Universidad y talibanes laicistas

Por PIO MOA. Columnista.

A base de agitación y amenazas, los talibanes laicistas han impuesto el cierre de la capilla de la Universidad de Barcelona, ejemplo que quieren extender. Hace años, el desvergonzado silenciador de las víctimas del terrorismo, Peces Barba, impuso la misma medida en la universidad Carlos III, donde, en cambio, protegía a grupos extremistas de izquierda y trataba de impedir la expresión contraria. Así entienden la democracia estas gentes. Uno de las cosas más chocantes –aunque no lo mucho, cuando se conoce al personal– es su empeño en encubrir su barbarie con consignas de universidad “laica y de calidad”. ¿Qué calidad puede tener una universidad talibanizada como la que pretende esa chusma?

Ocurre, además, que la universidad, institución clave en la cultura occidental, fue creada en gran medida por la Iglesia, en desarrollo de las enseñanzas dadas, en la Edad de Supervivencia europea o Alta Edad Media, en torno a los templos y, luego, a las catedrales. Cristianismo y universidad han estado estrechamente vinculados durante siglos, para que ahora unos fanáticos agresivos pretendan cortar esos lazos y raíces para imponer ideologías totalitarias bajo membrete laicista.

La agitación resulta más intolerable en un país como España, donde el Frente Popular, del cual se sienten herederos esos talibanes, perpetró un auténtico genocidio –muy real, al contrario del inexistente genocidio franquista con que suelen calumniar–, tratando de erradicar sangrientamente el cristianismo. Unos 7.000 clérigos más un número indeterminado de cristianos practicantes fueron asesinados, a menudo con crueldad inconcebible; miles de edificios religiosos destruidos e incontables obras de arte robadas; valiosísimas bibliotecas, antiguas y modernas, pasto de las llamas o destrozadas de otras formas; hasta las cruces y lápidas de los cementerios sufrieron el vandalismo. Esto es lo que hay que recordar constantemente, en desafío a la ley totalitaria de falsificación histórica impuesta por un gobierno colaborador de la ETA. Algunos dicen que los hechos deben olvidarse en pro de la reconciliación (no aceptada por izquierdas y separatistas). Tal actitud es una de “esas ingenuidades peores que delitos”: deben recordarse, para que no vuelvan a ocurrir. Porque el Gobierno y su ley están envenenando de nuevo a la gente con los odios que acabaron con la república y trajeron la guerra civil.

Y es preciso desenmascarar las pretensiones de “cultura” con que nuestros matones talibanes tratan de encubrir sus desmanes. Ningún universitario está obligado a ser creyente, pero los derechos de los creyentes y la tradición universitaria –de origen cristiano, guste o no a estos ignorantes– deben ser respetados. Si queremos convivir en libertad.

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