En Tierra Santa existen cinco lugares no tan célebres que se conservan como los vio y vivió Cristo

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Reportajes ONDA3/Redacción.- Así confiesa Scott Hahn su propia experiencia en Tierra Santa en el prólogo a un libro que vale la pena tener en la mesilla de noche junto a los Evangelios: Huellas de Jesús. El Evangelio desde Tierra Santa, de Santiago Quemada (Rialp). Huellas de Jesús incluye referencia a infinidad de monumentos y lugares, algunos de ellos muy conocidos, desde la basílica de la Natividad al huerto de Getsemaní o el Santo Sepulcro. Otros lo son menos o están menos presentes en el imaginario colectivo sobre Tierra Santa, y entre ellos destacan algunos que apenas han cambiado respecto a cuando Jesucristo pasó por ellos.

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El Pozo de Sicar es el lugar donde la samaritana dio de beber a un Jesús sediento. Se encuentra en el interior de una iglesia ortodoxa grande, cerca de Nablus, construida en 1907 sobre los restos de un templo bizantino y otro de la época de los cruzados, y no rematada hasta 1998. “Se trata, con toda seguridad, de uno de los pocos sitios que Jesús tocó y que siguen en pie“, dice Quemada tras exponer brevemente la triste historia de los samaritanos, que son ahora poco más de seiscientos.

barcajesus2La Barca de Jesús, descubierta en 1986 por los hermanos Luftan en el fondo del lago Genesaret, se conservó y ha podido ser datada con precisión gracias al barro que la aisló del oxígeno, que de otra forma habría podrido la madera hace siglos. Tiene 8,2 metros de largo, 2,3 metros de ancho y 1,2 metros de altura, y dos mil años a sus espaldas. Puede suponerse sin aventurar mucho que, si Jesús no viajó en ella, tuvo que verla habitualmente, porque tampoco eran tantas en aquella época en la zona donde fue hallada y Él predicó.

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La Piscina de Siloé es el lugar a donde Cristo envió a lavarse al ciego a quien curó poniendo en sus ojos el barro formado con Su saliva. El lugar fue utilizado por los judíos hasta la destrucción del templo y la dispersión en el año 70. En los últimos años los arqueólogos han encontrado el camino de piedra que hacía de canal para llevar hasta ella un manantial de agua limpia y pura: “Desde el momento en que lo encontramos estuvimos cien por cien seguros de que era la piscina de Siloam”, afirmó el arqueólogo Eli Shukron.

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La Gruta del Prendimiento no debe pasar desapercibida en la visita obligada al Huerto de Getsemaní. Es una gran cueva natural venerada desde siempre por los cristianos como el lugar donde Judas entregó al Señor identificándole con un beso. Fue utilizado como almacén por el dueño del terreno, pero ya en el siglo IV había una capilla y posteriormente hubo enterramientos, pinturas, grafitis… También se supone que pudo ser el lugar donde se quedaron dormidos ocho de los apóstoles. “Esta gran cueva ayuda mucho a rezar, al recogimiento“, recomienda Quemada: “Es el sitio donde se considera que el traidor entregó a Jesús, y desde el que huyeron todos los demás discípulos, dejándole solo”.

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La Mesa de los Carbones es el lugar junto al mar de Tiberíades donde Jesucristo invitó a desayunar a los apóstoles, tras una noche de trabajo en el mar, durante una de las apariciones posteriores a la Resurrección y antes de la Ascensión. Se llama así porque es una roca en forma de mesa (la Mensa Domini) donde el Maestro les tenía preparadas unas brasas con pescado y pan, según cuenta San Juan. Sobre esa roca se levanta el actual templo, una iglesita franciscana de 1933 y nos permite conmemorar un momento tan entrañable como el que debió ser esa comida.

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