VIVIENDO CON EL VIH

 Por CHRISTIAN ZÁRATE. El Salvador (San Salvador) [*]

Pese a su edad, Rafael está curtido en la pelea contra el enemigo invisible que está en su cuerpo. Convive con él desde hace 11 años, infectado por el virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH) no sabe quién se lo transmitió.La batalla contra ese enemigo comenzó cuando lo recibió en una relación sexual sin protección (sin condón). “Me doy cuenta en el año 2000, que tenía un diagnóstico de VIH, porque fui a donar sangre para un amigo a quien iban a operar y al tercer día, me llega a mi casa un telegrama que se leía presentarse al hospital. Fui al siguiente día y me dieron la noticia que era reactivo”. Desde ese día su vida cambió, según cuenta. “Pasaron nueve meses después de la noticia y empecé a bajar de peso de 135 libras que pesaba llegue a 88 libras y me llevaron de urgencia al hospital Zacamil, y sólo llevaba 21 defensas en mi cuerpo, las necesarias para sobrevivir. Inmediatamente esa misma semana me pusieron en control con terapias antirretroviral”. Viste pantalón de vestir, zapatillas negras y una camisa con el logo de su institución. Su cabello recortado. Tiene el aspecto alegre de una persona de su edad. Pero hay una gran madurez en él, propia de los que han crecido luchando. Una madurez que deriva del trato constante con su enfermedad. Del ir y venir al hospital, del estar pendiente de los análisis, del estado de la carga viral, y de las pastillas, por supuesto. Rafael se tomaba al inicio del tratamiento 24 pastillas diarias para hacerle frente a la enfermedad. “La primera pastilla me la tomaba en ayunas, lo recuerdo porque la doctora me decía, Rafael si vomita la pastilla la tiene que recoger y tomársela otra vez, eso me ocurrió una o dos veces”. Desde entonces, no ha dejado de tomar pastillas de todos los tamaños, de todas las clases, todos los días de su vida. Pese a todo, se considera afortunado. “Nadie quiere estar enfermo, pero yo he asumido lo que tengo y hago mi vida”.

Rafael forma parte de Visión Propositiva. Una ONG que trabaja en la prevención, promoción y educación en salud con el tema del VIH. “Nosotros ejecutamos diferentes proyectos como charlas a colegios, universidades y en estos momentos llevamos a cabo con la Cruz Roja unos talleres de artesanía, piñatería, elaboración de dulces, para personas con un diagnóstico de VIH y para personas que no lo tienen”. El dulce de tamarindo es su preferido, comenta” yo estoy participando en el taller de dulces y me alegra que la institución sea un instrumento de ayuda para que las personas sean productivas en el futuro”. Rafael reconoce que no ha experimentado mucho rechazo. “Y de los momentos malos, como han sido muchos más los buenos, prefiero no acordarme” pero comenta que la discriminación existe en este país y nos afecta a todos. Si Rafael tuviera la oportunidad de congelar el tiempo no habría cometido los errores del pasado, pero debe aceptar que su vida es una lucha constante. Y afirma que no se rendirá.

Blanca, tiene dos hijos de 17 y 11 años. Quiere ir siempre con la verdad por delante. A ella la contagió el papá de su segundo hijo, porque el primero fue producto de una violación. Recuerda cuando le dieron la noticia que tenía VIH. “Fue en septiembre del 99, yo llegué al hospital de maternidad por una amenaza de aborto. Estaba embarazada de mi segundo hijo y ahí me hicieron la prueba del VIH”, relata con la voz entrecortada por la emoción. Sus manos están entrelazadas y no consigue dominar el momento cuando hace memoria, “la doctora que me llegó a dar la noticia, prácticamente lo gritó desde la puerta del cuarto donde estaba ingresada con los demás pacientes”, solo recuerdo que dijo: “aquí hay una persona que tiene SIDA y después mencionaron mi nombre, así recibí mi diagnóstico de VIH.

Blanca, a diferencia de Rafael, ha experimentado el rechazo de la gente desde un principio. “El papá de mi segundo hijo falleció y me quedé sola. Y tomé la decisión de contarle a mi mamá que yo tenía un diagnóstico positivo de VIH”. Lastimosamente uno no se da cuenta de a quién se lo puedes decir y a quién no, dice Blanca y nos sigue relatando. “Mi mamá fue la encargada de difundir entre los vecinos de mi colonia que yo tenía SIDA y desde ahí partió la discriminación hasta llegar al punto de encender fuego a mi casa y yo con los niños adentro. Gracias a una vecina que me fue a avisar yo pude sacar a mis hijos por la ventana”. Ella forma parte del colectivo Visión Propositiva desde hace tres meses. Pero viene trabajando con instituciones relacionadas al tema desde 11 años. “En la institución (Visión Propositiva) hago de todo, desde ir a dar charlas hasta hacer velas, para venderlas; es como una alternativa laboral que nos ofrece la institución”.

Sus ojos son los hilos conductores de este reportaje. “Ahora estamos recibiendo unos talleres de artesanía en barro, madera y repujado. Estos seminarios sirven para que en el futuro nos ganemos la vida, ya que las personas con VIH no tenemos acceso a un trabajo digno”, reitera.

En su cartera anda las fotos de sus dos hijos, pero en realidad ha sido madre de cinco, incluyendo a sus tres hermanos, porque su mamá los abandonó. “Yo sola le he hecho frente a mantener a mis hijos y hermanos, no ha sido fácil, pero he tenido una recompensa muy grande en tenerlos a ellos”, comenta, “cuando llego cansada del trabajo, ellos están pendientes de mí. Más que todo de mis medicamentos. El más pequeño me dice, “mami ya son las 8 de la noche, tu pastilla, y a las nueve te toca la otra, ¿y ya te pusiste la insulina también?”… Por eso quiero vivir, por ellos y para ellos”. Blanca observa y sonríe; sabe que entender la vida es difícil y a falta de tiempos mejores y con la certeza de un futuro incierto, le sirve saber que por lo menos, está con vida.

[*] Publicado en www.seismasuno.com. Semanario Digital.

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