor… así de claro nos habla la canción, así de claro debe aplicarse el cuento quien hasta aquí nos llevó, y sobre todo así debe ser y debe estar humillado y llorando el que consciente o inconscientemente ha consentido y consiente que todos los días sean las malas noticias y relacionadas con “lo mismo” las que nos acompañen las veinticuatro horas del día.

Pero hoy tu buena suerte, la espalda te ha golpeado, ¡fallaste corazón no vuelvas a apostar! Fallaste administrador… fallaste gran señor, o gran señora, no vuelvas a apostar con dinero de los demás… si has de jugar, juega con el tuyo, con tu dinero, con tus bienes, con tu herencia… no juegues con la de nadie… porque lo de los otros es de los otros y no es de nadie más y lo tuyo, sea mucho o sea poco, es tuyo… Cuenta solo con eso, si no lo haces… ¡No vuelvas a apostar!

 

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