Terrorismo, Guerra Santa o III Guerra Mundial

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Por Juan Cotino Ferrer. Ex-Director General de la Policía.

Tras los crímenes que hemos visto estos días perpetrados por radicales islámicos, todos nos preguntamos qué pretenden en realidad.

En España hemos conocido la lacra del terrorismo de ETA durante varias décadas, también el Grapo y, en menor medida, Terra Lliure. Se trataba, por decirlo de alguna manera, de terrorismos autóctonos, aunque organizaran su estrategia en otros territorios, principalmente desde Francia. Pero hoy nos enfrentamos a una realidad diferente que tiene un profundo calado y que, por tanto, plantea una forma diferente de combatirlo y hacerle frente.

Aunque nos podíamos remontar siglos atrás, el origen reciente podría centrarse en la década de los 80 cuando distintas organizaciones de muyahidines dan origen a Al Qaeda, siendo las más próximas a nosotros las situadas en el Magreb.

Cuando tuve la responsabilidad de ejercer como director general de la Policía, ya existía preocupación en Francia e Inglaterra por los atentados terroristas que podían llevar a ejecutar en territorio europeo los radicalismos de procedencia religiosa islámica.

En los años 90 el GIA (Grupo Islámico Armado) tenía una fuerte implantación en Argel. De hecho, hubo una cumbre hispano-francesa celebrada precisamente en Valencia en 1997 en el que se alcanzaron acuerdos bilaterales en materia de lucha antiterrorista. Las fuerzas de seguridad españolas sabían que para combatir a ETA era necesaria la colaboración de Francia, y ésta a su vez pedía ayuda española para controlar los flujos migratorios procedentes del Magreb, especialmente de Argel.

Estos grupos GIA se transformaron posteriormente en grupos salafistas para la predicación y combate. Su organización era completamente diferente a lo que se conocían como estructuras clásicas de terrorismo, con una cúpula que dirigía los objetivos y ubicaba a los criminales en los lugares donde actuar.

Aunque unos y otros mataban por unos objetivos fuertemente ideológicos, su motivación era muy distinta. Los primeros lo hacían por una ideología marxista-leninista que querían implantar en un territorio que denominan Euskal Herria; los otros, dado su fanatismo religioso, matan y mueren en nombre de Alá. Estos radicales están dispuestos a unirse, crear una célula (8 ó 10 personas) y organizar cualquier barbarie contra las personas que no piensan como ellos, infieles a su causa. Les da igual que vivan en Estados Unidos (atentados del 11-S), Madrid (11-M), Londres (julio de 2005) o los recientes de París.

Toda la sociedad coincide en una condena unánime a la barbarie de los atentados, pero no todos compartimos el diagnóstico de la causa. Baste como ejemplo lo sucedido en nuestro país en los días posteriores al 11-M, cuando se movilizó a miles de personas a través de una gran manipulación mediática para influir en unas elecciones generales. Todos recordamos los ataques a través de los medios de comunicación contra el gobierno y el acoso a las sedes del PP.

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