Ucrania, la meca de las madres de alquiler

madre-alquiler

Las tres gestaciones posteriores han sido por encargo. Es madre de alquiler, y la maternidad subrogada se ha convertido en su principal fuente de ingresos. “Mi marido tiene una discapacidad que le impide trabajar, y tras el nacimiento de nuestra hija el dinero no alcanzaba”.

Su historia arranca con un anuncio en un periódico. Empezó con una donación de óvulos, a la que siguieron una segunda, una tercera, una cuarta vez. Y ya no está segura de si hubo una quinta o no. El salto a la subrogación se lo propuso uno de los médicos que la habían atendido. La decisión fue difícil, especialmente para su marido, Denis, “porque fue educado en la idea de que el hombre es el que trae el dinero a casa. Pero también le enseñaron que hay que ayudar a los demás, por eso aceptó, para ayudar a las parejas que no pueden tener hijos”.

Denis también ha acudido a la cita, en un anónimo parque de Kíev. La mayor parte del tiempo permanece silencioso, pero confirma: “Después de pensarlo mucho, le dije: es tu cuerpo, es tu salud y es tu decisión”. Y añade: “Esto no es un negocio, mentalmente es difícil, incluso más que físicamente”.

Su ya larga experiencia les ha dejado momentos buenos y malos. Los mejores, explica Ludmila, “cuando el niño nace y la madre biológica lo coge en brazos en la misma sala de parto y sientes la inmensidad de su felicidad”. Y al decir esto, la emoción hace que se le enrojezcan los ojos. Los peores, sentir el rechazo de los demás. Justo después de su tercer parto, una de las enfermeras que la atendían le espetó con desprecio: “Pero ¿cómo puedes vender a tus hijos?”. Pasó la noche llorando.

En su casa también pesa el secreto. Sólo la hermana de Ludmila sabe lo que hace. A los demás les han contado que trabajan en casa de una familia de la capital donde ella cuida a los niños y él se encarga de la seguridad. En realidad, a partir de las doce semanas de embarazo, viven en un apartamento alquilado por los padres biológicos. “No puedo ver ni a mi familia ni a mis amigos. No siempre es fácil”. Por eso nos pide que su nombre quede en el anonimato.

La tarifa de Ludmila gira en torno a los 17.000 euros, a los que hay que sumar 400 euros mensuales para gastos durante la gestación y 600 para ropa de embarazada. Una suma considerable en un país donde el salario medio es de 350 euros al mes. Con este dinero se han podido comprar una habitación en una komunalka, un tipo de vivienda heredado de la época soviética en la que los vecinos comparten baño y cocina.

Pero el dinero no lo es todo. “Para mí es muy importante saber que son niños queridos y que están bien cuidados”. Ludmila y Denis guardan buena relación con todas las parejas a las que han prestado sus servicios. “Cuando nos envían fotos de los niños, nos sentimos orgullosos. Soy como una maestra con sus alumnos, los recuerdo a todos”. Y para que quede claro, añade: “Siempre he sabido que no eran mis hijos, nunca se me pasó por la cabeza la idea de quedármelos, ya tengo mi propia hija”.

En el futuro quiere tener un segundo vástago con su marido, pero antes está dispuesta a alquilar una vez más su vientre, la cuarta, con el objetivo de estabilizar al máximo su situación financiera. Ludmila va por libre, se anuncia en internet y sólo escucha a su médico. El mismo que ha dado la autorización para que pueda empalmar un embarazo tras otro con intervalos de reposo de seis meses.

ESMASACTUAL/Agencias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *