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Verano, sí. Cambio climático, también

Por José Aparicio Pérez. Doctor-Arqueólogo. Académico. Real Academia de Cultura Valenciana.

La sociedad percibe que algo está cambiando y, en los últimos tiempos, se dice si no habrá verano, lo que para España supondría un duro golpe porque dependiendo económicamente del turismo, como principal fuente de ingresos, la alarma se justifica.

El verano, como estación anual climática, meteorológicamente hablando, no puede desaparecer, podrá bajar la temperatura media, como es previsible por lo que diremos, pero también bajará en las otras tres estaciones restantes, por lo que la diferencia se mantendrá. La alteración será paralela entre los proveedores, es decir entre los países de donde procede el turismo, salvo en que alguno de ellos desaparezca, como también diremos.

El problema es que, previsiblemente, el índice pluviométrico se eleve, lo que, probablemente, rebaje la insolación, es decir el número de días sin sol, lo que perjudicaría, especialmente, a toda la zona mediterránea española, la de mayor afluencia turística veraniega.

La posible causa y única es sideral y, por lo tanto, lejos de cualquier posibilidad de rectificación por nuestra parte. Habrá que resignarse y adaptarse a las nuevas circunstancias, como ya lo hicieron los Sapiens Sapiens o Cromañones; los Sapiens Neanderthalensis o Neandertales a secas; los Heidelbergensis, los Antecessores, los Ergaster, etc. etc. Yendo hacia atrás en la larga cadena evolutiva humana hasta hace seis millones de años y hasta 4.500 millones de años en que con tierra y agua en La Tierra comenzaron lo que ahora llamamos Glaciaciones.

¿Qué son las Glaciaciones? Las Glaciaciones son oscilaciones climáticas periódicas de larga duración. Durante el último millón de años se han producido 8, separadas por los correspondientes periodos intermedios conocidos como interglaciales. Los interestadios son fases de calentamiento en la glaciación y de enfriamiento en los interglaciares. Desde el Precámbrico, antes Era Primaria, cuando se formaron las primeras masas continentales, comenzaron los ciclos glaciales, una vez que La Tierra alcanzó su enfriamiento base u original.

La característica del periodo glacial es el enfriamiento generalizado, con frío extremo que provoca la acumulación de hielo en los casquetes polares que avanzan hacia el sur o hacia el norte según se trate del Ártico o del Antártico. Por el contrario, los periodos intermedios conocen el aumento de la temperatura y el retroceso del hielo.

Las ocho conocidas desde hace un millón de años tienen una duración de unos cien mil en los periodos glaciales y de diez mil los interglaciales. Las mejor conocidas son las cuatro últimas bautizadas como Günz, Mindel, Riss y Würm, según las investigaciones realizadas en los glaciares de los Alpes.

La última, la de Würm, con frío extremo entre 30.000-10.000 antes de Cristo, conoció que buena parte de Europa del Norte quedara sepultada por los hielos y, en las costas mediterráneas francesas hubiera pingüinos, aunque en la franja mediterránea valenciana el hipopótamo, el rinoceronte, la hiena, la pantera y otros depredadores ahora de clima cálido constituyeran la fauna habitual hasta que en el 30.000 fueran exterminados por el mayor depredador que han conocido los siglos (exceptuando a los dinosaurios que desaparecieron para que progresaran los mamíferos), es decir, los seres humanos.

Las interglaciaciones, por el contrario, aparecen como secas y cálidas. Su periodo suele ser de 10.000 años. Si la última glaciación terminó diez mil años antes de Cristo, llevamos ya doce mil de interglacial, lo cual nos permite suponer que paulatinamente entrará una nueva fase glacial, la quinta en esta ocasión.

La causa no es la emisión de CO2, ni la destrucción de la capa de ozono, gas que, por cierto, se regenera simplemente por las descargas eléctricas atmosféricas. Las causas, al decir de geólogos y astrofísicos, hay que buscarlas en las oscilaciones orbitales de La Tierra y en la interacción entre los cuatro elementos básicos: tierra, agua, aire y fuego.

Quizás estas consideraciones fueran suficientes para explicar estas suaves alteraciones climáticas, de percepción generalizadas, pero como el proceso de cambio no es brusco, sino de larguísima duración, ni nuestra generación debe preocuparse, ni la siguiente, ni la posterior, lo que sin duda tranquilizará a los alcaldes de Cullera, Gandia, Benidorm y, muy especialmente a Valencia, Cap y Casal del Reino del mismo nombre que ve como el turismo en nuestra ciudad crece en progresión geométrica, lo cual es esperanza de equilibrio del déficit municipal y autonómico, para tranquilidad también de todo el Pueblo Valenciano, así como para la salvación de nuestras instituciones culturales, especialmente la Real Academia de Cultura Valenciana y Lo Rat Penat, en horas bajas por los malditos recortes y por los intentos de destrucción de los partidos golpistas y separatistas. Ya vorem que pasa mes avant.

 

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