Un estudio reciente muestra cómo evolucionó la dieta de nuestros ancestros

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ONDA3.COM|CANAL INVESTIGACIÓN.- La diferencia entre los seres humanos y sus parientes más cercanos es, en parte, una cuestión de gusto. Los ñames y calabazas son tan sosas como las patatas a nuestros paladares de hoy, pero para un chimpancé, y para nuestros antepasados, sus variedades silvestres eran amargas y asquerosas.

Los científicos han identificado ahora una serie de cambios genéticos que permitieron a nuestros ancestros diversificar sus paladares, dándoles la posibilidad de ampliar su gama de alimentos y conquistar el mundo.

Conforme los humanos se iban adaptando a los nuevos hábitats, tuvieron que ir abriéndose a nuevas experiencias culinarias. Comían raíces tuberosas más ricas en almidón, aprendieron a cocinar la carne y la raíz amarga de las verduras, y con el tiempo domesticaron plantas y animales. Estas revoluciones dietéticas ayudaron a lo que nos hace humanos, dando a nuestros cuerpos las calorías adicionales que fueron ampliando nuestro cerebro, al tiempo que permitían a nuestros intestinos, mandíbulas y dientes, poder reducir su tamaño, ya que se comían alimentos más blandos y de más fácil digestión.

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Para averiguar cómo evolucionaron estos cambios, el genetista y antropólogo, George Perry, de la Universidad Estatal de Pennsylvania, University Park, y sus colegas, compararon los genomas de humanos modernos y chimpancés con los recientemente publicados genomas de un Neandertal y de uno de sus parientes cercanos, un misterioso ancestro humano conocidos como Denisovanos a partir de sólo por unos pocos huesos encontrados en una cueva de Rusia. Los tres grupos de humanos habían perdido dos genes del sabor amargo, TAS2R62 y TAS2R64, los cuales aún están presentes en los chimpancés, según informa el equipo este mes en Journal of Human Evolution.

 

Hace dos millones de años, nuestros primitivos antepasados, como los Australopithecus o los primeros del género Homo, probablemente encontraron ñames silvestres y otros tubérculos amargos. Pero a medida que los seres humanos empezaron a cocinar, podían asar verduras de raíz tuberosas el tiempo necesario para que no fuesen tan amargas. (Hoy día, los cazadores-recolectores todavía dependen de tubérculos asados como una fuente importante de calorías). Al mismo tiempo, los homininis (miembros de la familia humana) tambien perdieron los dos genes de sabor amargo, así que, presumiblemente, fueron capaces de comer una gama más amplia de plantas tuberosas. Los humanos modernos, neandertales y denisovanos, perdieron todos esa capacidad de detectar el sabor amargo de algunas plantas silvestres y, eventualmente, las variedades modernas cultivadas de calabazas y de ñame, que son menos amargas que los tipos silvestres.

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El equipo también encontró algunas diferencias interesantes entre los humanos modernos, aquellos que surgieron de África en los últimos 200.000 años, más o menos, y nuestros parientes humanos arcaicos, como los neandertales y denisovanos.

Un signo de que la cocción dio forma a los genomas de nuestros ancestros, es que nuestros intestinos de humanos, y de los neandertales y denisovanos, han perdido el gen de la miosina masticatoria, MYH16, que ayuda a construir fuertes músculos de masticación en las mandíbulas de los chimpancés. Esta puede ser una consecuencia de haber aprendido a cocinar, lo que ablanda los alimentos, dice Perry. Además, encaja con la evidencia de que algunos homininis primitivos eran cocineros, el potaje de cebada de los neandertales de Oriente Medio, por ejemplo.

Ahora, Perry y sus colegas, están tratando de averiguar cuándo se perdió este gen en el linaje humano. La pérdida del gen de las mandíbulas musculares de los neandertales, denisovanos y humanos modernos, sugiere que la cocina surgió en algún momento de la existencia de su ancestro común, el Homo erectus.

 

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